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SOR MARIA DE JESUS DE AGREDA 
(1602–1665)
Agreda es una vieja villa castellana, perteneciente a la provincia de Soria, que confina con Aragón y se halla asimismo muy cerca del límite de Navarra. Se encuentra, por tanto, enclavada en el confín de tres reinos históricos de España, en las estribaciones del Moncayo. Hasta los últimos reajustes de diócesis perteneció a la de Tarazona. Actualmente cuenta con unos 5.000 habitantes. En la Edad Media convivieron dentro de la villa clientes de las tres religiones monoteístas. Aún se señalan en Agreda los que fueron barrio moro y judío, así como el edificio que sirvió de sinagoga. La Venerable Sor María de Jesús, llamada muy comúnmente la Madre Agreda, ha hecho célebre en el mundo el nombre de Agreda. Aquí, en efecto, nació, vivió y murió, sin que jamás hubiera salido de los términos de la villa.
Infancia y juventud

Los padres de Sor María fueron Francisco Coronel y Catalina de Arana. Esta, nacida también en Agreda, era oriunda de Vizcaya, como nos lo recuerda la misma Venerable Efectivamente, en el convento de Agreda se conserva todavía el documento de hidalguía de los Arana, de 1540. El matrimonio Francisco–Catalina tuvo once hijos, pero siete murieron en edad temprana. Sólo sobrevivieron dos hijos y dos hijas. He aquí los nombres de los cuatro: Francisco, José, María y Jerónima. Sobre sus padres, modo de ser de ellos, costumbres, etc., la misma Venerable nos ha dejado una semblanza. De la madre dice que era más oficiosa y viva de natural que el padre. Ambos, extremadamente religiosos. La familia Coronel–Arana se relacionaba mucho con los franciscanos de San Julián; así se llamaba el antiguo convento franciscano que estaba situado en las afueras de la villa. La madre tenía allí su confesor y acudía a diario a oír misa a la iglesia del convento. Casi no pasaba día sin que frailes franciscanos visitasen a la familia. La Venerable confiesa que ella, en su primera infancia, parecía un tanto apocada e inútil, y con el fin de que espabilara, su madre le trataba con dureza. “Con verdad puedo decir que en mi vida les vi el rostrosereno hasta después de religiosa”. La explicación que Sor María nos da de este comportamiento suyo en su primera infancia es muy otra de la que sus buenos padres podían alcanzar. Nos dice, en efecto, que en edad que ella no puede precisar, pero que debió de coincidir con el despuntar del uso de razón, sin que precediera información exterior ni enseñanza de criaturas, porque aún no tenía edad para ello, recibió una noticia de Dios, del mundo, del estado pecador del hombre, etcétera, cuyos efectos le habían de durar toda la vida. Como efecto de aquella noticia concibió un temor que jamás le abandonó: temor de ofender a Dios y perder la gracia. Al cesar la enseñanza pasiva quedó como suspensa. Se veía rodeada de peligros, repleta de miserias, no osaba hablar con las criaturas, a todas reputaba superiores. El conocimiento propio le aterraba, iba a los lugares ocultos. Por todo ello los padres la juzgaban insensata e inútil, y le daban el trato áspero que hemos dicho. “¿Qué hemos de hacer de esta criatura que no ha de ser para el mundo ni para la religión?”. A todo ello se agregaron diversas enfermedades, que a los trece años de edad la pusieron a las puertas de la muerte: “Se hizo la cera para mi entierro”, dice ella10. Pero todos los padecimientos los sobrellevaba con gran entereza por el conocimiento que tenía de ser hija de una raza pecadora, obligada a satisfacer a Dios por sus pecados. Aunque al principio la despreciaban y reñían por su desaseo y poco aliño, pero pronto empezaron a respetarla, pues aprendió a leer con presteza era obediente, etc. Cuando cumplió los doce años de edad empezó a tratar de ingresar religiosa. La primera idea fue que tomase el hábito en las carmelitas descalzas de Tarazona, y sus padres andaban ya dando los pasos para ello cuando sobrevino una circunstancia totalmente imprevista, que había de cambiar el rumbo de su vida. La madre de la Venerable, Catalina de Arana, tuvo revelación confirmada por su confesor, Fr. Juan de Torrecilla, según la cual debían transformar la casa en convento e ingresar en él como religiosas la propia madre con sus dos hijas, mientras el padre y los dos hijos entraban de religiosos en la Orden de San Francisco. En realidad los dos hijos varones eran ya religiosos en dicha Orden. Ante esto, María dio su conformidad al nuevo plan y desistió de ir a Tarazona. Pero la idea era tan disonante, que chocó con la resistencia del padre de familia, y más todavía con la de un hermano de éste, Medel. La oposición del vecindario en un principio fue también general. Decían que “era agravio del santo matrimonio”. Así transcurrieron tres años. No obstante, poco a poco se vencieron las oposiciones y dificultades; el padre cambió de parecer, y en 1618, hechas, algunas reformas previas, la casa de Francisco Coronel se transformó en convento de monjas. Francisco, a quien siguió después su hermano Medel, ingresó franciscano en calidad de hermano lego en el convento de Nalda (Soria). El tiempo que transcurrió hasta que el proyecto de la nueva fundación se plasmó en realidad, Sor María lo considera como su época de disipación. Los acaloramientos en torno al proyecto, las obras, etc., la distrajeron y disiparon un tanto en su vida espiritual y hasta cedió a la tentación de vanidad. El nuevo convento había de ser de la Orden de la Inmaculada Concepción. Sin duda, el fervor inmaculista, que en España conocía entonces uno de sus mejores momentos, fue la causa de esta preferencia. Pero entre las Concepcionistas había dos ramas: una de calzadas y otra de descalzas. Madre e hijas se decidieron por el instituto de descalzas. Mas como en el área de la Provincia franciscana de Burgos, a la que pertenecía la fundación de Agreda, no había Concepcionistas descalzas, sino sólo calzadas, se cometió la anomalía de traer de Burgos tres monjas Concepcionistas de las calzadas en calidad de fundadoras de un convento que había de ser de la rama descalza. Por esta razón dirá Sor María que la fundación no tuvo buen principio, pues las fundadoras venidas de Burgos tenían que enseñar un modo de vida que ellas no habían profesado ni practicado. Dieciséis años tenía Sor María cuando tomó el hábito, juntamente con su madre y hermana. Pronto hubo nuevas vocaciones. En esta primera época la abadesa era de las venidas de Burgos en calidad de fundadoras. Una vez vestido el hábito, Sor María reacciona contra la disipación anterior y se entrega toda a la vida espiritual. Hecha la profesión en 1620, comienza en su vida un período de enfermedades, tentaciones y extraordinarios trabajos, que será seguido por otro de fenómenos espirituales resonantes.
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Las exterioridades 
Cuando Sor María tenía dieciocho años o sea el año siguiente de su profesión, comienzan a tener lugar en su vida ciertos fenómenos místicos resonantes, a los que se dio indiscreta publicidad, sin ella quererlo ni saberlo. Uno de los confesores que tuvo por este tiempo fue el antedicho Fr. Juan de Torrecilla. De él dice la Venerable que era más bueno que cauteloso. Sor María padecía con frecuencia éxtasis, arrobos y raptos, fenómenos de levitación, ingravidez, etc., y acudía mucha gente a verla en este estado. Las monjas –por entonces gobernaban la comunidad las venidas de Burgos–, lejos de impedirlo, fomentaban la exhibición. “Y llegó mi desgracia a que después de comulgar me alzaran el velo y me vieran algunos seglares. Y como esto de arrobos hace en el .mundo imprudente tanto ruido, extendióse y pasó adelante la publicidad, y las superioras que tenía eran amiguísimas de esto de exterioridades, y fuéronse empeñando con unos y otros seglares, y por haberles concedido a unos, no se les negaban a otros. Diome aviso de esto un enfermo, que estaba loco, que vino al convento a verme, y que para mí harto cuerdo fue, y fue mi amargura y dolor tal, que hice voto de no ir a recibir a Nuestro Señor sin encerrarme en la comulgatoria. Pedí un candado fuera de casa, púsele y me encerraba; y lo podía hacer porque comulgaba sola por las muchas enfermedades que tenía yo. Otras veces, que me quitaban la llave, bebía el jarabe o medicina para que no me obligasen a recibir a Nuestro Señor; juzgando por mejor carecer de este consuelo, que no que se hiciese una imprudencia tan grande, como mostrarme a todos los que concurrían, que sólo de oír el ruido de los que eran me desmayaba; reprendíanme ásperamente y me decían era desobediente, y por obedecer me rendía”. Ella misma, muchos años más tarde, cuando contaba con más experiencia y conocimiento de los caminos del Señor, se referirá con ciertas reservas a los sucesos de aquellos años. Ante las quejas de la interesada, intervino el Provincial Fr. Juan de Villalacre para poner fin a aquellas exhibiciones. Por orden de dicho Provincial ella misma pidió a Dios le quitara todas las exterioridades, y Dios se lo concedió. Ocurrió esto en 1623. “El modo que tuve de quitar esta publicidad fue que, armada de fe y de esperanza, fui al Señor y, postrada ante su Ser inmutable, le dije no me había de levantar hasta que me concediese quitarme todas las exterioridades en público, y que los beneficios que me había de hacer fuesen a solas; y al prelado, que era el Padre Fr. Juan de Villalacre, Provincial, le supliqué pusiese censuras a las religiosas para que, estando recogida, no me manifestasen a los seglares. El prelado lo hizo lindamente, y el Altísimo desde aquella hora me mudó el camino y me puso en otro, del cual era menester escribir mucho para declararle. Dilatóme grandemente la capacidad del entender y las potencias y sentidos para que, con la grande admiración del mucho conocimiento, no perdiese los sentidos, y más conocía en este estado en un instante que en todos los sucesos de los tres años”. A partir de esta fecha, la vida mística de la Venerable, aunque más elevada, será oculta, sin estas repercusiones exteriores. La novedad del cese de aquellos fenómenos produjo no pequeña impresión en las monjas y dio lugar a varios pareceres. Para muchas el cese de ahora hacía sospechoso todo lo de antes. Ella callaba. Sólo a su madre natural le habló alguna vez, porque la veía contristada por este motivo. A estos años de las exterioridades pertenecen también los supuestos viajes de la Venerable a evangelizar a los indios de Nuevo Méjico. Cuando muchos años más tarde Sor María fue sometida a interrogatorio por los calificadores de la Inquisición, la mayoría de las preguntas giraron en torno a esos supuestos viajes de la monja a América, afirmados en un Memorial que se difundió mucho y del que es autor Fr. Alonso de Benavides, Custodio de Nuevo Méjico, que vino a España en 1630 y estuvo en Agreda. Pero de este proceso diremos algo más abajo. El mismo año de 1623 volvieron a Burgos las primitivas fundadoras, y en su lugar se trajeron de Madrid, del convento del Caballero de Gracia, otras tres monjas, también en calidad de fundadoras. Estas sí eran de las Concepcionistas descalzas. Estas segundas fundadoras gobernaron el convento por cuatro años. En 1627 pareció a los superiores religiosos que convenía nombrar abadesa a la Venerable, y así lo hicieron, aunque aún no había cumplido veinticinco años. Sor María guardó siempre muy buen recuerdo de las monjas del Caballero de Gracia por su labor como educadoras de la nueva fundación. Se conservan cartas de la Venerable a dichas religiosas. En ellas se revelan facetas altamente simpáticas de su personalidad: naturalidad, sencillez, carácter humano y afectuoso, etc.
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Abadesa

Durante once años, o sea hasta que se cumplieron los veinte desde la fundación del convento, fue Sor María abadesa por nombramiento de los superiores religiosos. Después que se concedió derecho de elección a la Comunidad, fue elegida trienio tras trienio, hasta su ,muerte. Sólo una vez consiguió la interesada, recurriendo al Nuncio Rospillosi, que no se diese la dispensa para reelegirla nuevamente, y así estuvo un trienio, de 1652 a 1655, sin ser abadesa. El gobierno de la Venerable fue mezcla de prudencia, suavidad y eficacia, un medio entre el nimio celo y la demasiada blandura 22. Estuvo treinta y cinco años al frente de la Comunidad. También en lo temporal se conoció la eficacia de su gobierno. En el primer año de su cargo decidió edificar nuevo convento, fuera de los muros de la villa y cerca del convento de los franciscanos. Lo comenzó con tan pocos medios, que sólo disponía de cien reales, que le prestó un devoto. La construcción tardó siete años. Lo hizo muy capaz, con hermosa iglesia y todas las oficinas necesarias. La traslación de las monjas al nuevo convento se verificó en 1633 y se celebró con gran pompa. Cuando en el interrogatorio inquisitorial se insinuó a la Venerable que había violado el voto de clausura con sus viajes a las Indias, ésta respondió con gracia que ella no había salido de la clausura más que una sola vez, y ella en procesión, al trasladarse del convento viejo al nuevo. Cuando Sor María entró a gobernar, no llegaban las rentas a sustentar doce religiosas. A su muerte quedó renta fija para sustentar a treinta y tres. En 1652 el convento concepcionista de Agreda se convierte a su vez en convento fundador. La Venerable cede cuatro de sus religiosas para una nueva fundación concepcionista en Borja. Existen cartas de la Venerable a la nueva Comunidad, que han sido publicadas recientemente.
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Los directores espirituales

Dada la parte importante que los confesores y directores espirituales jugaron en la vida espiritual de la Venerable, parece obligado detenerse en este punto. Sor María fue un alma poseída durante toda su vida de un “excesivo temor”. Temor de errar, de extraviarse. Por ello se asió firmemente a la obediencia, a la dirección de los representantes de Dios. “Jamás –dirá ella– me he aquietado sin este norte”. Al director manifestaba toda su conciencia, las gracias y favores del Señor, y nada obraba sin su aprobación y consejo. En el monasterio de Agreda se conservan todavía inéditas las Sabatinas, o sea las cuentas de conciencia que cada sábado daba por escrito al director. Tenía muy metida en el alma la frase del Señor en el evangelio: “Quien a vosotros oye, a mí oye; quien a vosotros obedece, a mí obedece”. Huelga decir que todos sus directores y confesores, así como sus superiores eclesiásticos, fueron de la Orden Franciscana, pues las religiosas estaban sujetas a la jurisdicción de los superiores religiosos de la Orden a la que pertenecían o a la que estaban adscritas; y la Orden de la Concepción, casi desde sus mismos inicios, se puso bajo la tutela de la Orden de San Francisco. Durante el noviciado tuvo un confesor que a todas sus peticiones de permiso para hacer penitencias contestaba con un “no”. Sor María ponderaba después el bien que la hizo. Durante el período de las exterioridades tuvo varios confesores, cuyos nombres conocemos por sus respuestas al interrogatorio inquisitorial. Helos aquí: el ya citado Fr. Juan de Torrecilla, Fr. Juan Bautista de Santa María y Fr. Tomás Gonzalo. Con la intervención del Provincial Fr. Juan de Villalacre para poner orden en las cosas de la Venerable comienza un largo período de veinticuatro años en que es dirigida por el P. Francisco Andrés de la Torre. Este Padre la dirigió, pues, desde 1623 hasta 1647, año en que murió. Durante su mandato, Sor María escribió por primera vez la Mística Ciudad; en alguna ausencia suya, por indicación de otro confesor accidental, la quemó, volvió a rehacerla parcialmente, a la muerte de él la volvió a quemar, etc.. Samaniego nos informa que el rey Felipe IV quiso nombrar Obispo a este Padre, pero él renunció por atender mejor a la dirección de la Venerable. En las cartas de Sor María al rey hay constancia de órdenes que le daba este Padre respecto a consultar al cielo ciertos asuntos o consignar noticias con visos de sobrenaturales2. También en la Mística Ciudad, como es sabido, hay constancia de consultas que hacía a Dios o a la Virgen por orden del confesor. Después de la muerte de este director estuvo por algún tiempo sola, o sea sin director. Es en este tiempo cuando se queja al rey de que la Orden Franciscana no guarda secreto de sus cosas como debiera. Fue también ahora en este “interregno” de director, cuando fue sometida al interrogatorio inquisitorial. En carta al rey alude al hecho y hace referencia a los sucesos de su juventud sobre los que versó principalmente dicho interrogatorio: “En mi negocio no hay novedad más que lo que escribí a V. M.; cuando me vino aquella visita me hallé tan sola y sin consejo, que me pareció forzoso acudir al amparo del Prelado, que es el P. Manero. El Señor me envió este trabajo cuando no hay confesor ni religioso ninguno que sepa mi interior, por haberse muerto los que se le había comunicado. Por cuenta del Altísimo y de la Reina del cielo he puesto mi defensa; si quieren que padezca, gozosísima abrazaré la cruz. Por lo que a V. M. amo y estimo, le quiero declarar que, por sola la bondad de Dios, me hallo libre la conciencia y voluntad en las materias espirituales, aunque no sin temor de si he errado, como mujer ignorante y por haber comenzado el camino de la virtud y a señalarse la misericordia de Dios conmigo siendo muy niña”. Por fin, el mismo año de 1650 entra a dirigirla el P. Andrés de Fuenmayor, que la dirigió hasta la hora de la muerte. De éste dice ella que está contenta, porque guarda secreto: “Mi confesor partió ya a su jornada; es muy docto y ha tenido dos veces el oficio de Provincial, y lo que me consuela es que guarda grande secreto en mis cosas”. Bajo la dirección de este Padre se encontraba Sor María cuando, por orden suya, escribió la redacción definitiva de la Mística Ciudad. El P. Fuenmayor sobrevivió bastantes años a su dirigida, escribió una vida de ella y deposiciones testificales, que existen manuscritas.

Correspondencia epistolar con el Rey
No hay duda que uno de los episodios más simpáticos de la vida de Sor María es el de sus relaciones con el rey Felipe IV, con quien mantuvo correspondencia epistolar por espacio de más de veinte años (1643-1665). Desde luego que las relaciones de Sor María con el rey de España no son más que un capítulo, el más importante si se quiere, en el conjunto de las múltiples relaciones y de la variadísima y dilatada correspondencia epistolar que sostuvo la Venerable con múltiples personajes de su tiempo. Sor María escribió cartas a Papas, Reyes, Generales de ordenes religiosas, Obispos, nobles y a toda clase de personas de la Iglesia y de la sociedad. Aun dando por descontado que mucha de esta correspondencia se ha perdido, no puede uno menos de admirarse al considerar el volumen, la extensión, la calidad y variedad de su actividad epistolar y literaria. Bien pudo hablar Sandoval de “Un mundo en una celda”. Pero vengamos al tema de su correspondencia con Felipe IV. En julio de 1643 Felipe IV se detiene en Agreda, de paso para Zaragoza. Visita a Sor María y le propone su idea de mantener correspondencia con ella. El rey le escribirá a media margen, a fin de que la contestación de la monja vaya en el mismo pliego. Y, según lo acordado, a los pocos días le escribía el rey desde Zaragoza su primera carta. Así se inició esta célebre correspondencia, que no se iba a truncar sino con la muerte de la Venerable. La edición de Silvela consta de 614 cartas, de las cuales 314 son de da monja, y el resto, del rey. ¿Qué buscaba Felipe IV cuando llamó a las puertas de aquel monasterio? Ayuda sobrenatural, sin duda, pues que los medios humanos y naturales le iban faltando por momentos. El panorama de la monarquía española era inquietante: Cataluña sublevada, guerras y reveses con Francia, Flandes, Italia, Portugal; falta de medios y recursos para atender a tantos “empeños”. El rey acababa de apartar de sí al omnipotente valido conde duque de Olivares, a quien la opinión popular culpaba de todos los desastres. Pero solo y sin valido, el abúlico Felipe IV ¿qué podía hacer? La conciencia le decía también que con su vida desarreglada tenía a Dios ofendido. En semejante aprieto acude, pues, a un alma santa, confiando que con sus oraciones, valimiento ante Dios, luces y consejos, le ayudará a salir de aquel laberinto. Sor María no defraudó las esperanzas que el rey depositara en ella. Con fidelidad y perseverancia ejemplar fue contestando a las cartas reales y desplegando por este medio una verdadera labor de reeducación cristiana del monarca; al mismo tiempo, no deja de darle consejos atinados en cuestiones de orden político o militar que el .monarca le expone. Así, por ejemplo, en un momento en que el rey se sentía tentado a hacer caso omiso de los fueros de Aragón, Sor María le advierte que no lo haga por nada del mundo. Cuando el rey quería hacer extensiva a Aragón la jurisdicción de la Inquisición, Sor María le aconsejó aplazase este asunto, por ser inoportuno en aquellos momentos; lo esencial entonces era conseguir la cooperación aragonesa, para lo cual había que alejar los puntos de fricción. Después de reconquistada Barcelona, la monja le aconseja que ponga allí ministros que se avengan bien con los naturales, etc.. Silvela ha llegado a decir que la monja de Agreda, con su clarividencia e instinto, salvó la unidad de España en aquella hora verdaderamente crítica y decisiva. En el orden internacional, alentó al rey a hacer las paces con Francia. Y, efectivamente, tuvo el consuelo de ver logrado este objetivo al firmarse la Paz de los Pirineos. Sor María tiene una preocupación constante y general por aconsejar la paz. No le cabe en la cabeza que por poseer una plaza mueran tantos hombres redimidos por Cristo: “Por defender cosas terrenas, plazas o reinos (que viene a importar poco los tengan unos u otros) se derrama tanta sangre de cristianos, mueren millares de millares de hombres, gastan los reyes sus haciendas tienen a los pobres vasallos oprimidos, llenos de tributos. La preocupación por los pobres, el transmitir al rey las quejas, vejaciones y trabajos de éstos, es otra de las constantes que se advierten en estas cartas. Incluso llega a decir que el estado eclesiástico siente poco la necesidad de la paz, porque a él no le alcanzan las consecuencias de la guerra, que tanto afligen a los pobres. Según parece, más de una vez se sintió Sor María desalentada y tentada de suspender aquella correspondencia, sobre todo viendo la poca enmienda del rey (cosa que a ella no se le ocultaba, pues estaba al corriente de las cosas de la Corte); pero le sostuvo un fuego de amor o ardor, que ella creía infuso, y que le impelía a trabajar por aquella monarquía, cuya causa veía identificada con la de Dios y la de su Iglesia. El rey, por su parte, casi constantemente repite en sus cartas el alivio que recibe con la correspondencia de Sor María, el gozo con que se toma el trabajo de escribirla, la dicha que supuso para él el haberla conocido, la pena que siente cuando la monja tarda en contestar, etc. Sin duda, lo que confortaba y conmovía al rey era sobre todo el ver la íntima compenetración y el sincero interés con que aquella alma de Dios se afanaba por su bien y por la causa de su monarquía. Véanse algunos pasajes: “En todas las cartas que me escribís hallo nuevos motivos de agradecimiento, pues reconozco con claridad el amor que me tenéis y los deseos tan vivos de mi mayor bien, así espiritual como temporal. Esto me alienta mucho en medio de los cuidados con que me hallo, que es gran alivio en ellos saber que se tiene quien los desea aminorar y quien lo procura por tan seguro y cierto camino, como el de la oración”. “Con mucho gusto he recibido vuestra carta, como me sucede con todas las que me escribís, y en verdad que no encubren el amor que me tenéis y lo que deseáis mis aciertos, pues todo lo que .me referís en ellas lo declara bastantemente. Yo os lo estimo y agradezco mucho, y vuelvo a encargaros continuéis esta buena obra que me hacéis, lo cual espero me ha de valer mucho; y no os descuidéis en trabajar ni os desanime el juzgaros tan humilde instrumento, pues Dios quiere más a éstos que a los soberbios” “Harto deseo tuve la semana pasada de responder a vuestra carta, pero no me fue posible por concurrir muchos negocios al tiempo de partir la estafeta sentílo mucho, porque no hay mejor rato para mí que el que hablo con vos, en la forma que es posible. Estímoos y agradézcoos mucho, Sor María, cuanto me decís y el afecto y deseo que mostráis de mi mayor bien, en que reconozco cuán fina y verdadera es la amistad que profesáis conmigo, pues cualquier renglón de vuestra carta lo está diciendo a voces y, particularmente, las santas y verdaderas doctrinas que me dais en ellas, encaminado todo a mi salvación, que es el único fin a que debemos aspirar». Un rasgo que delata la finura de alma de Sor María es el absoluto desinterés con que sirvió al rey. Queremos decir que nunca se aprovechó de sus relaciones con él para recabar ventajas temporales a favor suyo, de su convento o de sus familiares. A lo que parece, el hermano mayor de la Venerable, Francisco, quiso valerse del influjo de su hermana para llegar a ser Obispo; incluso llegó a tener una audiencia con el rey. Sor María, que no pudo hacerle desistir de sus intentos, avisa de antemano al rey de la visita; dícele que le dé buenas palabras y le despida, pero sin tomar en serio sus pretensiones.
El examen de la Inquisición
En las páginas anteriores hemos aludido varias veces al interrogatorio inquisorial a que fue sometida la Venerable. La Inquisición española abrió proceso por primera vez en el asunto de la Venerable en 1635. Pero por entonces parece que se limitó a hacer algunas preguntas a diversos testigos e informantes, quedando la cosa en suspenso durante muchos años. Pero en 1649 se reanuda el examen. Al trinitario P. Antonio Gonzalo del Moral se le manda ir a Agreda como calificador del Santo Oficio e interrogar a la Venerable ante notario a base de un cuestionario de ochenta preguntas, la mayoría de las cuales se refieren a sus supuestos viajes a Indias. Sor María reconoce que en aquellos años de las exterioridades, como había oído hablar de la evangelización de los indios, creía a veces ser llevada allí y que les predicaba; pero siempre abrigó dudas sobre la realidad de tales hechos. Por otra parte, Benavides y otros Padres respetables dieron el hecho por inconcuso y le hicieron firmar el famoso Memorial. Le amedrentaron diciéndole “que podía caer en la herejía de Pelagio, atribuyendo a la naturaleza lo que era sobrenatural”. “Me rendí –dice– más a la obediencia que a la razón.” En las respuestas de la Venerable vemos el juicio que muchos años después tenía ella formado sobre el período de las exterioridades. Al decir ella a los confesores los favores que le hacían los ángeles, le ordenaban por obediencia que preguntase los nombres de dichos ángeles, y dijo algunos, etcétera. Por lo que del interrogatorio se deduce, todo esto de los viajes a Indias se originó de una carta del P. Francisco Andrés de la Torre, director de la Venerable, al Arzobispo de Méjico, don Francisco Manso de Zúñiga, en la que le decía que averiguase si en Nuevo Méjico sabían de una monja que andaba haciendo conversiones. Más tarde vino de allí Fray Alonso de Benavides diciendo que, efectivamente, había sido vista, y dando detalles. Este redactó un Memorial que fue difundido ampliamente. Al preguntarle el calificador a Sor María por qué firmó el Memorial de Benavides, contestó que cuando firmó estaba turbada, que puede afirmar que casi firmó lo que no sabía, y pensaba que ella erraba y ellos acertaban: al verse ante tantos Padres graves no supo hacer otra cosa. Añadió que los frailes y las monjas dispusieron el cuaderno corno quisieron, y de su información temerosa hicieron poco caso. Decían que tenía temores imprudentes y escrupulosos.  En fin, agregó Sor María que acerca de esta cuestión de su ida a Indias más de una vez pensó hacer una declaración verdadera por escrito, viendo cuán variamente hablaban, y en algunas cosas abultaban la verdad; pero creyendo que el tiempo lo olvidaría puso todo su cuidado en quemar los papeles que había hecho. El calificador Fr. Antonio Gonzalo del Moral, trinitario, cierra el expediente haciendo una declaración sobre el alto concepto que se ha formado de la interrogada y excusando el asunto de la ida a Indias por las circunstancias en que todo aquello se escribió. Cabe preguntar qué es lo que movió a la Inquisición a proseguir ahora una causa que durante muchos años había estado semiolvidada. Parece que la ocasión fue la siguiente: el duque de Híjar había estado procesado por conjuración contra el rey, y durante el proceso presentó, a modo de descargo, una carta de la Venerable. También el P. Monterón, franciscano, había sido puesto en prisión porque en sus sermones hablaba de revelaciones que anunciaban desgracias al rey. De hecho, en el interrogatorio se le preguntó ala Venerable sobre sus relaciones con el duque de Híjar y con el P. Monterón.

Ultima enfermedad y muerte

La Venerable fue siempre de salud delicada y padeció diversos achaques y enfermedades. Silvela ha contado las sangrías de que ella hace mención en sus cartas, y resultan setenta y una en el espacio de catorce años. En carta de 19 de noviembre de 1660 habla al rey de que ha padecido una grande enfermedad, ha echado sangre por la boca, etc. En la de 6 de junio de 1661 habla de vahídos de cabeza que le quitan la vista y le dan congojas mortales, etc. La última enfermedad, según el biógrafo 48, fue ocasionada por una fiebre y un apostema en el pecho. Fueron once días en total los que tuvo que guardar cama. En todos ellos sirvió de edificación general a las religiosas; a las que por insinuación del confesor, y viendo que lloraban amargamente, habló en estos términos al momento de recibir la extremaunción: “Hermanas, no hagan eso; miren que no hemos tenido otro trabajo y que se deben recibir con igualdad de ánimo los que Dios envía; si Su Majestad quiere que nos apartemos, cúmplase su santísima voluntad. Lo que yo les ruego es que sirvan al Señor guardando su santa ley, que sean perfectas en la observancia de su regla y fieles esposas de Su Majestad, y procedan como hijas de la Virgen Santísima, pues saben lo que la debemos y es nuestra Madre y Prelada. Tengan paz y concordia entre sí y ámense unas a otras. Guarden su secreto, abstráiganse de criaturas y retírense del mundo: déjenlo antes que él las deje. Desengáñense de las cosas de esta vida y trabajen mientras tienen tiempo; no aguarden a este lance último cuando impide tanto el gravamen de la enfermedad y postración de la naturaleza. Cumplan con sus obligaciones, que con eso tendré yo menos purgatorio de tantos años de prelada. Si procedieren así recibirán del Señor la bendición, y yo se la doy.” Entonces, levantando la mano y formando sobre ellas la señal de la cruz, dijo: “La virtud, la virtud, la virtud les encomiendo.” Luego fueron llegando sucesivamente una después de otra a pedirle en particular su bendición, y a cada una dio la amorosa Madre las advertencias y consejos que en particular le convenían, cuya eficacia y acierto maravilloso cada una, en lo que así toca, testifica. Fue asistida en los últimos momentos por el Provincial Samaniego y por el mismo General de la Orden, P. Salizanes, que yendo de camino a Santo Domingo de la Calzada para presidir el capítulo que tenían que celebrar las provincias de Burgos y Cantabria, se desvió a Agreda y así pudo estar presente en la muerte y exequias de la Venerable. Murió ésta el día de Pentecostés, 24 de mayo de 1665, a la hora de tercia. A sus exequias concurrió numeroso gentío, pues era generalmente estimada. A los pocos meses, como si la falta de su fiel y sincera amiga le hubiera abatido, moría también Felipe IV. El monasterio de la Concepción de Agreda, a los tres siglos de estos hechos, mantiene vivo y operante el recuerdo de la Venerable. Dentro de sus muros se conservan religiosamente numerosos objetos relacionados con ella. Desde luego, los ocho libros de la Mística Ciudad, autógrafos, y profusión de otros escritos y documentos. El cuerpo de la Venerable, depositado en una preciosa urna, y el de su madre, Catalina de Arana. La tribuna adonde se retiraba. La celda que habitó, con dos ventanas, una hacia el Moncayo y otra hacia al Norte. El hábito franciscano que llevaba por dentro, además del de su Orden Concepcionista. Casullas bordadas por ella, etc., etc. Efectivamente, Sor María fue de reconocida pericia y habilidad para labores de manos y entendía en achaques de paños y telas, como lo evidencia en la Mística Ciudad al hablar del vestido que con sus manos hiló y tejió la Virgen para el Niño Jesús. Sor María, como tantos otros casos relevantes de la espiritualidad cristiana, es la realización más cumplida de aquella paradoja evangélica según la cual de la muerte brota la vida; de la contemplación, la acción; y la prueba fehaciente de que la vida escondida en Cristo es el resorte más poderoso del verdadero amor al prójimo.
COMPOSICION DE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS
El problema de la autenticidad
Una como sombra de duda se cierne a veces en torno a la autenticidad de la Mística Ciudad de Dios. La verdadera autora de esta obra ¿será realmente la célebre monja de Agreda, Sor María de Jesús? La razón principal para dudar de ello estriba en la dificultad intrínseca de que una monja de clausura, sin formación teológica ni estudios, pudiera realizar una obra tan grandiosa, materialmente empedrada de citas de la Sagrada Escritura, llena de doctrina sublime, escrita en un estilo un tanto abstracto e hierático, de una rara perfección. ¿No será más razonable pensar que bajo la firma de la monja se nos ha servido la obra –si no entera, al menos parcial– de algún fraile anónimo de la Orden de San Francisco? La sospecha se vuelve tanto ,más vehemente cuanto que sabemos que los franciscanos trabajaron lo indecible para sacar adelante la causa de la Venerable y de su libro. Nos consta también que Sor María en su vida mantuvo íntimas relaciones con los Padres de esta Orden. La nota de escotismo, repetidas veces lanzada como una acusación contra la obra, contribuye también a aumentar la sospecha de que la paternidad de ella recaiga en todo o en parte sobre los franciscanos que la dirigieron o anduvieron cerca de ella. Es sabido también que los teólogos de la época, muy enzarzados en polémicas de escuelas, buscaban apoyo y confirmación de sus posiciones en almas agraciadas por Dios con visiones y revelaciones. Por todo ello, esta cuestión de la autenticidad resulta aquí insoslayable. Comencemos por advertir, sin embargo, que el problema de la autenticidad no debemos entenderlo de un modo absoluto, como si al afirmar la autenticidad quisiéramos decir que Sor María redactó la obra sólo por sí misma, sin ningún género de influencias y de ayudas. Esto está en contra de lo que la autora misma afirma muchas veces, de que todos y cada uno de los temas tratados en la obra, y particularmente los más difíciles, los confería con sus maestros y directores espirituales. Evidentemente tuvo que haber un influjo, y muy notable, de los teólogos a quienes consultaba. Pero de ahí a afirmar que fue una redactora que copiaba, poco menos que al dictado, lo que estos teólogos le sugerían, hay un gran trecho. La cuestión estaría, más bien, en saber hasta qué punto llegó este influjo de los teólogos, si llegó a ser de tal grado que no pueda atribuirse a la autora la paternidad formal, y no sólo material, de la obra. No es posible determinar con exactitud el grado de este influjo, por la misma forma en que se ejerció, pues se realizó principalmente por medio de conversaciones y consultas habladas, de las que, naturalmente, no ha quedado constancia. Lo mismo debe decirse de las predicaciones escuchadas. Pero en todo caso, aunque no es posible determinar esta influencia, creernos poder afirmar, por las razones que iremos viendo, que Sor María de Jesús de Agreda es la verdadera autora de la Mística Ciudad de Dios. Para ello, y como presentación de la obra a la vez, recordemos brevemente los puntos históricos firmes y tratemos de reconstruir la complicada historia de la génesis y gestación de esta obra, ayudándonos sobre todo de los datos que constan por otros escritos que ciertamente son de la Venerable, particularmente las cartas escritas por ella o dirigidas a ella, por los testimonios de sus directores y por lo que se desprende del texto mismo de la Mística Ciudad de Dios. Sor María de Jesús murió el año 1665. La edición príncipe de la obra apareció en Madrid cinco años después, o sea en 1670. Durante los cinco años que median entre la muerte de Sor María y la aparición del libro, éste fue examinado por una junta de teólogos de la orden franciscana, que, respetando escrupulosamente el texto de la obra, lo hicieron acompañar de notas explicativas e hicieron preceder la edición de un extenso Prólogo Galeato y de una biografía de Sor María, escritos ambos por el Padre José Ximénez Samaniego, General de la orden franciscana. Para preparar esta edición príncipe se llevaron a Madrid los ocho tomos de la Mística Ciudad de Dios que, íntegramente escritos de puño y letra de la Venerable, se hallaban en su .monasterio de Agreda. Realizada la edición, dichos ejemplares autógrafos se volvieron a depositar religiosamente en el monasterio de Agreda, donde aún hoy se guardan. Pocas son las obras célebres de alguna antigüedad que gozan de una posición tan privilegiada. Queremos decir: es raro que exista el original autógrafo de las mismas, como ocurre en este caso. Consta que tanto la Venerable como los que la asistían tuvieron empeño e interés en que, para obviar futuras dificultades o posibles objeciones, quedara un original autógrafo perfecto; escrito de su mano y convenientemente firmado. Tenían conciencia de que se trataba de una obra grande, trascendental, y querían prevenir toda posible objeción. Por lo demás, la Venerable tenía experiencia de que las copias o traslados de sus escritos, hechos por otros, no siempre eran del todo fieles, y quiso, sin duda, dejar una copia en limpio hecha de su propio puño y letra. Que la letra de estos ocho tomos es de la Venerable no se puede razonablemente dudar. Sor María de Jesús tiene una caligrafía inconfundible, y comparando la escritura de estos tomos con la de otros escritos suyos, la uniformidad salta a la vista. Pero todo esto, con ser importante, no basta para resolver el problema; antes, en parte, lo complica más, porque puestos a fingir engañas o hipótesis posibles, ¿no pudo todo ello ser hecho de propósito para encubrir fraudes? ¿No pudo Sor María copiar o escribir con su mano una obra de la que en realidad no era ella la verdadera autora, tomando precauciones para que esto no se descubriese? Fuerza es confesar que, poniéndonos a imaginar hipótesis posibles, por poco probables que ellas sean, no se puede descartar ésta.
Los decretos romanos sobre la autenticidad de la obra

En el siglo XVIII, en la última batida, por así decirlo, que los partidarios de la causa de la Venerable dieron para obtener la glorificación de ésta, Roma promulgó hasta dos decretos sobre la autenticidad de la Mística Ciudad de Dios. Y es que a los ojos de la Santa Sede el proceso de beatificación de Sor María estaba ligado al problema de sus escritos, sobre todo de su gran obra, la Mística Ciudad de Dios. Antes de proceder a su beatificación era inexcusable proceder al examen de sus escritos y abordar los problemas teológicos implicados en ellos. La obra que más dificultades presentaba bajo este respecto era la Mística Ciudad de Dios. Pero ¿constaba que esta obra fuese realmente de Sor María? He aquí el primer punto a solventar. Si Sor María no era la verdadera autora de la obra, tal vez podría proseguir el proceso sin hacer caso de la misma; pero si ella era la autora, había que salvar primero los reparos teológicos que pesaban sobre ella. Tal era el punto de vista de Roma. Para resolver el problema de la autenticidad de la obra se hicieron llevar a Roma los ocho tomos autógrafos que obran en el monasterio de Agreda, los cuales fueron sometidos a un examen pericial. Consecuencia de este examen pericial fue el decreto de autenticidad dado por la Sagrada Congregación de Ritos el 8 de mayo de 1757, decidiendo que, a juzgar por la identidad de la letra de estos tomos y la de otros escritos que ciertamente son de ella, consta que la predicha Mística Ciudad de Dios fue escrita por Sor María. Este primer decreto se basa, pues, en la identidad de caligrafía que hay entre el original de la Mística Ciudad de Dios y otros escritos autógrafos de la Venerable. Pero claro está que, absolutamente hablando, esto no basta para probar que ella fuera la autora formal de la obra, pues cabe que hubiera sido una mera copista o amanuense de una obra concebida y redactada anteriormente por otro. Por esto, en Roma se volvió a un segundo examen, basado esta vez en el estudio interno de las características del estilo, comparándolo con otros escritos que ciertamente son de la célebre monja. Este segundo examen arrojó también un saldo favorable a la autenticidad: era evidente la uniformidad de estilo entre la obra y otros escritos auténticos de la Venerable. Este segundo decreto lleva fecha de 11 de marzo de 17713. Resultado de todo ello fue el parón definitivo o “silencio perpetuo” que Clemente XIV impuso a la causa de la beatificación de la Venerable. Dado que constaba ser ella la autora de la obra y que sobre dicha obra pesaban reparos teológicos graves, se prohibía seguir adelante la causa de su beatificación. La prueba de la autenticidad fue, pues, la causa de la detención del proceso. A pesar de todo no han faltado, aun posteriormente, quienes han supuesto que debió de haber influjos decisivos de otras manos en la composición de esta obra. Así, por ejemplo, el P. Andrés Ivars, O. F. M., fundándose en algunos pasajes de la correspondencia de Sor María con Felipe IV, lanzó la hipótesis de que el P. Pedro Manero, franciscano, debió de influir en la segunda y definitiva redacción de la Mística Ciudad de Dios, hasta tal grado que cabe poner en tela de juicio la verdadera paternidad de la obra. Para aclarar en la medida de lo posible estos extremos se hace preciso recordar brevemente la génesis de la obra, su gestación larga, la historia de sus dos redacciones; fijar las fechas, compulsar los datos que constan de la misma obra con los que constan por otros escritos de la Venerable o de personajes que se relacionaron con ella; comparar el estilo de esta obra con el de otros escritos indudablemente suyos; conocer los directores que tuvo, fechas en que la dirigieron; otros sujetos que, por lo que sabemos, se relacionaron con ella, etcétera.
Primera redacción de la Mística Ciudad de Dios

La obra conoció por lo menos dos redacciones completas, amén de intentos parciales; o sea, fue redactada completamente dos veces por su autora. La segunda redacción, que es la definitiva, es más amplia y extensa que la primera. Recompongamos brevemente la historia de la primera redacción. Tanto Eduardo Royo como el P. Ivars son de opinión que la Venerable escribió por primera vez su obra entre tíos años 1637 y 1643. La misma Sor María nos dice taxativamente que empezó a escribir esta obra en 16376. En este tiempo el P. Francisco Andrés de la Torre era el director espiritual de la Venerable. Ella misma confiesa que por espacio de diez años estuvo resistiendo a los impulsos que sentía hasta que empezó a escribir por primera vez la Historia de la Virgen. Cuando a fines de 1643 empieza la Venerable a cartearse con el rey Felipe IV se ve que la obra está ya escrita. Una copia de ella se la ha dejado al rey, el cual la va leyendo y refiere las impresiones que le produce su lectura. En realidad, como la obra era extensa y constaba de tres partes, primero le dejó una copia de la primera y después le fue mandando las restantes, a medida que se hacía la copia o traslado. Como la Venerable en sus cartas al rey habla de “escribir” en el sentido de “copiar”, esto primeramente indujo a error al P. Ivars, pensando que entonces iba escribiendo la obra, cuando en realidad ésta estaba hecha y terminada, y únicamente se trataba de obtener un traslado o copia de ella con destino al rey. De esta copia dice ella que la hicieron “unos religiosos mozos sin experiencia” y que no tuvo oportunidad de revisarla. Tenemos, pues, que el rey tenía una copia de la obra en su primera redacción, con encargo de guardar secreto sobre ella. En la correspondencia que se cruzó entre Felipe IV y la Venerable hay numerosas alusiones a esta obra. Pueden verse cualesquiera de las dos ediciones de estas cartas, la de Silvela o la más reciente de Seco Serrano. Se habla, por ejemplo, de la obra en su primera redacción en las cartas escritas por el rey en las siguientes fechas: 9 de marzo de 1644, 5 de agosto de 1646, 21 de septiembre de 1646, 1 de octubre de 1646; en la carta escrita por la Venerable al monarca en 5 de octubre de 1646. Muchas otras de la misma correspondencia se podrían citar. Esta primera redacción de la Mística Ciudad de Dios fue quemada por la .misma autora en fecha que al parecer no se puede precisar con claridad, pues es discutida por los autores; salvóse, empero, de la quema la copia o traslado que obraba en poder del rey.  Respecto a las razones o causas que movieron a la Venerable a tomar esta resolución, ella apunta únicamente los escrúpulos y temores de que era presa por haber puesto mano en obra tan ardua, y también el consejo de un confesor que le asistía en ausencia del director principal. Vuelto dicho director principal, la reprendió ásperamente y le mandó escribirla de nuevo; pero en 1647 fuese este director y, por consejo del mismo director de antes, que debía de ser un religioso anciano, hubo una segunda quema de papeles. Según el P. Samaniego, biógrafo de la Venerable, la primera quema fue en 1645, en una larga ausencia del director, Francisco Andrés de la Torre, y la segunda, en 1647, a raíz de la muerte del mismo. La Venerable se distinguió siempre por un grande amor a la verdad, y constantemente la acosó el temor de ser engañada o de ser víctima de ilusiones10. Sólo la autorizada palabra del representante de Dios era capaz de sostenerla; pero en cuanto un confesor le aconsejó quemar los escritos, obedeció al punto. Probablemente dicho confesor, cuyo nombre desconocemos, no estaba de acuerdo con la forma en que se dirigía a la Venerable. El P. Ivars ha apuntado la hipótesis de que la Venerable debió de quemar la obra por miedo a la Inquisición. Cuando barruntó que se echaba sobre ella el nublado, quemó la obra, y así pudo decir a los inquisidores que no tenía más escritos que unos insignificantes papeles que mostró; nada dijo de la copia que existía en manos del rey, y los inquisidores no llegaron a saberlo. Este interrogatorio inquisitorial tuvo lugar en Agreda mismo, en la cratícula o comulgatorio conventual, en 1649–1650. A la verdad, la suposición del P, Ivars de que quemó la obra por miedo a la inquisición no se apoya en ninguna fuente documental. Tampoco el P. Samaniego, biógrafo de la Venerable, apunta otra razón que la arriba indicada.
Segunda redacción de la Mística Ciudad de Dios
En cuanto a la segunda redacción de la obra, se saben con exactitud las fechas de su comienzo y terminación: se inició en 1655 y se terminó en 1660. En esta época el P. Andrés de Fuenmayor dirigía a la Venerable. El la impuso el precepto de rehacer la obra. En realidad, existiendo, como existía, en poder del rey una copia de la primera redacción y habiendo sido recuperada dicha obra por el P. Pedro Manero –que luego fue obispo de Tarazona y ,murió en 1659–, no había necesidad de hacer una nueva redacción, propiamente dicha. ¿Por qué la autora juzgó necesario o conveniente rehacer de nuevo la obra? Conocemos varios lugares en que la autora apunta la razón, y en todos ellos da siempre la misma, a saber: porque actualmente tenía nuevas y mayores inteligencias del misterio de María. Antes, cuando escribió por primera vez, como la luz era abundante y su cortedad grande, no pudo decir todo, y, además, la atención a lo material de la obra le absorbió mucho. En la correspondencia inédita a don Francisco de Borja hay una carta de la Venerable, de fecha 3 de abril de 1648, en que ya se apunta la necesidad de escribir nuevamente la obra y las razones de ello. Véase el pasaje: “Señor mío: Si V. S. a leído (como me dice) algo de la Historia, verá que ni por el modo que lleba, ni por el estilo y la claridad de algunos sacramentos ocultos, no conbiene por ningún casso que salga a luz. Por esto preguntaba a V. S. si la avía visto; y en la tercera parte, de la qual no tendrá noticia V. S., tiene mayores sacrammentos, porque es de lo que ,menos en la Iglesia de Dios ay escrito y acá está muy largo. ¿Qué pareciera, si viviendo yo saliera? No cabe esto en pensamiento de personas cuerdas, y no sólo lo siento así por el silencio, sino porque lo contrario no sería prudencia. Díceme V. S. por qué la escribo dos beces: es porque nuestro Padre Fr. Francisco Andrés y yo confirimos muchas razones de conbinencia; ya antes que muriera comencé; las principales son que como la materia es tan abundante y fecunda, fue ynposible que los términos humanos llegasen a .manifestar, ni alcanzassen lo que el entendimiento conocía y de una bez no se podía decir todo; y en diferentes cartas y villetes escribí a nuestro difunto muchas cossas de las más esenciales, porque le pareció que hiciesse un original perfecto, y los traslados que an sacado están faltos y algo trocados, y porque aya un original perfecto adonde acudir, déjole bueno y muy añadido; ya lo sabe el Padre Palma, y me da priessa a que le concluya . Si V. S estubiera cerca y el señor don Fernando, diérales más noticias de todo. La nueva y más profunda inteligencia que tenía del tema, las adiciones parciales que en forma de billetes, etc, iba aportando, aconsejaban rehacer a fondo la obra y dejar un original perfecto y acabado de ella, ya que mientras vivía la autora no se juzgaba prudente su publicación. En una carta sin fecha escrita por la Venerable al P. Juan de Palma, explica en términos similares por qué escribe por segunda vez la obra: “La razón y causa porque se buelbe a escribir segunda vez la Historia de la Reyna del cielo.–Por voluntad del Señor y orden de la obediencia e escrito segunda vez esta Divina Historia; porque en la primera, como era la luz con que conocía sus misterios tan abundante y fecunda, y mi cortedad grande, no bastó la lengua, ni alcanzaron los términos, ni la velocidad de la pluma, para decirlo todo. Dexé algunas cosas, y con el tiempo y las nuevas inteligencias me hallo dispuesta para escribirlas aora, aunque siempre dexaré de decir mucho de lo que e entendido, porque todo nunca es posible. Fuera de esto he conocido otra razón en el Señor, y esta es que la primera vez quando escribí me llevaba mucho la atención de lo material y orden de esta obra; y fueron grandes las tentaciones y temores para no darle al alma lo conveniente que el Señor quería escribiéndola en mi corazón, y gravando en mi espíritu su doctrina como se me manda lo haga aora, y se puede colegir del suceso siguiente. El P. Ivars, tomando pie de ciertas expresiones que se encuentran en la correspondencia epistolar de Felipe IV y la Venerable, sospecha que el antes citado P. Pedro Manero debió de tener algún influjo en la segunda redacción de la Mística Ciudad de Dios15. En efecto, el rey, en carta de 23 de marzo de 1650, le dice a la Venerable que el Padre Manero ha visto la copia de la primera redacción que obraba en poder del propio rey y que dicho P. Manero había anotado algunas cosillas para tratar con ella, a fin de perfeccionar la obra. Mucho más tarde, en carta de 3 de febrero de 1657 cuenta la Venerable al rey que dicho Padre, hecho ya obispo de Tarazona, la ha visitado. No es fácil determinar el influjo que pudo tener sobre la obra el P. Manero. Según el P. Samaniego en su Prólogo Galeato, el P. Manero sugirió a la Venerable que compusiera de nuevo la obra y que quitara de ella los términos teológicos y escolásticos, pues que la presencia de tales términos es ajena a las revelaciones divinas. La Venerable consultó el asunto al Señor y se le contestó que se le han dado los términos más aptos para el fin y que no hay nada que cambiar. Al parecer, pues, si algún influjo hubo, probablemente se redujo a algunas correcciones de términos. Cuando el rey la preguntó qué innovaciones había introducido en la segunda redacción, ella contestó: “Señor mío, en la Historia de la Reina del cielo he añadido algunos misterios, declarando más los que estaban; la he perfeccionado quitando algunas repeticiones de términos, y a los tres libros que V. M. vio añado el cuarto, que contiene algunas cosas particulares de la Madre de Dios, y la disposición que se me pidió para escribir su santísima vida, con grandes doctrinas místicas y morales. En escribir este tratado tardaré mucho. La Historia procuraré abreviarla, y si Dios me da vida, ambas cosas enviaré a V. M. con el seguro del secreto que la materia pide, y el afecto que a V. M. profeso nada le sabe ocultar de mis mayores secretos”. Indicamos a continuación las cartas de la correspondencia epistolar de Felipe IV y la Venerable en que se habla de la obra, la necesidad de escribirla de nuevo, o se dan referencias sobre la marcha de la composición de la misma en su segunda redacción: 5 de diciembre de 1649, 18 de diciembre de 1649, 26 de febrero de 1650, 11 de marzo de 1650, 23 de marzo de 1650, 1 de abril de 1650, 11 de marzo de 1650, 10 de abril de 1652, 3 de mayo de 1652, 20 de diciembre de 1652, 3 de febrero de 1657, 12 de febrero de 1657, 2 de marzo de 1657 17.
Cotejo de las dos redacciones
Al no existir actualmente ningún ejemplar autógrafo ni apógrafo de la primera redacción de la obra, no nos es posible calibrar la cuantía y calidad de las diferencias entre la primera y segunda redacciones. El único ejemplar de la primera redacción, después de las quemas hechas por la Venerable, fue la copia que tuvo en su poder Felipe IV; pero esta copia fue a su vez quemada el año 1682, o sea, después de aparecida la edición de la Mística Ciudad de Dios Esta quema fue efectuada por el Padre Samaniego, General de la orden franciscana, que actuó siguiendo instrucciones dadas por escrito por la misma autora, que una vez hecha, la segunda redacción consideraba superflua e inválida la primera. De esta quema se salvó únicamente una hoja que traía el título de la tercera parte y la firma de la autora, hoja que fue sustraída por un fraile en el momento en que se procedió a quemar el ejemplar. Por esta hoja conocemos cómo rezaba primitivamente el título de la obra. Dice así: “Mística Ciudad / de Dios Milagro de su omni– / potencia y abismo de la gracia / Historia Divina y Vida/ de la Virgen Madre de Dios Reina y Señora nuestra /María Santísima autora de la vida / y de la luz /Revelada en estos siglos últimos por la misma Señora a su/ Esclava Sor María de Iesús Abbadessa indigna /del convento de la Inmaculada Concepción / de la Villa de Agreda / Para nueva luz del mundo alegría de la Iglesia Catholica / y confianza de los mortales. Cotejando este título con el de la segunda redacción se ve que sustancialmente es idéntico, pero se han modificado algunas términos; es decir, se han buscado términos de más exactitud y precisión teológica. En vez de “autora de la vida y de la luz”, dice ahora “restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia”. En vez de “revelada” dice “Dictada y manifestada”. Probablemente el influjo de los Padres antes citados se limitó a cosas de este tipo.
Cotejo con otros escritos de la Venerable
Otro camino, que juzgamos válido y firme, para esclarecer la autenticidad de la Mística Ciudad de Dios consiste en comparar esta obra con otros escritos ciertos de la Venerable y comprobar la unidad de estilo, afinidad de lenguaje, de pensamiento, de ideas, etc., que se advierte entre ellos. Para establecer la comparación elegimos la extensa correspondencia epistolar que mantuvo con el rey Felipe IV; accidentalmente recurrimos también a otras fuentes: carta al Papa Alejandro VII, respuestas de la Venerable al interrogatorio inquisitorial, etc. Como el tema es vastísimo, sólo podemos esbozarlo. Es decir, nos limitaremos a apuntar algunos indicios, señalar pistas, etc. Comencemos asentando la constatación de que en ambos escritos, cartas al rey y Mística Ciudad de Dios, se advierte la presencia de expresiones idénticas, que se repiten con profusión. Así, por ejemplo, en ambas obras se repite muchísimas veces, refiriéndose a Dios, el calificativo de “el Altísimo” y “el Todopoderoso” 0 ; y menos veces, pero también con alguna frecuencia, la expresión “el ser inmutable de Dios” alguna otra similar. La espiritualidad de la Madre Agreda tiene algo de querúbico: ella ha sentido y gustado como pocos lo insondable del ser de Dios, la grandeza de sus atributos, y tanto en sus cartas al rey como en la Mística Ciudad de Dios o en sus respuestas al interrogatorio inquisitorial nos ha dejado rastros conmovedores de ello. Sor María es un alma que tiene un sentido muy vivo de la trascendencia inefable de Dios. Refiriéndose a la condición de las cosas creadas, que son por naturaleza finitas y limitadas, la Venerable emplea las expresiones “coartado” (o “cuartado”), “limitado”. Estas expresiones aparecen con frecuencia en los dos escritos. Gusta también la Venerable emplear la palabra “república” para designar el conjunto de facultades, potencias, sentidos, etc., que posee el hombre. Hablando de los años que transcurrieron desde la creación hasta la encarnación, tanto en las cartas al rey como en la Mística Ciudad de Dios, aparece el mismo cómputo de 5.199 años. Una de las ideas que más constantemente afloran en la larga correspondencia epistolar que Sor María mantuvo con el rey Felipe IV es que las monarquías católicas deben estar al servicio de la Iglesia, defender a ésta, etc. Entre estas monarquías ella veía que España era la principal. Y sin duda ésta fue la causa por la que con tanto tesón trabajó en la formación espiritual de Felipe IV, no obstante que conocía bien sus fallos y sabía el escaso fruto que obtenían sus esfuerzos. Pues bien, en la Mística Ciudad de Dios podemos comprobar la presencia de las mismas ideas. “Visión abstracta de la divinidad” es una terminología o tecnicismo característico de la Madre Agreda. No recordamos haber visto esta expresión en las cartas al rey. Es que en ellas Sor María pretende administrar a su destinatario lo que la luz divina le muestra, pero reducido al orden común: “En el modo que la distancia lo permite hago participante a V. M. de las doctrinas que la divina luz me administra, disponiéndolas por el orden común y ocultando el sacramento del Rey celestial, para que V. M. reciba de él lo que gustare y los demás no le conozcan”. Es lo mismo que dice en la Mística Ciudad de Dios (libro I, capítulo 2), cuando explica los modos de las comunicaciones divinas y los diversos estados en que se alma se halla respecto a ellas. A veces Dios –dice-le “da licencia y ordena que amoneste a algún prójimo, pero no ha de ser declarando el modo, sino hablando al corazón con razones llanas, lisas, comunes y caritativas en Dios. En el interrogatorio inquisitorial (respuesta a la pregunta 66) sí hallamos la expresión “especies abstractivas”. La dicha pregunta 66 fue de este tenor: “Si en alguna ocasión ha visto a Dios clara y distintamente, en qué tiempos y ocasiones y qué tanto habrá.” La respuesta de la Venerable a esta pregunta es larga y bellísima. Niega que haya tenido jamás visión intuitiva, pero cree poder afirmar haber tenido otra visión muy inferior “por especies abstractivas”. Sin duda se refiere a la experiencia mística esencial o contemplación infusa. En la Mística Ciudad de Dios la expresión “visión abstractiva” la emplea repetidas veces, atribuyéndola a la Virgen. Donde más extensamente y de propósito se refiere a este género de visión de la divinidad que tuvo la Virgen es en la parte I, libro II, número 631. La devoción a los ángeles es otra de las características sobresalientes y destacadas de la espiritualidad de la Madre Agreda. Ella ha vivido o creído vivir en relaciones íntimas con estos espíritus celestiales. Por la correspondencia mantenida con el rey vemos que también a éste recomienda reiteradamente esta devoción 0. También en el interrogatorio inquisitorial fue preguntada sobre este punto; ella confesó paladinamente la devoción que siempre tuvo a los ángeles y los beneficios que de ellos había recibido; incluso reconoció sin ambages que a veces intelectualmente sentía su presencia. En cuanto a la Mística Ciudad de Dios, es de sobra conocido el papel tan relevante que en ella desempeñan los ángeles en tantísimos episodios de la vida de la Virgen, por lo que parece superfluo y enojoso citar lugares. Lo mismo, paralelamente, puede decirse del lugar que ocupa el demonio, su intervención en el mundo, etc. Sor María confiesa paladinamente tener noticia y conocimiento de ello. Su carta al Papa Alejandro VII es tal vez el exponente más elocuente en este punto. Las relaciones con el mundo preternatural le son en cierto modo familiares. Sumamente interesantes a este respecto son las revelaciones que recibió o creyó recibir de dos egregios difuntos, a saber, la reina Isabel de Borbón y el príncipe Baltasar Carlos. En la Mística Ciudad de Dios la intervención del mundo diabólico es también frecuentísima y de todos conocida, por lo que huelgan citas. Uno de los pasajes de las cartas al rey que tiene su más claro paralelismo en la Mística Ciudad de Dios es aquel en que describe las dotes de que gozará el bienaventurado, tanto en su alma como en su cuerpo. No sólo los nombres, sino aun expresiones enteras son idénticas. En carta escrita al rey en fecha 19 de marzo de 1648 (v. II, p. 289) confiesa la Venerable que, después de los misterios que pertenecen al ser de Dios, a Cristo y a su Madre, el que más le ha llevado el ánimo y robado el afecto es la grandeza y hermosura de un alma en gracia, y describe dicha hermosura en términos sumamente bellos. En carta de 10 de mayo de 1649 (v. II, p. 370) dice que de escribir la Historia de la Reina del cielo, o sea, la Mística Ciudad de Dios, ha sacado un grande concepto y aprecio del estado de la gracia. En la Mística Ciudad de Dios son muchos los lugares que habría que citar referentes a este tema. Sobre la posibilidad de alcanzar la perfección con ayuda de la gracia, escribe al rey en carta de 25 de octubre de 1647 (v. II, p. 254). En la Mística Ciudad de Dios se halla la idea en multitud de sitios. El recurso constante a la Sagrada Escritura es otra de las características de los escritos de la Venerable. En carta al rey de 5 de julio de 1652 (v. II, p. 167) pide excusas por ello; pero alega que las palabras de la Escritura tienen virtud divina y es por eso que recurre a ellas; y en carta de 7 de noviembre de 1653 (v. II, p. 259) vuelve sobre la misma idea. Por lo que a la Mística Ciudad de Dios se refiere, podemos decir que toda ella es como un empedrado de citas y alusiones al texto sagrado, que evidencian en la autora una familiaridad y grado de conocimiento verdaderamente notables de los libros santos. Y baste por el momento. Comprendemos que esta labor de cotejo de la Mística Ciudad de Dios con otros escritos de la Venerable podía ser llevada mucho más lejos y seguramente con resultados positivos. Una simple ojeada a dos de sus opúsculos, la Escala para subir a la perfección y las Leyes de la Esposa37 ,deja la impresión de identidad de estilo, de ideario, de excepción y de sentimientos. Pero no podemos extendernos más. Los datos que hemos apuntado se reducen las más de las veces a detalles de vocabulario y afinidad de ideas. Estos indicios, a primera vista insignificantes e intrascendentes, suelen ser de lo .más delatadores, como saben bien los que se ocupan de crítica histórica. Creemos, en suma, que un mismo saber de boca, el mismo estilo de alma, se percibe a través de todos estos escritos, y que ello delata bastante a las claras a la .misma autora, con su individualidad y personalidad inconfundible.
Carácter personal de la “Mística Ciudad de Dios”

Resumiendo: ante la multitud de testimonios documentales de primer orden que atribuyen sin discrepancia alguna la Mística Ciudad de Dios a Sor María, la ingente cantidad de noticias que poseemos sobre la composición paso a paso de la obra, la identidad de letra, de estilo y de ideario entre la obra en cuestión y otros escritos auténticos de Sor María, no es razonable dudar de la auténtica paternidad de la Mística Ciudad de Dios. Por lo demás, atribuir a un alma a todas luces entregada a Dios en las caminos de la santidad, como fue Sor María, la superchería de copiar y presentar como suya una obra escrita por otro es, además de falso, irreverente. La obra es, pues, suya. En cuanto al influjo que sobre ella ejercieron los directores y teólogos que la trataron, queda constatado lo poco que se puede determinar. Al parecer fue un influjo superficial y accidental, que en nada merma la verdadera paternidad formal de la obra. Esta misma conclusión, de que el influjo fue superficial y accidental, se impone si tenemos en cuenta el carácter muy personal de la obra. En efecto, la estructura misma de la obra y la unidad de concepción y de desarrollo del tema es un caso singular, único y original, difícilmente compaginable con influjos notables de diversas personas. La obra en todas sus líneas tiene una perfecta homogeneidad en el lenguaje, en el estilo, en las ideas, en los razonamientos, en los enfoques, etc., sin que se observe ninguna ruptura de la unidad y uniformidad. Las mismas doctrinas propiamente teológicas, tanto las comunes como las de escuela –estas últimas debidas sin duda a los teólogos y directores franciscanos– aparecen en la obra expuestas con un matiz completamente personal, como algo, digámoslo así, digerido, vivido y personalizado por quien escribe la obra. Aun en los casos en que utiliza términos e ideas propios de los teólogos, su utilización y exposición nunca tiene el tecnicismo propio de un teólogo, sino el mismo sello personal de las restantes páginas. Además, toda la obra está impregnada de ciertos rasgos propios y exclusivos que delatan en su compositor una personalidad femenina y propia de una religiosa que hace vida de clausura y está entregada a la vida mística. Si no se conociera el nombre de la autora, cabe afirmar que el análisis de este carácter personal de la obra impondría la conclusión de la personalidad femenina, religiosa y mística de su autora.  A quienes han dudado que Sor María, una mujer sin estudios teológicos, pueda ser la verdadera autora formal de la Mística Ciudad de Dios, les ha inducido a dudar seguramente, entre otras cosas, la mucha erudición que se hace patente en la obra. No creemos, sin embargo, que esto sea un obstáculo. Sor María de Agreda, tal como se transparenta su personalidad en su actividad humana, religiosa y literaria, fue sin duda una persona intelectualmente superdotada, con una capacidad excepcional de retener y asimilar todo cuanto oía o leía; sus cartas al rey demuestran su penetrante inteligencia, su sensatez y su cordura. Añádase a todo esto una especial asistencia divina que ella asegura tener, y que nosotros no podemos negar aun sin llegar necesariamente a afirmar en ella una ciencia infusa en todo, y no hay ningún motivo para negarle la erudición que demuestra en la obra. Su extraordinaria inteligencia, su capacidad excepcional de retención, sus largas horas de rumia y meditación en el retiro claustral, junto con la especial asistencia divina, es lo que explica que pueda manejar esa enorme cantidad de doctrinas y datos y darles esa impronta personal característica suya con que lo ha elaborado todo. La utilización que hace Sor María de las doctrinas de la escuela franciscana escotista delata indudablemente un influjo efectivo de los teólogos que la asesoraban. Es ésta otra de las razones de quienes han dudado de la autenticidad formal de la obra. Pero esto, teniendo en cuenta el carácter personal que da Sor María a toda su exposición, tal corno acabamos de apuntar, no obsta evidentemente para la paternidad formal de la obra. Sor María, como todos, es hija de su tiempo y de su ambiente, como lo fueron también los autores sagrados inspirados por Dios. Ella, Sor María, conoce las divisiones de escuelas y sus doctrinas opuestas o divergentes, y trata precisamente de sobreponerse a ellas buscando la verdad sencilla, limpia y sin divisiones, tal como ella cree haberla entendido en las inteligencias que Dios o sus santos le comunican. Tiene suficiente personalidad e independencia para juzgar según lo que a ella se le ha dado a entender y trata de hacerlo así conscientemente. De hecho, es lo cierto, tiene una marcada simpatía por las doctrinas de la escuela franciscana, debida –repetimos– a un influjo efectivo que existió. Pero esto no autoriza a pensar que fue utilizada como un instrumento para dar visos de revelación a doctrinas de escuela; Sor María era demasiado inteligente y perspicaz y tenía demasiada personalidad y honestidad para ser objeto fácil de estos manejos. Simplemente hubo un influjo franciscano, como pudiera haber habido otro distinto en circunstancias diferentes, en su .mentalidad y en su ideario propios, lo cual no merma en absoluto su autenticidad y su originalidad. Otra cosa es que, una vez publicada la obra años después de la muerte de su autora, la Mística Ciudad de Dios se convirtiera de hecho en bandera de controversias entre escuelas, como así sucedió; pero tampoco este suceso posterior demuestra que la obra fue preparada precisamente para ello. La obra fue lo que quiso Sor María que fuera: un acopio de datos y doctrinas, recopilados de las fuentes a su disposición, rememorados en largos ratos de oración y contemplación, sancionados por las inteligencias divinas que recibía en su vida mística de unión con Dios y con los seres celestiales, y estructurados bellamente en una Historia Divina de María Santísima para edificación de los fieles. A Sor María de Jesús de Agreda le cabe, pues, la gloria –porque es una verdadera y excelente gloria– de haber sido la verdadera autora de la inmortal obra de la Mística Ciudad de Dios.
VICISITUDES DE LA “MISTICA CIUDAD DE DIOS”

Se ha calificado el siglo XVll como el “siglo de oro” de la mariología, a cuyo embellecimiento España contribuyó en medida única. Sin embargo, en los últimos decenios se empezaba ya a sentir la fatiga de la decadencia. La devoción mariana, a fuerza de rehuir los aspectos fundamentales, se desarticulaba prodigándose en cuestiones tales, que hoy las calificaríamos de ociosas y algunas hasta de inconvenientes. Pensemos, por ejemplo, en la reacción de Baillet contra “los devotos indiscretos de la Virgen”. Esto, junto con la intransigencia de las escuelas y el invertebrado espíritu de la España del siglo XVII, fueron los determinantes principales que marchitaron el ideal de la reforma teológica. En este ambiente salió a luz la Mística Ciudad de Dios. Presentada por su autora como divinamente revelada, y tomada por la escuela franciscana como estandarte de las ideas que entonces defendía (predestinación absoluta de la Virgen y sus consecuencias: inmaculada, etc.), la luz que pretendió irradiar en el mundo quedó oscurecida por la crítica de quienes o eran contrarios a dicha escuela, o militaban en las filas de la avanzadilla del “espíritu geométrico” y jansenista del tiempo. La obra quedó a ,merced de una de las más reñidas controversias que se registran en la historia de la mariología. Pasando a .mejor vida la Ven. Sor María de Jesús de Agreda el 24 de mayo de 1665, ;mandó el P. Salizanes, ministro general por entonces de la Orden Franciscana, que se recogieran todos sus escritos. El principal de los que se hallaron fue la Mística Ciudad de Dios. Después de leída y examinada con personas doctas convino el P. Salizanes “en que sería de gran servicio de Dios y utilidad de los fieles que saliese a luz luego… si después de examinada con diligencia se hallaba corresponder toda la obra, sin disonancia alguna, a lo que promete su título. Se formó una junta examinadora integrada por padres de la provincia de Burgos, entre los que figuraba el P. Andrés de Fuenmayor, el último confesor de la Venerable. Y después del examen todos convinieron en que la sobredicha obra “nada contenía contra la fe y buenas costumbres; antes bien, todo era conforme a la doctrina católica. La junta acordó, además, que se ilustrara con prefacios y notas aclaratorias en los lugares más oscuros. Cargo que, por carta del 12 de noviembre de 1669, se lo encomienda el P. Salizanes al P. José Ximénez Samaniego. Se le nombraba, además, encargado de la impresión tipográfica de la obra con la prohibición de variar en lo más mínimo el contenido de la misma. Completada con el Prólogo Galeato, notas, relación de la vida de Sor María, tablas y elencos, licencias del Ordinario y del Consejo Real de Castilla, fue enviada a la imprenta y el año 1670 apareció a la luz pública. Faltaban todavía por imprimirse el prólogo, notas, aprobaciones, tablas y elencos cuando la Inquisición española la embargaba ya. El Supremo Tribunal notificó al religioso encargado de la impresión y al mismo impresor, en cuya casa se guardaban los tercios impresos, que bajo las penas y censuras establecidas no se publicara ni distribuyera sin nueva orden del Santo Oficio. Al parecer la causa de tal medida fue el haberse repartido clandestinamente entre personas particulares algunos de los pliegos impresos: “ya porque ellos los cogieron a ocultas y sin licencia de la Religión, ya por codicia del impresor mismo o de alguno de sus oficiales, ya por el celo indiscreto de algunos devotos curiosos, ya porque sacaron copias del ejemplar que persona muy soberana pidió al general pasado, sin poder resistir a la suma autoridad y gusto que manifestó de verlos, aunque se le propuso por el general, no estaban impresos todavía con las licencias y demás prevenciones. Con este modo de proceder se violaba el decreto de Urbano VIII de 13 de mayo de 1625, en que se exigía la aprobación de una comisión de teólogos y de la Santa Sede, de tal modo que los libros de esta índole que se publicaban sin tales requisitos se consideraban como no aprobados. La cosa es que no obstante las protestas y justificaciones del P. Samaniego, sólo tras un examen que duró dieciséis años, en los que se celebraron cincuenta y siete sesiones, falló favorablemente la Inquisición española el 3 de julio de 1686, y con ella dieciséis universidades españolas y extranjeras. Al mismo tiempo mandaba recoger todas las ediciones anteriores “introducidas furtivamente” para ver si concordaban con el original, es decir, con la edición de 1670 impresa en Madrid por Bernardo de Villadiego. La Inquisición española redactó después de los primeros exámenes un elenco de reparos y objeciones contra la obra, con el mandato de entregarlo a la Orden de San Francisco para su defensa. Iniciado el proceso diocesano de beatificación en el año 1668, era introducido en la Congregación de Ritos el 21 de junio de 1672. Clemente X, a instancia de Carlos II, firma un decreto, el 28 de enero de 1673, en que se inicia el proceso apostólico, quedando a cargo del cardenal Portocarrero el examen de los libros. El 2 de septiembre de 1679 la Congregación de Ritos pasa los libros al Santo Oficio, quien atendiendo no a la obra como tal, sino a lo que convenía al ambiente, se pronunció en contra de la Mística Ciudad de Dios, terminando por ser incluida en el índice de libros prohibidos el 24 de junio de 1681 por decreto de Inocencio XI8. Una de las principales acusaciones fue que la autora mantenía como divinamente reveladas las doctrinas de Escoto9. Se señalan también como causas de esta condenación los prejuicios “de un cierto censor”, la violación del decreto de Urbano VIII, el que se narren en la obra historias apócrifas y exagere el culto a Nuestra Señora. Si la decisión de la Inquisición española causó asombro, no menos lo causó el de la romana, ya que aún no se había dado ninguna sentencia en España y la censura no iba basada sobre el original. Vuelto el ministro general a Madrid después de la visita canónica, pidió protección al rey Carlos II, buscó el patrocinio de los príncipes y magnates y dirigió a Su Santidad un memorial en que pedía la supresión del decreto hasta tanto que la Orden diera satisfacción a los reparos propuestos por la Congregación. El Papa, siempre dispuesto a satisfacer los deseos del rey, ordenó la supresión del decreto para España y Portugal, aunque “el procedimiento y práctica de esta Sagrada Congregación aconsejaría lo contrario” “. Sucedía esto el 9 de noviembre de 1681. La obra de María de Agreda era ya conocida en el mundo religioso cuando el P. Crosset publicó en Marsella en 1695 la versión francesa del primer volumen de la Historia Divina. “Traductionem fecit, et traditionem in ipsa traductione, ut dicitur, aemulatio suscitavit”, comenta Arbiol en el prólogo de su Certamen. Sintetizando el proceso de la Sorbona, tal como nos lo narra Arbiol, encontramos en él las siguientes etapas: El 2 de mayo de 1696 se convocaron los comicios de la facultad para someter a examen el libro de María de Agreda. La crítica fue encomendada a cuatro doctores. (Era costumbre en tales casos elegir 10, 14 ó 20 doctores.) Después de 61 días de estudio redactaron una suma de 19 artículos en los que se condenaban 60 proposiciones de la Mística Ciudad de Dios. En los comicios del 2 de julio promulgaron la sentencia condenatoria. Y estalló la guerra en la facultad teológica. Los “agredistas” y “marianos” veían como buena y recta la doctrina agredana, y proponían que el juicio definitivo lo diera la Iglesia. Por el contrario, los “antiagredistas”, “antimarianos” o “sediciosos” la condenaban y encontraban en ella los errores de Arrio, Nestorio, Pelagio, Focio, Bayo, Jansenio, calificando a su autora de impúdica, sacrílega, idólatra, pelagiana, luterana, quietista. El día 14 era el señalado para la votación. Fueron tan violentas las discusiones entre “marianos” y “antimarianos” que hasta el día 10 de septiembre no pudieron decidir nada. Mientras tanto, sin embargo, los doctores encargados del examen aprobaron la censura que habían presentado a discusión. El primero de octubre de 1696 se hizo de dominio público una segunda censura que llevaba por título “Censura Sacrae Facultatis Parisiensis”, donde después de una introducción en honor de la Virgen se refería la de los “Doctores Deputados”. Pero dicha censura no se sometió a votación pública y no obstante la oposición de los “marianos” se disolvieron los comicios. Es la “Censura Supposititia”, que a excepción del prólogo es semejante a la primera. Se suelen poner como causas de la censura parisiense el galicanismo y el jansenismo reinantes por entonces en Francia14. En el cuarto período de la guerra de los treinta años (1635–1649) la casa de los Augsburgo queda derrotada. Richelieu y su política se enfrentan a la política hispánica y al renacimiento gálico se opone el ocaso del imperio español. Por otra parte, en la segunda mitad del siglo XVII asistimos en Francia a una gran rebelión contra la escolástica y contra los “devotos indiscretos” de La Virgen, movimiento que tenía como trasfondo el “espíritu geométrico” de la intelectualidad francesa, constituía el germen esencial del jansenismo y que culminó en la “ilustración”. Que las universidades españolas asumieran la defensa de la Mística Ciudad de Dios como causa propia y se rasgaran las vestiduras ante la “injusticia” francesa, nada tiene de extraño si tenemos en cuenta la oposición existente entre Francia y España, así como la diferente trayectoria cultural y el calificativo de “jansenista” con que se apellidaba en la Península Ibérica a la universidad francesa. El asunto “Sor María de Agreda” se tomó en España como causa nacional, del mismo .modo que se había asumido la causa de la Inmaculada. Las universidades de Granada, Burgos, Cádiz, Madrid, Canarias, Alcalá, Toulouse, Lovaine, Salamanca, con los diecisiete colegios mayores, se pronunciaron en contra de la Sorbona y a favor de la Mística Ciudad de Dios 16. Nace así una de las vertientes más amplias en la bibliografía de la controversia agredana. Los sucesores de Inocencio XI siguieron envueltos en la problemática controversia

El Papa Clemente XI reintegró la comisión examinadora y manda sacar la obra del índice. Es más, queriéndola examinar la congregación del índice, responde que no había necesidad de ello, pues no se encontraba nada malo en ella y además existía ya una congregación particular para el asunto. Con todo, en 1713, la condena de nuevo el obispo inquisidor apoyándose en el decreto de 1681. Pero una vez más interviene el rey de España, ahora Felipe V, y los libros quedan permitidos. Benedicto XIII determina, el año 1729, que se siga la causa de beatificación sin nuevo examen de los libros. Pero su sucesor, Clemente XII, manda detener la causa diciendo que en el decreto de 1681, Inocencio XI prohibe que se siga la causa sin previo examen de los libros. Por eso se instituyó una comisión que hiciese una revisión de la obra, y así se pudiese poner fin a la controversia y a la causa. Muere Clemente XÍI y todo queda en suspenso hasta el año 1743, en que Felipe V insta a Benedicto XIV a que se prosiga la tarea. Y por fin, el año 1747, promulgó un decreto en el que, a pesar de que queda en tela de juicio la autenticidad de la Mística Ciudad, permite “gratia speciali” se siga trabajando en la causa de beatificación, permaneciendo siempre en pie la duda sobre las virtudes. Dice, además, que sean de quien sean los libros no contienen ningún error. La autenticidad de las obras quedó aprobada en 1757. Muerto Benedicto XIV, su sucesor, Clemente XIV, manda que en virtud del decreto de su inmediato predecesor, se podía proceder “ad ulteriora” examinando primero la heroicidad de las virtudes. Los consultores nada opusieron a las virtudes. Lo único que objetaron es que no se había concluido todavía el examen de las obras. Se formó una nueva comisión examinadora. Se reunió el 27 de abril de 1773 y revisó los libros conforme a los votos del año 1747, hechos por Benedicto XIV y que se guardaban en el Castel Sant’Angelo. Pero como hubiese tenido el rey de España noticia de la causa, mandó escribir a su ministro de Roma para que interpusiese su súplica en orden a aplazar la resolución para otra congregación. Se tuvo al fin la congregación. Todo se guardó en secreto y durante varios meses nadie supo nada. Según el promotor de la fe, la mayoría de los votos de la congregación fueron contrarios a la aprobación de los escritos. Y aun los que opinaban a favor, al ver el dictamen de Benedicto XIV, que se hallaba en el Castel Sant’Angelo, cambiaron de opinión. El Sumo Pontífice dejó la cosa como estaba y mandó que no se hablase más de ella. Así terminó la controversia de la Mística Ciudad de Dios y paralelamente el proceso de beatificación de su autora. Posteriormente, en tiempo de Pío IX, León XIII y Pío XI, se enviaron a los mismos pontífices muy valiosas recomendaciones a favor de la causa, a las cuales se contestó también atentamente, como convenía a las altísimas personalidades que las escribieron, pero en concreto no se dio ningún paso útil.
GENERO LITERARIO DE LA “MISTICA CIUDAD DE DIOS”
Para saber leer e interpretar debidamente una obra, es preciso tener en cuenta su género literario. Si esto es válido para cualquier clase de obras, mucho más lo será para las obras que están redactadas en un género literario que no es frecuente y que, además, se presta por su misma índole a interpretaciones y valoraciones diversas. Tal es el caso de la Mística Ciudad de Dios. Por eso, vamos a hacer unas indicaciones –siempre dentro del objetivo restringido que nos hemos fijado para esta introducción– que sirvan para determinar el género literario de la Mística Ciudad de Dios. Señalaremos su estructura literaria externa, sus características literarias internas de obra narrativa y “profética” y añadiremos unas observaciones sobre sus fuentes de información y su lenguaje.
Estructura literaria externa
La Mística Ciudad de Dios se divide en tres Partes. La primera comprende desde la predestinación de María hasta la encarnación del Verbo; la segunda, desde la encarnación hasta la ascensión de Cristo; y la tercera, desde la ascensión hasta la coronación de María en los cielos. Cada una de estas tres Partes va precedida de una introducción propia; la introducción a la primera Parte es de hecho una introducción a toda la obra. En el capítulo final de la obra se añade, a modo de apéndice, una carta de la autora a sus religiosas del convento de Agreda. Las Partes están divididas en Libros: la primera Parte comprende dos Libros (I y II), la segunda, cuatro Libros (III, IV, V y VI), y la tercera, dos Libros (VII y VIII). La división en Libros tiene por objeto, según su propia autora, hacer más fácil y “manual” el manejo de una obra tan extensa. El autógrafo original, en efecto, cuidadosamente preparado por su autora, está distribuido y encuadernado en ocho volúmenes correspondientes a los ocho Libros. La división de Libros, aunque realizada por la razón práctica de comodidad de manejo, se atiene a un orden sistemático progresivo de distribución de materias, como puede apreciarse viendo el índice general. Cada Libro está distribuido en Capítulos que comienzan su numeración de nuevo en cada Libro. En cambio, cada párrafo o parágrafo, de los varios de que consta cada capítulo, lleva una numeración marginal que comienza en cada una de las Partes y continúa a través de los Capítulos y Libros que comprende la Parte. La numeración marginal corresponde, pues, a las Partes independientemente de los Libros. Solamente las introducciones a cada Parte tienen su numeración independiente y propia de cada una. Cada capítulo lleva ordinariamente, a partir del capítulo 16 de la primera Parte, uno o varios párrafos conclusivos que contienen lo que la autora llama, con estas o parecidas palabras, “doctrina que me dio la Reina del cielo”. Todas estas divisiones, distribuciones y numeraciones están puestas por la misma autora, que ha cuidado al detalle de las mismas. Advirtamos de paso que hemos juzgado conveniente conservarlas del mismo modo en la presente edición, por respeto al original y por la facilidad que dan para el cotejo con otras ediciones más o menos fieles. Este es el cañamazo externo de la obra. Tratemos ahora de ver lo que constituye propiamente su género literario, comenzando por anotar unas observaciones sobre el título mismo de la obra.
El título de la obra

El título completo de la obra es desmesuradamente largo para el gusto actual; obedece, sin duda, al gusto y al estilo de la época en que escribe la autora; con todo, a nuestro parecer, determina con .mucha precisión el género literario de la obra. He aquí el título completo: “Mística Ciudad de Dios, Milagro de su omnipotencia y Abismo de la gracia.–Historia divina y Vida de la Virgen Madre de Dios, Reina y Señora nuestra, María santísima, Restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia.–Dictada y manifestada en estos últimos siglos por la misma Señora a su esclava Sor María de Jesús, Abadesa indigna de este convento de la Inmaculada Concepción de la villa de Agreda. Para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales.” Un breve análisis de este prolongado título nos descubre las características del género literario de la obra que se nos da bajo él. La obra será, como primera intención, una historia divina y vida de María santísima y no una exposición teológica. Es una narración y no un tratado ni una vulgarización de teología dogmática o espiritual. Esto, sin más, es ya un dato notable, que no hay que perder de vista si se quiere leer a Sor María en su género, aun cuando la autora haya sido calificada de “teóloga franciscana” y su nombre y sus afirmaciones hayan estado en los escritos y en las discusiones de los teólogos. Además, esta historia y vida es una historia divina, una historia de María vista a lo divino; no sólo, pues, en su dimensión biográfica humanasino también y sobre todo en su dimensión divina, o sea, en el plano de las intervenciones histórico–salvíficas de Dios y en el plano de la intimidad personal de María con Dios. No se encierra esta historia y vida en el marco espacio–temporal de una biografía, sino se abre al horizonte metahistórico de una personalidad y de una función que trascienden el espacio y el tiempo y se sitúan en el acontecer salvífico divino y en la vivencia personal y espiritual de María. Pues es la historia y vida de una mujer, excepcional en todos los sentidos, que constituye un caso único y singular y ejerce una función especialísima; es la historia de “la Virgen Madre de Dios, Reina y Señora nuestra, María santísima, Restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia”, títulos que configuran la función y la personalidad de María. Lo que Sor María trata de relatar en esta historia y vida es el acontecer de la constitución y ejercicio de esta función única y especialísima y la respuesta y actitud espiritual en cada momento del ejercicio de esta función en esta mujer singular. Todo el contenido religioso, salvífico y espiritual que la teología descubre en María es biografiado y narrado por Sor María de Jesús. En este sentido, en la obra de Sor María hay mucha teología y mucha doctrina espiritual, sin que su obra sea no obstante ni un tratado teológico ni una exposición “ex professo” de doctrina espiritual. Precisamente lo original de la autora, su género literario propio, es narrar y no precisamente exponer todo el rico contenido teológico–espiritual contenido en María. Ahora bien, este “sujeto” de la historia divina Sor María lo concibe, ateniéndonos al título, como “mística ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”. Estas expresiones indican la experiencia fundamental de la autora y el enfoque personal de la obra; con ellas nos señala la autora cuál es su punto de vista, cómo ve y siente a María, cuál es el pasmo maravillado desde el cual ella contempla a María y traa de comunicárselo así a sus lectores. Estas expresiones son la síntesis del pensamiento de Sor María sobre la Virgen santísima y el hilo conductor que vibra en toda su narración. A través de toda la obra la autora tratará de hacer ver cómo María es la ciudad mística donde Dios habita, cómo ha sido objeto insuperable de la omnipotencia divina y cómo la maravillosa gracia de María no puede expresarse sino en términos abismales. Dando un paso más en este breve análisis del título, vemos que esta historia divina y vida de la que es “mística ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia” se presenta como “dictada y manifestada” por la misma Señora a la autora. Este es otro hito de su género literario. Sor María escribirá como quien comunica lo que ha entendido o conocido por una manifestación sobrenatural, sintiéndose como un vehículo que transmite unos “sacramentos” y doctrinas recibidas de lo alto y no unas reflexiones personales suyas. Esta manifestación recibida se caracteriza, ateniéndonos siempre al título, por el signo de lo escatológico, “en estos últimos siglos”, y por el signo de lo carismático, “para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. La obra, pues, se matiza en su género literario por lo escatológico y por lo carismático, destinado a la ilustración y edificación piadosas. En suma, este breve análisis del título mismo de la obra nos descubre ya los rasgos esenciales del género literario de la obra: es una narración de contenido salvífico y espiritual, que se presenta bajo el prisma de un carisma profético. El análisis de la índole del contenido de la obra misma esclarece, como lo vamos a ver, los rasgos de su género literario, indicados ya en el título mismo.
Género narrativo

En efecto, todo el contenido de la obra se presenta en forma narrativa, como el relato de los episodios que constituyen la historia divina y vida de María. Las exposiciones doctrinales no narrativas son pocas y siempre esporádicas, accidentales y como preliminares o explicativas de lo narrado. La narración abarca toda la trayectoria que va desde que María es predestinada en la mente divina para ser Madre de Dios hasta que es asunta definitivamente al cielo, donde sigue intercediendo por nosotros. En esta perspectiva entra toda la historia humano–divina de María. Para elaborar esta narración Sor María ha hecho acopio de los datos que le proporcionan los evangelios y la Sagrada Escritura en general; las tradiciones históricas transmitidas en la Iglesia a través de la liturgia y del arte sagrado, más o menos influenciadas por los evangelios apócrifos; las reconstrucciones literarias de los misterios sagrados hechas por los autores de libros de piedad y meditación, y los datos proporcionados por el conocimiento de la teología, especialmente mariológica. De todos estos datos con los que Sor María teje su narración no da preferencia a los episodios externos, milagreros y maravillosistas, como puede pensar quien se deja impresionar por una lectura superficial de la obra, sino a los episodios internos, íntimos, si podemos expresarnos así. Su atención preferente se centra en los episodios que sirven para perfilar y captar en su profundidad las prerrogativas y la función de María en los planes salvíficos y en los que descubren la hondura de la vida espiritual de María. Así, se detendrá en describir por extenso los favores y dones especiales que le preparan espiritualmente para los acontecimientos más importantes de su vida; los poderes especiales que Dios le otorga por su condición de Madre de Dios, como, por ejemplo, el dominio sobre las criaturas irracionales; las gracias místicas que Dios concede a María, como visiones, arrobamientos, raptos, asunciones al cielo; los episodios de orden preternatural, como son las intervenciones de los demonios, sus luchas y conciliábulos, etc. Junto a todo esta, la experiencia espiritual de María, la vida íntima de su alma –historia divina también en este sentido– ocupa un lugar preferente. Con la particularidad de que Sor María relata los hechos íntimos, las vibraciones espirituales, como reproduciéndolos desde dentro de María, desde su propia vivencia espiritual. A lo largo de la obra son numerosísimos los párrafos puestos en boca de María y redactados en primera persona. La autora, alma experimentada en achaques místicos, interpreta y reconstruye los sentimientos de María en cada momento importante de su vida; la experiencia mística de la propia autora le sirve para hacer una proyección de sus propias experiencias a las que pudo tener María, haciendo una especie de transferencia que le permite reconstruir la historia íntima de María. Es éste, sin duda, uno de los aspectos más originales y más ricos de la obra. En este orden de episodios internos o íntimos se hallan principalmente los “sacramentos ocultos” que son desvelados o revelados a la autora: son privilegios espirituales, dones místicos, asunciones al cielo, poderes espirituales, etc. Los episodios externos, tales como los que gusta contar a los evangelios apócrifos, se dan también en la obra de Sor María, pero son como elandamiaje externo imprescindible y, a veces, casi sólo como una justificación y manifestación de la vida espiritual y de los dones internos de María. Por ejemplo, los poderes que Dios concede a María como Reina del universo se manifiestan en algunas actuaciones milagrosas externas3. El relato de esta clase de episodios nunca obedece en Sor María a mera curiosidad histórica que trata de llenar lagunas, sino se basa en la necesidad de dar forma concreta e histórica al contenido teológico–espiritual de la vida de María. El maravillosismo de la obra es de origen sobre todo espiritual y no externo. En cuanto a esto último, tiene la autora cierta sobriedad, al menos según el gusto de la época en que ella escribe, que era maravillosista a ultranza. Y si se comparan las narraciones de la Mística Ciudad de Dios con las de algunos de los evangelios apócrifos, se ve también que la autora es más sobria en los episodios meramente externos. Para expresar el rico contenido espiritual del alma de María, la autora recurre en algunos casos, diríamos, a unos “midrashim” que le permiten dar forma histórico–narrativa a este contenido. Así se deben interpretar seguramente ciertos episodios, por ejemplo, de curaciones, que sirven para poner de manifiesto la caridad de la Virgen y sus poderes de Reina otro tanto habrá que decir, seguramente, de ciertas visiones y ascensiones al cielo que sirven a la autora para dar forma concreta y narrativa al contenido de algunos títulos marianos; son “episodios teológicos” más bien que históricos. En definitiva, utilizando un género literario narrativo Sor María nos describe a la que es “mística ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”.
Género profético
La Mística Ciudad de Dios no es una obra escrita al dictado, una mera transcripción. Sor María se ha valido para su redacción, además de la luz divina que le ha guiado, “del discurso humano, de otras ciencias que por diferentes caminos ha podido adquirir, de lo que ha oído, visto, leído y comunicado con confesores y prelados”. La Mística Ciudad de Dios recopila innumerables datos y supone una erudición muy notable de conocimientos teológicos, bíblicos, históricos, legendarios, etc. Es evidente que tuvo que informarse para escribir su obra. No es tarea fácil, sin embargo, la de descubrir. las fuentes inmediatas de información de Sor María, en el sentido de dependencia literaria, a la hora de escribir su obra. Esta dificultad se basa en las siguientes razones: Sor María es autodidacta. Fuera de la formación que pudo recibir en su infancia y en la villa de Agreda, no ha pasado por las aulas ni ha seguido cursos académicos de ninguna clase. Su información, por lo que se puede colegir de su género de vida –encerrada en un convento de clausura desde jovencísima– y por lo que ella misma dice de su trato con confesores y prelados, no es principalmente de lecturas, sino de conversaciones; no es libresca, sino oral. La Mística Ciuad de Dios, por su concepción, estructura, ideario, objetivo, estilo y rasgos fundamentales en general, es una obra original y sin parecido notable con cualquiera otra que le aya precedido. Además, esta obra ha nacido de un alma que ha gozado de gracias místicas, al parecer auténticas, y de un carisma profético; lo cual dificulta él deslindar- ya lo hemos apuntado– lo que hay en ella de inspiración sobrenatural y de trabajo y estudio natural. La autora presenta la obra, no como fruto de estudios, ni tan siquiera como fruto de reflexiones o meditaciones piadosas, sino como fruto de la luz que le guía y como obra perteneciente más al Señor y a María que a sí misma. Todo esto –es evidente– hace difícil la tarea de hallar las fuentes de información y de inspiración literaria de la obra. Con todo, hemos intentado hallar estas fuentes de inspiración. Hemos realizado nuestras pesquisas confrontando la Mística Ciudad de Dios con los evangelios apócrifos, con vidas de Cristo y de María, con recopilaciones de relatos apócrifos, con libros de meditaciones de la vida y pasión de Cristo, con libros de revelaciones, etc.; hemos examinado con especial cuidado los libros existentes en el convento de Agreda que por su fecha de edición pudieron estar ya allí en tiempos de la Venerable. Mas nuestras pesquisas no nos han descubierto, en ninguno de los casos, una dependencia literaria próxima. En los relatos que no están basados en los textos canónicos, que son los que principalmente plantean la cuestión, existen, como era de presumir, muchas coincidencias y un acuerdo fundamental en algunos casos con otras obras del género, pero todo ello unido a divergencias, diferencias de detalle, y a veces no tan de detalle; en ningún caso hemos descubierto una coincidencia de tal naturaleza que autorice a hablar de una dependencia literaria próxima. Sor María lo escribe todo, desde luego, con su impronta y su estilo personal propios. Con esto no queremos decir que todos los conocimientos y todos los datos históricos y legendarios que maneja la Venerable hayan brotado en ella por ciencia infusa o como por generación espontánea. También aquí nos es imposible distinguir lo que es fruto de una información sobrenatural, de adoctrinamiento o de ciencia infusa, y lo que es cosecha personal propia de la autora, fruto de su trabajo de información. Creemos que la explicación de la amplísima erudición de datos teológicos, bíblicos e histórico–legendarios, manejados por la autora –aparte de la iluminación divina–, hay que hallarla en la fuente principal de información que tuvo a su disposición: las predicaciones oídas y, especialmente, las largas y frecuentes conversaciones mantenidas con sus confesores y prelados con motivo de la dirección de su alma y de la redacción de la Historia divina. Su información teológica en particular es, sin duda, fruto de estas conversaciones con los confesores, que, como es sabido, eran buenos teólogos. No sabemos si leyó por sí misma tratados de teología. Es posible que sus confesores y maestros se los prestasen. De hecho, en el convento franciscano de San Julián de Agreda, donde residían sus confesores, quiso su último confesor, el P. Andrés de Fuenmayor, que hubiese una variada biblioteca en la que “aprovechasen el tiempo los religiosos de todas clases”. El hecho es, pues, verosímil; aunque nos inclinamos a creer que fue informada de viva voz más que por la lectura de obras teológicas. Sor María puso toda su obra a la censura y Juicio de sus confesores, “sin haber palabra que no la hayan visto y conferido” con ella. Dado este género de información, no es posible consignar una dependencia literaria directa. Por esta razón damos en el siguiente capítulo dé esta introducción un amplio resumen de las ideas teológico–marianas de la autora confrontándolas con los autores de su época. Creemos hacer así un servicio útil para estudios comparativos ulteriores. En cuanto a la información bíblica y el uso de la Sagrada Escritura, tan abundante en la obra, juzgamos que hay que distinguir: la doctrina acerca de los sentidos de la Biblia y las anotaciones histórico–exegéticas sobre los libros sagrados tienen su origen, sin duda, en la misma fuente de información oral que sus conocimientos teológicos; en cambio, el empleo y la interpretación de los textos sagrados es más labor personal suya, aunque sin excluir el adoctrinamiento. Observamos que la autora conoce y domina particularmente, además de todo el Nuevo Testamento, los libros sapienciales, particularísimamente los Salmos y el Cantar de los Cantares, y los libros proféticos. No creemos estar muy lejos de la verdad si afirmamos que los textos que la autora mejor conoce, sin ser los únicos, son los utilizados en su tiempo en el oficio divino en forma de lecturas, salmos, cánticos, responsorios, etc.; esto vale especialmente para la parte de los libros proféticos que ella utiliza. Véase en el siguiente capítulo antes referido de esta introducción una indicación de los principios bíblico–marianos de la autora y alguna otra observación sobre la utilización de la Biblia por la autora. Sor María conoce el latín de la Vulgata, lo traduce con cierta libertad, parafraseándolo y un poco como de memoria, y no parece que se atiene a una versión castellana que tenga delante. Su conocimiento del latín no juzgamos que necesite una explicación sobrenatural. Vive en una época en que la cultura se imparte imbuida en el latín o mientras se enseña esta lengua y en que la mayoría de las obras se escriben en esa lengua; se trata, además, de una religiosa de coro que emplea muchas horas del día y de la noche en alabar a Dios en latín y dotada ella de una penetrante inteligencia y perspicacia y con la posibilidad de continuas consultas. Teniendo en cuenta estas datos, no es extraño que llegase a dominar el latín de la Vulgata lo suficiente para traducirlo por sí misma. También pudo ayudarla Dios en esto, por supuesto. En cuanto a la información de datos no bíblicos de tipo histórico, auténticos, tradicionales, legendarios, apócrifos, de origen pío, etc., juzgamos, asimismo, que hay que hallarla principalmente en lo que hemos dicho: sus conversaciones con los confesores. Nos referimos a datos específicos y un tanto pormenorizados, porque debe tenerse en cuenta que la piedad cristiana popular y básica, las tradiciones y la liturgia misma con algunas festividades de origen apócrifo, han contribuido a formar en cada época un patrimonio común de creencias que son el cauce de la formación y de la vida espiritual del cristiano. Este patrimonio común ha tenido siempre sus adherencias de origen más o menos legítimo. La época de Sor María es notablemente maravillosista en la piedad cristiana y hasta en la misma teología. Este fondo común lo recibió sin duda Sor María como todo hijo de su época. Nos referimos, pues, a un conocimiento mucho más minucioso de estos datos de tipo histórico y pensamos en las informaciones aportadas por sus consejeros y mentores. Habría que añadir aquí verosímilmente la lectura de libros de meditación, de vidas de Cristo, de hagiografías, etc., sin que, sin embargo, podamos eterminar en concreto cuáles fueron, aunque es sabido que este género de literatura era muy del gusto de la apoca. Más en particular, la misma autora alude en contadísimas ocasiones a algunas obras de istoriadores, como el P. Cuaresmio, que aduce en confirmación de algunas de sus afirmaciones histórico–geográficas. Puede tratarse de obras que pusieron a su disposición sus confesores. En todo caso, como ya lo tenemos repetido, la autora narra los hechos, tomados o no directamente de las obras leídas, de una manera personal, sin que pueda notarse una dependencia literaria próxima, Por este motivo, hemos prescindido de poner en el texto de la autora al pie de página las posibles fuentes utilizadas, como fue nuestra intención al comenzar a preparar esta edición, porque no hemos descubierto en ningún caso una dependencia literaria próxima. Lenguaje.
Toda esta narración de contenido histórico, salvífico, espiritual y místico, se encuadra a su vez y se presenta en un género literario profético. Tomamos el término “profético” en su sentido más general, como lo propio de quien habla en nombre de Dios y en su nombre instruye y exhorta. Sor María no escribe en nombre propio, sino en nombre de una voz celestial que le guía, o sea, proféticamente. Esta voz es de Dios, de María santísima o de los ángeles, especialmente de María. La autora escribe como quien transmite “lo que ha entendido” y “como lo ha entendido” en las “inteligencias” que Dios le da por sí mismo, por María o por los ángeles. Su obra es una historia y vida “dictada y manifestada” por la Señora. Desde la primera página hasta la última de la obra está patente y expresamente afirmada esta actitud de escribir impulsada por una luz sobrenatural. Toda la obra está escrita, pues, en el género literario profético. ¿Queremos decir con esto que todo el contenido profético de la obra es puro género literario? Por supuesto que no. Sor María escribe utilizando el género literario profético, pero no como un mero artificio literario, sino convencida de que transmite efectivamente lo que ha entendido con la luz divina. ¿Qué es lo que Sor María ha entendido con la luz divina? ¿Cabe distinguir lo que es fruto de la influencia divina y lo que es aportación de la autora? ¿Qué pretende decirnos Sor María cuando afirma que la obra le ha sido “dictada y manifestada”? He aquí el problema el; problema que consiste en descifrar el género literario profético en que escribe la autora.  No pretendemos dar una respuesta exhaustiva a estos interrogantes, que, por su misma índole de vivencia íntima personal y de relación de interacción divino–humana, tienen algo de inefable. No buscamos descifrar un enigma de psicología mística. Vamos a hacer, más modestamente, unas observaciones sobre el género literario profético que utiliza la autora, basándonos en lo que ella misma afirma. Comencemos por transcribir el texto más significativo al respecto de la propia autora. Después de describir diversos estados místicos de grado superior o de grado inferior en que recibe las comunicaciones divinas, determina más en concreto cómo recibe la comunicación divina para escribir la obra. He aquí el texto: “En el otro estado más inferior del que he dicho, veo a la Virgen santísima en sí misma y a los ángeles; entiendo y conozco el modo de enseñarme y hablarme e ilustrarme, que es semejante y a la manera que los mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos con otros y alumbran los superiores a los inferiores. El Señor da esta luz como primera causa, pero de aquella participada, que esta Reina goza con tanta plenitud, la comunica a la parte superior del alma, conociendo yo a Su Alteza y sus prerrogativas y sacramentos del modo que el ángel inferior conoce lo que le comunica el superior… Lo mismo me sucede con los santos príncipes; y así me lo ha mostrado muchas veces el Señor, que la comunicación e ilustración con mi interior es como la tienen ellos entre sí mismos. Y muchas veces me sucede que pasa la iluminación por todos estos arcaduces y conductos: que el Señor da la inteligencia y luz, o el objeto de ella, y la Virgen santísima la declara y los ángeles me dan los términos. Otras veces, y lo más ordinario, lo hace todo el Señor y me enseña la doctrina; otras lo hace la Reina dándolo ella todo y otras los ángeles. Y también suelen darme la inteligencia sola, y los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido; y en esto podría errar, si lo permitiese el Señor, porque soy mujer ignorante y me valgo de lo que he oído; y cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles . A la luz de este texto, y de otros que se podrían aducir, es evidente que la expresión “dictada y .manifestada”, que aparece ya en el título, no significa siempre un dictado al pie de la letra que la autora va transcribiendo, como puede hacerlo una secretaria. Entenderlo así sería ir en contra de lo que la autora misma afirma expresamente: “También suelen darme la inteligencia sola, y los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido… y me valgo de lo que he oído”. Al leer la obra se ve que esta dificultad, de no tener los términos precisos y apropiados y de andar buscándolos, es casi habitual, pues a lo largo de la misma se lamenta, casi en todos los capítulos, de que no halla los términos adecuados para expresar toda la grandeza y toda la hermosura de lo que ha entendido. Con esta observación, sin más, queda descartada la interpretación simplista del profetismo de Sor María como de un dictado. Aun en los casos en que “se le dan los términos” para declararse, se trata de un modo de enseñanza y de ilustración “que es semejante y a la manera que los mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos con otros y alumbran los superiores a los inferiores”. Esto lo repite hasta tres veces la autora en el texto transcrito. En otros lugares de la obra vuelve a hablar de esta manera de comunicarse los ángeles, de sus distintos modos y de la posibilidad de extender esta comunicación a algunas criaturas humanas8 Ahora bien, este modo de comunicarse los ángeles entre sí, de superior a inferior, que se hace extensivo a ella, “no parece se ha de entender, según el contexto, de conversaciones sensibles, con pronunciación de palabras determinadas, sino de una iluminación que sugiere los vocablos adecuados… y siempre se ve obligada el alma a realizar esa traducción del lenguaje angélico al de las palabras humanas9. Se trata de una comunicación espiritual que ha de materializarse en términos humanos. Aun en estos casos, de una iluminación muy clara en que “se le dan dos términos”, difícilmente puede hablarse de un dictado que se transcribe. En las experiencias místicas el alma se encuentra siempre en el halo de lo misterioso y lo inefable; es fenómeno común en las almas con experiencias místicas que aun aquello que ven y entienden con claridad no logran expresarlo con la misma claridad al verterlo al lenguaje usual humano, y unas veces encuentran más facilidad y otras veces menos para declararse adecuadamente. La comunicación angélica que llega al alma, como la de un ángel superior a un ángel inferior, se hará en “términos” angélicos, necesitados en todo caso de un doblaje humano. Por otra parte, como lo hemos visto en el texto aducido, Sor María emplea a veces sus propios recursos para declararse: ” los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo entendido… y me valgo de lo que he oído”. Asimismo, y en el mismo texto, Sor María confiesa que “cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles”. Por otras afirmaciones de la autora se ve que esta consulta no se limitó a “las materias más arduas y difíciles”, sino que se extendió a toda la obra: “Esta divina Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores…; y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la santa Iglesia católica romana”. Todo esto significa que, junto a lo que se le comunica en las “inteligencias”, hay que poner en la elaboración y redacción de la obra, por confesión de la propia autora, su trabajo personal de hallar los términos y el de las consultas a sus maestros y confesores. Además, a la hora de redactar la obra, conoce en muchos casos la diversidad de opiniones de los autores e historiadores; ella, sin embargo, no trata de componer estas controversias. Su postura, su género literario, no es ése: “Quiero advertir que en muchas cosas de las que voy escribiendo me consta hay diversidad de opiniones entre los santos Padres y autores… y otras dudas en cuya declaración no me detengo, porque no es necesario para mi intento y porque yo escribo sólo aquello que se me va enseñando y dictando, o lo que la obediencia algunas veces me ordena que pregunte para tejer mejor esta divina Historia. Y en las cosas que escribo no convenía introducir disputas, porque desde el principio, como entonces dije, entendí del Señor que quería encribiese toda esta obra sin opiniones, sino con la verdad que la divina luz me enseñaría”. Su género literario no es el de un teólogo o un historiador, sino el de “una mujer ignorante” que se deja guiar por la luz divina, aunque reconoce cierta necesidad de opiniones diversas en teología y en historia12 Ella, como “mujer ignorante”, no recurre a un método teológico o histórico, sino a la luz que le enseña y le guía y trata de “escribir esta Historia sin opiniones o para que no las hubiese con la noticia de la verdad”. Con todo, esta “noticia de la verdad” no excluye su propio método de trabajo personal en la elaboración de su obra, pues, a renglón seguido, señala los criterios de trabajo personal que le guían en la composición de la obra: “Y si lo que escribo va consiguiente y no se opone en cosa alguna al texto sagrado y corresponde a la dignidad de la materia que trato, no puedo darle mayor autoridad a esta Historia y tampoco pedirá más la piedad cristiana”. Utiliza, pues, para la redacción de la obra, unos criterios prácticos de convergencia y consecuencia, de conformidad al texto sagrado y de tratamiento digno de la materia. Y, lo que es más, da a entender que el valor de lo que dice depende de la medida en que ha logrado ajustarse a estos criterios, y esta apreciación la remite a los doctores y maestros: “Y el juzgar si lo que escribo tiene conveniencia con la verdad de la Escritura y con la majestad y grandeza del argumento que trato y si tienen las cosas entre sí mismas conveniente consecuencia y conexión, todo esto lo remito a la doctrina de mis maestros y prelados y al juicio de los sabios y piadosos”. Como se desprende de las observaciones que venimos haciendo, basadas en los textos de la autora, su género literario profético no excluye, sino que incluye un trabajo personal muy intenso de la autora en la concepción, elaboración y redacción de la obra. Ella misma es muy consciente de que, en la redacción de la obra, colabora de su parte con la influencia divina y hasta constituye esto para ella una fuente de preocupación. No hemos hallado esta idea suya expresada en la Mística Ciudad de Dios, pero sí en otra obra suya, Leyes de la esposa, escrita bajo el mismo carisma de la influencia divina, y que juzgamos perfectamente aplicable a nuestro caso. En respuesta a una duda propuesta por la Venerable el Altísimo le responde: “Y el reparo que haces de ordinario cuando escribes, que temes si te ayudas con discurso humano o de otras ciencias que por diversos caminos has podido adquirir, sal de él; y advierte que Jesús no puedes decir sin mi favor, y es fuerza valerte de lo que has oído, visto, leído y comunicado con confesores; porque todo va encaminado a un fin y es que obres lo más perfecto. No quieras inquirir si estos consejos y doctrina es toda revelada; porque yo obro como quiero y unas veces doy la luz y el conocimiento de que soy el autor, otras la recibe el alma por modo y camino superior y se lo oculto, otras se valen las criaturas de lo que han adquirido y oído, porqe no siempre se ha de hacer por milagro y también ha de ayudar el discurso y entendimiento con lo que alcance. Y así, deja tu temor de que se entenderá de ti más de lo que es, ni par sobrenatural lo que es natural; advirtiendo que sólo lleves intención de agradarme y cumplir mi voluntad, la cual te compelerá a hacerlo tanto más cuanto tú lo deseares y negares tu afecto por cumplir con el mío. Y para que aciertes todo lo que aquí escribes, ríndela a la voluntad y censura de tus prelados y confesores y a la de mi Iglesia santa, que está regida por el Espíritu Santo. Y tanto quiero que te rijas por los ministros de mi Evangelio, que son tus maestros, que has de hacer y poner por obra antes lo que ellos te ordenan que lo que a ti te parece es luz divina y sobrenatural; porque en las inteligencias puede haber engaño y yerro y en la obediencia jamás le hubo, ni para ti lo habrá; porque miro yo al rendimiento de la criatura para dar luz a quien la rige y gobierna. Y los continuos temores que tienes de acertar y de que esta mi doctrina sea verdadera, ponla en manos de la obediencia y ella será tu luz y camino; porque quien a los prelados obedece, a mí obedece, porque están en mi lugar y en mi Iglesia. Es ésta una de las verdades infalibles”. El texto que acabamos de transcribir es bien explícito. Sor María abriga sus temores de que en lo que escribe se ayuda de sus conocimientos adquiridos por medios naturales, de que se entenderá de ella más de lo que es, de que se tomará por sobrenatural lo que es natural. La respuesta de Dios no sólo no niega este supuesto, sino que lo afirma; pero ello no tiene importancia, así tiene que ser. En todo caso, dobe dar preferencia al dictamen de sus prelados y confesores sobre lo que a ella le parece luz divina y sobrenatural. Añadamos aún una observación más. El carácter “revelado” de su Historia divina lo presenta a veces la autora como una aprobación subsiguiente por parte del Señor o de María de lo que ha escrito. Tal ocurre en las introducciones a las partes segunda y tercera con respecto a las partes primera y segunda, y en el capítulo final de la obra respecto a toda la Historia”. Todas estas observaciones no obstan, por supuesto, para que la obra haya sido escrita bajo el influjo de una inspiración o de una acción divina especial; ni obstan tampoco para que en la obra se contengan verdaderas revelaciones como las que ha solido el Señor conceder a muchas almas santas. Por lo demás, a estas revelaciones o al conjunto de la obra “dictada y manifestada” la autora misma no pretende dar más valor que el que se da en la Iglesia a las revelaciones privadas, sin arrogarse la autoridad de la revelación pública, y lo remite todo al juicio de la Iglesia”.  Aunque con estas observaciones no pretendemos haber dilucidado totalmente el alcance de obra “revelada” de la Mística Ciudad de Dios, sí juzgamos que aparece suficientemente claro que el género literario profético que utiliza la autora, junto con las indicaciones que ella misma hace, no autorizan a dar a la “revelación” de la obra un carácter absoluto, sino un carácter condicionado a este género, dentro del orden de las comunicaciones místicas y a la labor personal de la autora que trabaja movida por Dios.  Por lo demás, uno de los pocos cambios que conocemos en la segunda redacción de la obra respecto a su primera redacción, como ya se ha hecho notar antes, es precisamente la sustitución del término “revelada”, que aparecía en el título de la primera redacción, por la expresión “dictada y manifestada”; sustitución llevada a cabo sin duda para aminorar la fuerza de la palabra “revelada”. Teniendo en cuenta todo esto, cuando se comparan las afirmaciones siempre matizadas y moderadas que hace la autora misma acerca de que escribe “lo que ha entendido” o “lo que se le ha comunicado”, con las afirmaciones un tanto absolutas y entusiastas de los teólogos inmediatamente posteriores, que llegan a aducir sus afirmaciones doctrinales como “revelaciones”, se saca la impresión de que estos autores entusiastas creyeron hallar en Sor María más de lo que ella quiso afirmar cuando dice apoyarse en esta asistencia divina que le guía. Las mismas controversias acerca de que Sor María “enseña como reveladas las doctrinas escotistas”, dejan ta impresión de que estos teólogos tenían una credulidad maravillosista y milagrera que les llevó a discutir la cuestión de “las revelaciones de la Madre Agreda” en un plano ajeno al que tienen en la autora misma; les faltó a estos autores cierto sentido de sobriedad que, por el contrario, estuvo muy presente en la misma Sor María, pues sus propias experiencias místicas, en las que sabía que podían filtrarse engaños, y su conciencia bien pronunciada de mujer ignorante, le llevaban a desconfiar de sí misma y a no dar demasiada importancia a sus mismas afirmaciones, que siempre quería ver ratificadas y sancionadas por los doctos. Un teólogo actual, desde luego, perfectamente consciente de las cautelas que impone el conocimiento del género literario aun de los textos sagrados, equipado con los conocimientos de crítica histórica y de hermenéutica de textos y muy curado de maravillosismos crédulos, encuentra ingenuas y metodológicamente erróneas estas polémicas y controversias apasionadas. Sencillamente, no se supo captar el género literario de la Mística Ciudad de Dios; en cambio, las numerosísimas almas que han buscado en la obra, no principalmente unos conocimientos teológicos, sino una guía segura y un alimento de su vida espiritual, han sabido captar mejor el sentido genuino de la obra y su género propio. En efecto, el profetismo de Sor María es un carisma de edificación eclesial. Su obra ha sido “dictada y ,manifestada… en estos últimos siglos… para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. Estas palabras, un tanto solemnes, indican a las claras la conciencia y el convencimiento de Sor María de que su Historia divina tiene una especial trascendencia para la vida de la Iglesia. Todas las observaciones hechas anteriormente no nos autorizan a minimizar esta conciencia y este convencimiento de la autora. Pero, por otra parte, estas mismas palabras apuntan perfectamente cuál es el verdadero objetivo de la obra y en qué orden de cosas puede la obra tener importancia en la Iglesia. La importancia de la obra no estará en los nuevos conocimientos teológicos que aporte, sino en lo que contribuya a fomentar la piedad cristiana. Este es un aspecto que nos lleva a matizar mejor en qué consiste su género literario profético. Sor María se siente elegida por Dios, aunque indigna por su parte, para transmitir a la Iglesia y al mundo un ,mensaje; y así lo confiesa en innumerables lugares de la obra. Su ,mensaje es de ilustración y de exhortación; su género literario profético es didáctico y monitorio, como ocurre en todo carisma profético. La Mística Ciudad de Dios es una obra moralizadora y edificante. Lo que en definitiva busca e intenta Sor María con sus narraciones, relatadas en actitud profética, es dar a conocer mejor a María santísima, para que ello redunde en la mejora de las costumbres y en la edificación de los fieles. Su carisma profético lo ha recibido ella “para nueva luz del ,mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”; y esta luz, esta alegría y esta confianza serán efectivas en tanto se llevan a la práctica los deseos de la Señora y Reina del cielo, que son la mejora de las costumbres y el aprovechamiento espiritual. La Mística Ciudad de Dios es un libro de ilustración y exhortación; a eso va dirigida cada una de sus líneas. Más de la cuarta parte de la obra –los párrafos finales de cada capítulo– está destinada expresamente a dar doctrina y exhortación de conducta y aprovechamiento espiritual, que se pone en boca de María. Además la autora, al hilo de las narraciones, utiliza constantemente las ocasiones para dar instrucción y exhortación espiritual. Por lo demás, toda la obra tiene esta finalidad: ante todo, la propia edificación de la autora, que se siente apremiada a poner en sí misma en práctica la doctrina espiritual que recibe; en segundo lugar, la edificación de sus propias religiosas de clausura, a quienes va dirigida muy en particular la doctrina espiritual; y en tercer lugar, aunque por toda la obra, la edificación común de los fieles. Los “sacramentos ocultos” de María que la autora va desvelando son para excitar a una mayor devoción e imitación de María y a la práctica de la doctrina de su Hijo. Entre los episodios de la vida de María que la autora trata larga y minuciosamente están, como ya hemos indicado, los de su vida íntima, espiritual, los que descubren la respuesta espiritual de María a las gracias que recibe, o sea, los que más directamente pueden servir de enseñanza y de edificación espiritual. Sor María está persuadida de que un mejor conocimiento de las excelencias, de las gracias y de la santísima vida de María puede ser un resorte eficacísimo para la piedad cristiana y por eso las relata minuciosamente. Su género literario profético, didáctico y monitorio está caracterizado por esta preocupación de edificación y por eso escribe con términos llanos, asequibles, sencillos; y aun cuando emplea a veces términos teológicos, no utiliza tecnicismos eruditos, como ya lo advertíamos, No juzgamos necesario insistir en este punto. Es evidente en toda la obra. No es un libro de teología, ni una mera historia, ni tan siquiera solamente un “libro de revelaciones”; es un libro de edificación. Añadamos tan sólo que este mensaje de doctrina y exhortación espiritual tiene cierto carácter de urgencia escatológica que está en dependencia del conocimiento de los “sacramentos ocultos”. Este matiz escatológico está indicado en el título, “en estos últimos siglos”, y algunas veces en el texto de la obra. La autora explica las razones de por qué se han ocultado hasta ahora estos misterios. Este matiz escatológico –que, por lo demás, es común en el mensaje aportado por libros de revelaciones, por apariciones marianas que dan origen a santuarios, etc.– no aparece, sin embargo, muy acusado en la autora, como ocurre por el contrario en ciertos autores de su época, como es el caso notable del P. Tenorio. En suma, pues, el género literario de la Mística Ciudad de Dios es el de una narración profético–edificante.
LA DOCTRINA MARIOLOGICA DE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS
Y LA TEOLOGIA DE SU TIEMPO

Al escribir su Mística Ciudad de Dios, Sor María de Jesús de Agreda no se propone otra cosa que narrar sencillamente, “sin opiniones ni contemplaciones”, “sin disputas”, la vida de la Madre de Dios, “reina y señora nuestra”, “restauradora de la culpa de Eva” y “medianera de la gracia”, “para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales”. Su primera intención es altamente espiritual: proponer y proponerse un modelo a imitar, un “espejo donde los hombres vean sus ingratitudes”, María santísima. Se trata de una obra en la que su autora nos narra una Historia Divina comenzada allí en los eternos decretos de Dios y culminada en el cielo, cuando María es proclamada reina del universo. Creemos que su núcleo central como ya lo dejamos anotado, viene a ser la narración del acontecer dé Dios en su “elegida” para preparar en ella a su “ciudad mística”, el “milagro de su omnipotencia” y el “abismo de la gracia”. Mística Ciudad de Dios e Historia Divina son los dos títulos que se van conjugando indistintamente, tanto en el lenguaje de la autora como de Felipe IV, Samaniego y los confesores. Incluso parece como que a veces prefieren el de Historia Divina al de Mística Ciudad de Dios. Sería, pues, ilógico, si tenemos en cuenta la intención de Sor María de Jesús, pedirle un tratado de mariología, puntualizado con la exquisitez conceptual que a estos tratados es característica. En este apartado vamos a intentar recoger su inspiración mariana. Queremos determinar así el sentido que la existencia de la Madre de Dios tiene para la autora. Aunque se trate de una “historia divina”, no es un mero contar hechos de la vida de la Virgen; tampoco es una concepción mariológica sistematizada. Con todo, en el marco de la vida de la que es “mística ciudad de Dios,milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia”, nos va dando la Venerable una interpretación suya de lo que la figura Madre de Dios significa en la historia de la salvación. Unas veces lo hace expresamente, como cuando interpreta diversos textos de la Sagrada Escritura, o hace digresiones puestas en boca de Dios, de la Virgen o bajo el amparo de su propia pluma; otras veces hay que intuirla entre líneas a partir de los mismos hechos narrados. Para nuestra exposición nos fijaremos en estos elementos doctrinales, prescindiendo de todo lo que sean datos concretos de la vida de la Virgen o elementos de tipo psicológico y místico. Principios y figuras bíblico–marianas Antes de entrar propiamente en la exposición de la doctrina mariológica de la Mística Ciudad de Dios, queremos recoger, a modo de portada, algunos de los principios y figuras bíblico–marianas que son como los indicadores que dirigen la concepción mariológica de la autora. Podíamos convenir con Henri de Lubac en que, piénsese lo que se piense de la Historia de la Virgen, el título de Mística Ciudad de Dios aplicado a María es justo y sugestivo 1 Si el titulo de Historia Divina nos pone en el contexto de los aconteceres de Dios en torno a la elegida para Madre suya, el de Mística Ciudad puede darnos el resultado de dicha intervención divina Sor María de Jesús no nos ofrece una explicación expresa del título que pone a su obra. Designa a la Virgen con el calificativo de “mística ciudad de Dios” especialmente al exponer el capitulo 21 del Apocalipsis, donde concibe a Jerusalén como el símbolo de la Madre de Dios por ser el centro y el escenario de las maravillas del Altísimo, al mismo tiempo que es la ciudad fortificada con una muralla de doce puertas, para significar el imperio que María tiene sobre la “serpiente”, su virtualidad para comunicar la gracia de Dios a los hombres y la facilidad que éstos poseen para entrar a la salvación por la puerta de María. Es,en efecto, la “mística ciudad” de refugio en la que los hombres pueden encontrar su salvación y apreciar lo que contribuyó a ella en calidad de reina y madre de piedad. María es la “mística ciudad de Dios” por ser la “casa y corte” del Rey, en la que será “morador en el mundo”, vivirá con los hombres y se hará su herman4 . Lo es igualmente porque Dios se recrea en ella comunicándole la magnificencia de sus perfecciones para construir en su figura un signo de la naturaleza humana, en la que se alza como mediadora y dispensadora de esas mismas perfecciones. Es finalmente la “mística ciudad de Dios” por constituir el lugar de las delicias del Creador y ser el tabernáculo de la Santísima Trinidad. Esta “mística ciudad de Dios” es el “milagro de su omnipotencia” y el “abismo de la gracia”. Concebida María como “mística ciudad de Dios”, en el doble sentido de signo de Dios ante los hombres y signo de los hombres ante Dios, la Venerable viene a encontrar el fundamento de todo cuanto se puede afirmar de la Virgen en la dignidad que le da su destinación a la divina maternidad. Por esta razón es predestinada en el segundo lugar de los decretos divinos ad extra. Y ya en la existencia, Dios la prepara primero la “mima” después con su providencia, ya que su misión requería entrar en una relación directa con la divinidad; será el “milagro de su omnipotencia”. Tanta complacencia encontraba Dios en su “mística ciudad”, que parece como que hubiera entregado a su Hijo para poseer a este “abismo de la gracia”. Otra idea clave que, junto a esta primera, está obrando continuamente en la mente de la Venerable, es la de ser María co–principio de Cristo en la redención de los hombres, puesto que predestinada después de El y con El, en fuerza de la correlación existente entre ambos, participa íntimamente en su misión salvífica. De hecho, en la “plaza de esta ciudad se despachó aquel fíat mili que dio principio a la mayor obra que Dios ha hecho, ni hará jamás”, dando con él al Verbo eterno “cuerpo humano en que padeciese y redimiese a los hombres, para hacerlos pueblo suyo, su tabernáculo y morada”, y consagrándose como su compañera “en la forma que pudo”. Es otro de los puntos de donde arrancan la providencia con que Dios se vuelca en María y la preocupación de ésta por ser fiel a la iniciativa divina y hacerse semejante a su Hijo en dignidad y perfección, ya que con El irá a participar en la obra de la salvación. María es, pues, también la “ciudad mística” de Dios: el ensayo de una vivencia absoluta de la gracia en la naturaleza humana –”abismo de la gracia”– para restablecer en ella la antigua perfección que se había perdido por el pecado. Dios se pasea complacido por esta “ciudad mística”, ya que en ella encuentra plena correspondencia a la iniciativa de su amor. Hay otra gran idea que viene a ser como la línea directriz en torno a la cual se organiza la Mística Ciudad de Dios: Cristo, y con él María, es el centro no sólo de la economía salvífica, sino también de toda la creación. Ambos son los ejemplares en quienes estaban previstos todos los seres y de quienes “se obligaba el Altísimo para no atender –a nuestro modo de hablar– a todo lo que el linaje humano podía desobligarlo”9.Según estos dos “originales” iba copiando el Señor todo el linaje humano, para que mediante ellos saliera semejante a la divinidad. Rota la línea por el pecado del hombre, Dios envía a su Hijo “pasible y reparador”, para restituir a la creación la hermosura de la gracia y amistad de Dios. Así como era justo que antes de la formación del primer hombre creara Dios todas las demás criaturas para que constituyeran el escenario y el ambiente en que iba a aparecer el Rey de la creación y encontrara en ellas “la mesa gustosísima, abundante y segura del divino conocimiento y amor”; de igual modo antes de llevar a cabo la gran comunicación de Dios ad extra, era justo que el Creador dispusiese todas las cosas y acontecimientos para que Cristo se encontrara con una escena preparada a su llegada a la mortalidad. Con María la preparación de la escena, antes de la encarnación del Verbo, queda terminada 1–2 . Incluso se encuentran ya en ella algunos vestigios de la nueva economía. Era una criatura de tal perfección, que en la “prolija y larga noche” del Antiguo Testamento obligaba, en cierto sentido, a Dios que decretara la encarnación del Verbo. Era ella la que recompensaba y suplía nuestra “ingratitud”, “cortedad” y “grosería”, en cuanto de parte de las puras criaturas era posible. Son múltiples las figuras vétero–testamentarias que a lo largo de la Mística Ciudad de Dios se aplican a María, además de aquellos textos que la autora aplica directamente a la Virgen. María es la Nueva Ester, que ocupa el lugar de Eva, rechazada del reino de Dios a causa de su desobediencia. Es el Arca de la Alianza, que llevó dentro de sí la “piedra angular (1 Cor 3,11) cortada en el monte de la eterna generación (Dan 2,34)” y que tenía por misión “unir a los. dos pueblos: judaico y gentil (Ef 2,20)”. Llevó también en su seno e! maná de la divinidad y de la gracia y la vara de los prodigios. De esta “arca mística” había de difundirse hacia los hombres la fuente de las gracias,. “que es el mismo Dios”. No conoció por otra parte la “corrupción del pecado actual”, ni “la carcoma oculta del original”, antes bien estuvo revestida con el oro de gracias y dones altísimos. Finalmente es el Arca de la Alanza, porque Dios no “podía dejar de hacer propiciatorio de esta mística y verdadera arca”. María es la tenaza de oro (ls 6,6) que arranca del fuego de la divinidad el ascua que ha de purificar el mundo17. Es la Virgen que había de dar a luz al Emmanuel, la Hija de Sión y visión de paz, el monte a quien en primer lugar debe venir el Verbo desde la “piedra del desierto” (ls 16,1), es decir, desde el cielo, ya que el cielo sin los hombres puede ser comparado con un desierto. Es igualmente la espiga fértil traída de Egipto y que lleva en sí misma el dorado trigo que había de alimentar a muchos (Lev 23,10)19 .La pequeña nube (3 Re 18,44) que destila una lluvia saludable para refrigerio de los mortales 20. La puerta cerrada (Ez 4,42) abierta solamente para Dios. Figura de María es la mujer que el Génesis anuncia como quien ha de aplastar la cabeza de la serpiente. La victoria plena sobre la serpiente se da, sin embargo, con la muerte redentora de Cristo, cuando se cumple el oráculo de Habacuc (3,2–5). Es finalmente la zarza mística que ardía sin consumirse, para significar a un misma tiempo la unión de la naturaleza humana y divina en el Verbo sin detrimento de ninguna de las dos y la virginidad perpetua de la madre del Verbo, no solamente en cuanto al cuerpo, sino también en cuanto al alma, pues aunque tuviera que proceder de Adán según la naturaleza, de ningún modo debía quemarse en su culpa. La autora, además de aplicar estas figuras vétero–testamentarias a María, interpreta también mariológicamente los siguientes textos del Antiguo Testamento: Prov 8,22–31; Prov 31. Deduce de Prov 8 las ideas o decretos que el Altísimo tuvo en su mente antes de crear todos los seres. Y lo refiere literalmente a la persona de Cristo y de María. Ellos eran en Dios los principios activos de todas sus obras y comunicación ad extra: Cristo como principio eficiente de la creación y fin de la misma; María como ejemplar y medio para llegar al fin. Basándose la autora en Prov 31,10ss, ve también en la mujer fuerte una imagen de María, a quien Dios compró para sí y redimió antes de que existieran las demás criaturas, pagando por ella a la naturaleza humana el precio, del Verbo encarnado para poseerla con el Hijo aun cuando los hombres prevaricaran. Ella fue la nave diligente que trajo “el pan divino” para que “se viese y se comunicase y alimentase a los que le tenían lejos. Era la vigilante en la noche de la antigua ley, la que extendía las manos de Dios para que enviara al mundo al Verbo eterno y las manos del Verbo para que distribuyera los dones de sus méritos entre los homres. Colaborando con Cristo en la reparación del género humano, plantó la viña de la Iglesia y la viña del paraíso celestial que Lucifer había devastado28. Por todo esto las criaturas la llamarán bienaventurada y Dios alabará y proclamará sus obras. Finalmente, del capítulo 24 del Eclo deduce Sor María la excelencia y grandeza a la que llegó la Madre de Dios bajo la guía y el magisterio de su propio Hijo. Durante los años de Nazaret fue constituida en verdadera arca del Nuevo Testamento, para que así sirviera de norma y ejemplar a los apóstoles, mártires, doctores y vírgene. Entre las narraciones del Nuevo Testamento son las del “gran signo” aparecido en el cielo (Ap 12) y la del “nuevo cielo”, “nueva tierra”, “nueva Jerusalén” (Ap 21) las que más llaman la atención de la autora de la Mística Ciudad de Dios. Quiso Dios manifestarnos con el “gran signo” la excelencia y magnificencia de la naturaleza humana, que a pesar del pecado de los ángeles había de crear a su tiempo. Cristo y María le “obligaban” a ello. Pero quiso significarnos también que había de poner en el mundo un arca de la alianza, signo del futuro Salvador del género humano. María es en esta alianza la “fiadora” de los hombres ante Dios, tanto con respecto a la perfección a ellos destinada como a su redención 30. Vestida del “sol de justicia” y de la “plenitud de gracia”, como con voz potente, les dio a luz al Verbo eterno, voz que después de ser levantado en la cruz se oyó en toda la tierra.  La imagen del “nuevo cielo”, “nueva tierra”, “nueva Jerusalén” sirve a la Venerable para darnos una síntesis de su visión de la Madre de Dios. No vamos a entrar en los detalles de la prolija narración agredana, pero sí vamos a dar algunas ideas generales, para que se vea la línea de su pensamiento. Con María hubo un “cielo nuevo” para la divinidad en la naturaleza humana, porque, preservada y libre de la culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en la unión hipostática. Dejó, pues, de existir el cielo primero que Dios había creado en Adán y que se manchó e inhabilitó para que el Señor viviese en él. Hubo juntamente un “nuevo cielo” de gloria para la naturaleza humana, ya que, renovado “el empíreo” con la gloria de Cristo y de María y con los méritos de nuestro Salvador, pasaron a ocuparlo los hombres. Toda esta novedad tuvo principio en María, concebida sin el pecado que lo impedía todo. También apareció sobre el mundo una “nueva tierra”, libre de la maldición de la “tierra antigua”. Pues por la “tierra bendita” de María, con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán. En la Madre de Dios comenzaba a resplandecer ya la aurora de la gracia . La imagen de la “nueva Jerusalén” se aplica a las iglesias militante y triunfante, pero “señaladamente miró de hito a la Jerusalén suprema, María santísima, donde están cifradas y recopiladas todas las gracias… y excelencias de las iglesias militante y triunfante”. Llamamos a María Nueva Jerusalén “porque todos sus dones, grandeza y virtudes son nuevas; porque fue después de todos los padres antiguos, patriarcas y profetas y en ella se cumplieron y renovaron sus clamores, oráculos y promesas; nueva, porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de la gracia por nuevo orden suyo…, que es la cosa más nueva”. En ella todos los dones y todas las gracias son verdaderamente nuevas, como participadas directamente de la claridad de Dios, pues fue creada no en esta “tierra de pecado”, sino en el cielo y según el ejemplar del Verbo.  Mística Ciudad de Jerusalén, es también María la habitación santa, el tabernáculo de Dios y el medio para que Dios plante su tienda entre los hombres. Estando el “tabernáculo de Dios” con los hombres, el Altísimo enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte y el pecado no existirán más, pues fueron destruidos ya por la suave medicina de la encarnación del Verbo al ofrecernos su sangre y sus méritos estrenados en la que nacía inmaculada. Pudiéramos caer en la tentación de pensar que María de Agreda, embelesada con la figura de la Virgen, se olvidara del significada preciso de la Madre de Dios en la historia de la salvación, al atribuirle todas las cualidades y perfecciones que le vienen a la mente. Por eso creemos conveniente añadir esta frase suya, cuando explica el significado de la piedra de jaspe: “pero este cristalino jaspe tiene sombras, porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que tiene de resplandor del sol de la divinidad es participado, y aunque parece sol divino, no lo es por naturaleza, mas por participación y comunicación de su gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del mismo Dios, pero para ser Madre suya”36. Es también el significado que la autora ve en la respuesta de Cristo a María en las bodas de Caná: con ella quiso poner de relieve que el origen del milagro dependía únicamente de la voluntad divina.; quiso decirle también que la potestad para realizar milagros le venía de esa naturaleza y no de la naturaleza humana que de ella había recibido; finalmente le advierte que en la determinación de la voluntad divina no tenía parte en absoluto, pues era algo que pertenecía exclusivamente a sólo la divinidad. María, “ciudad ,mística de Dios”, fue, pues, elegida en la eternidad de los designios de Dios como Madre del Verbo encarnado y manifestación de su incomprensible perfección ante los hombres, signo y espejo de la divinidad al mismo tiempo que “fiadora” de la naturaleza humana. Así prefigurada y descrita la ve Sor María de Jesús en la Sagrada Escritura. Los autores del sigla xvII interpretan la Palabra de Dios sirviéndose de diversos sentidos: el literal, místico, espiritual, eminente, acomodado, etcétera. Y casi de cada una de sus expresiones deducían, según estos sentidos, algún significado mariológico. También ellos aplican a la Virgen las figuras bíblicas de la “ciudad de Jerusalén”, “ciudad custodiada” (2 Re 19,34), “ciudad de Dios” (Sal 86,1), “casa o templo de Dios” (Sal 92,5). No hemos encontrado, sin embargo, todavía quien la llame “mística ciudad de Dios”. La Venerable concuerda con los autores contemporáneos al concebir el Antiguo Testamento como preparación para el Nuevo 40 . Igual concordancia se percibe con respecto a la opinión de que no convenía que se hiciese pública la fe en la Madre de Dios hasta que estuviera arraigada la fe en Cristo. Es curioso que en la Mística Ciudad de Dios no encontremos una explicación de Lc 1,2, cuando es un texto que sirve a los teólogos contemporáneos para atribuir a la Virgen tal plenitud de gracia, que sobrepasa a la de los ángeles y los santos. Por el contrario, si creemos en el testimonio de Samaniego, parece ser peculiar de Sor María de Jesús la interpretación mariológica de Ap 21 4–3. Nos ha llamado también la atención, al comparar la obra agredana con algunas otras obras de la época, el ambiente más histórico y salvífico que en aquélla se respira. Quizá sea debido precisamente al carácter de Historia Divina con que su autora la concibe. María, signo de la creación.  Dios en su comunicación ad extra procedió, “a nuestro modo de entender”, según un orden de prioridad y posteridad, orden que hay que concebirlo “no de tiempo, mas de naturaleza” 4–4 . Todos los seres son decretados según una gradación de perfección ontológica y conforme a los ejemplares de Cristo y María, para que todos ellos “saliesen también mediante estos dos ejemplares semejantes a Dios”. María de Agreda pertenece al sistema predestinacionista escotista del “summum bonum summe diffusivum” en virtud de una necesidad de orde moral, según la cual le es “mucho más natural hacer dones y gracias que al fuego subir a la esfera, a la piedra bajar al centro y al sol derramar su luz. “Todas las obras ad extra son libres en Dios”, porque su propensión e inclinación a comunicarse está subordinada a su divina voluntad, no obstante le fuera como “debido y forzoso”, y Dios, “a nuestro modo de entender”, no estuviera “quieto ni sosegado del todo en su misma naturaleza hasta llegar al centro de las criaturas”. “Vio que tan suma bondad era convenientísimo en su equidad, y como debido y forzoso, comunicarse, para obrar según su inclinación comunicativa y ejercer su liberalidad y misericordia distribuyendo fuera de sí con magnificencia la plenitud de sus infinitos tesoros encerrados en la divinidad”. Y dispuso “el orden que había de haber en lps objetos y el modo y diferencia de comunicárseles la divinidad y atributos; de suerte que aquel como movimiento del Señor tuviese honesta razón y proporcionados objetos, y que entre ellos se hallase la más hermosa y admirable disposición, armonía y subordinación”.  “La infinidad impetuosa” de Dios exigió en primer lugar una criatura a la que poder comunicarse en el sumo grado posible. La unión hipostática sería esa primera manifestación de Dios ad extra, ya porque “después de haberse entendido y amado en sí mismo, el mejor orden era conocer y amar a lo que era más inmediato a su divinidad, cual es la unión hipostática”; ya porque “también debía la divinidad sustancialmente comunicarse ad extra, habiéndose comunicado ad intra, para que la intención y voluntad divina comenzase por el fin más alto sus obras”; ya finalmente porque la armonía y subordinación entre las criaturas había de ser “la más admirable y gloriosa que ser pudiese. Y conforme a esto, habían de tener una que fuese cabeza y suprema entre todas y, cuanto fuese posible, inmediata y unida con Dios, y que por ella pasasen todas y llegasen a su divinidad “. El motivo principal de esta comunicación no fue otro que la gloria de Dios derivada de esa ,misma comunicación. La Venerable de Agreda, al igual que otros autores de su época, considera la encarnación como un desposorio de Dios con la naturaleza humana, “juntándose con ella en aquel gran sacramento que dijo el Apóstol (Ef 5,32), en Cristo y en la Iglesia”. Matrimonio espiritual, que mientras en los demás hombres se consumará en el reino escatológico, en María será llevado “en algún modo” a plenitud, “en el mismo momento en que fue Madre del Reparador”, para que “quedase como por fiadora abonada de que no se les negaría el premio a todos los hijos de Adán, si se disponían a merecerlo con la gracia de su Redentor”5–3 .Para que este desposorio pudiera tener lugar realmente, era necesaria la existencia de la mujer por quien Cristo había de aparecer en el mundo. Tres son los motivos que según la autora de la Mística Ciudad justifican la existencia de María en el segundo lugar de los decretos divinos. El primero podríamos calificarlo de ontológico, en cuanto que después de la comunicación suma con que Dios se había proyectado a Cristo en línea sustancial y accidental, parecía necesaria también la existencia de una pura criatura que fuese media entre Cristo y los hombres, y recibiera de esté modo la máxima comunicación de Dios “como la suprema pura criatura y más inmediata a Cristo y en él a la divinidad’. Aparece en segundo lugar el motivo de la divina maternidad, que en realidad no constituye sino un mismo motivo con el primero, pues fue “ordenada” y “concebida” esta pura criatura en la mente divina “antes que hubiese otro decreto de criar cosa alguna… como y cual pertenecía y convenía a la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de su Hijo santísimo”, encaminándose luego a ella “el ímpetu del río de la divinidad y sus atributos, cuanto era capaz de recibirla una pura criatura y como convenía a la dignidad de madre”, “porque sin la madre y tal madre, no se podía determinar con eficaz y cumplido decreto esta temporal generación” 55. Finalmente, el tercer motivo viene aconstituirlo la necesidad existente en nuestra naturaleza de un ejemplar “de quien pudieran los hombres y los ángeles ser discípulos del amor hermoso”. Dios creó “tan pura, grande, mística y divina criatura más para ser admirada con alabanza de las demás, que para ser descrita de ninguna”. María viene a ocupar, por lo tanto, en la escala de los seres un lugar intermedio entre la unión hipostática y las puras criaturas. Así lo exigían tanto el orden y armonía con que Dios decretó crear el universo, como la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de Cristo. Su existencia se halla abierta a la doble relación de Dios y de la humanidad: toca la “claridad de Dios” y se encuentra entre los descendientes de Adán. Contribuye a “hermanar” estos dos términos en el misterio de la encarnación. Tomando por principio la dignidad de la maternidad divina, la inspiración poético–mística de la autora atribuye a la Virgen una participación en las perfecciones divinas”, el cuarto lugar en la Santísima Trinidad, una especie de afinidad con Dios 6–0, una igualdad de proporción con la dignidad de Cristo 6–1 . Y le da los calificativos de “esfera de la omnipotencia divina”, “complemento de Dios”. templo de la gloria de Cristo”. y otros muchos que pueden verse a lo largo de la Mística Ciudad de Dios. Es, sin embargo, una pura criatura , pertenece a la misma naturaleza de los descendientes de Adán, es el “éjemplar” y “espejo” de los mortales. Después de la previsión del pecado, María aparece en la corriente de comunicación de Dios ad extra de un modo sustitutivo, quedando así mucho más patente su misión de signo y figura de la humanidad . Dios, para que no quedase frustrada su primera voluntad de comunicarse perfectísimamente y del sumo modo posible a las criaturas por la gracia y la gloria, determina “restaurar” y “ejecutar” lo que ellas perdieron, en esta sola criatura, “el alma de sus deseos”, “fruto de sus atributos”, “un prodigio de su poder infinito”, “una obra que es objeto de su omnipotencia” y “muestra de la perfección que disponía para los hombres”, “el fin del dictamen que tuvo en la creación”, “la única imagen y similitud de la divinidad”, “el complemento de su beneplácito y agrado por todas las eternidades”. Desde este momento la figura de María se convierte en un ser intercesor, relacionado íntimamente con la salvación de los hombres. Toda su existencia está ordenada ahora a su maternidad, a ser “el instrumento eficaz” de Dios en su comunicación ad extra, para que por ella y con ella recibieran todas sus obras el complemento que habían perdido por el pecado. El hecho de haber concebido la autora su obra como una Historia Divina, le dio sin duda la posibilidad de exponernos, o por lo menos insinuarnos, una figura de la Virgen en toda la dinámica existencial que ella lleva consigo dentro de la historia de la salvación, aunque esto sólo sea perceptible entre líneas en la mayor parte de los casos. El sentido soteriológico en que toda la narración agredana va envuelta a partir de la ejemplaridad de María, hace que la encarnación se conciba no ya sólo coma “sacramento de fe”, sino como sacramento de amor, en el que la Virgen está de parte de los hombres, ya como la primera redimida, ya como signo de perfección. “Con ella y en ella quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán… En ella se dio principio a la renovación de la humana y terrena naturaleza”. No insistimos más sobre este punto, porque vamos a verlo como una especie de estribillo a lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios, singularmente a partir del momento en que María es constituida como verdadera madre de Dios en el mundo. La autora concibe, pues, la maternidad divina como la corona de la creación. Mediante ella se restaura la antigua perfección que Dios había asignado a los hombres. Cristo y María aparecen en la doctrina agredana no tanto baja un prisma escatológico como ejemplarista–dinámico. En la fidelidad, amor, humildad de la única y singular esposa del Altísimo encontró éste la respuesta perfecta de toda la creación. A ella encauza la Virgen su propia gracia y méritos para entrar en la intimidad de la naturaleza humana como germen de salvación. Todo ello como consecuencia del principio de asociación. María es el signo mediador y ejemplar de la humanidad por ser pura criatura, hermana de los mortales. Según podemos observar, la autora de la Mística Ciudad de Dios sigue fielmente los principios de la escuela escotista respecto a la predestinación de la Madre de Dios. Puestos los fundamentos por Raimundo Lulio “ad .mentem magistri”, los desarrollan Juan Basolio y Francisco Mayronis y llegan a su plenitud máxima en los teólogos del siglo X VII –XVIII “,edad de oro” del escotismo. Para Serrano, el “ordinatissime volens” decreta en el primer signo de su comunicación ad extra la encarnación del Verbo “quia hoc summum bonum et Deo immediatius ac carius ex omnibus operibus ad extra, tum quia est summa Dei communicatio, tum etiain quia ipsi Deo coniungitur in unitate personae, tum denique quia deliciae Dei esse cum filiis hominum”. En el segundo signo aparece la predestinación de María como madre del Verbo y consecuentemente como aquella criatura más próxima a la divinidad por su nobleza y dignidad. María pertenece a la esencia de Cristo “porpter unitatem carnis” y porque juntamente con él es cabeza de los justos. En Carlos del Moral, Dios “summum bonum, summe sui diffusivum” experimentaba una necesidad de orden moral a comunicarse ad extra del sumo modo posible. Esto sólo lo encontró en la unión hipostática. Después de comunicarse a Cristo tanto en la línea sustancial como accidental surge en la idea divina la imagen de la que había de ser madre del Verbo, para entrar así en comunión del sumo modo posible con una pura criatura, elevándola terminative al orden hipostático. Cristo se constituye en fin ejemplar y cabeza de los ángeles y hombres, misión y prerrogativa en la que participa simul María por los méritos de su Hijo. Urrutigoiti refiere la predestinación de la Madre de Dios a su divina maternidad, mediante la cual queda ordenada a la gloria y a su principio: la gracia. De aquí deduce el teólogo zaragozano los principios de su mariología: principio de excelencia y asociación, en cuyas conclusiones coincide no poco con María de Agreda. Diego Murillo, zaragozano también como Urrutigoiti, basa su teoría predestinacionista en la diversa participación de las criaturas en las perfecciones divinas, elaborando un sistema muy semejante al de la Venerable escritora. Por el contrario, nos da la impresión de que la idea agredana de María signo salvífico de la creación flota quizá todavía tímidamente en los autores de la época. En Murillo leemos que el hombre alcanzó su última perfección según la sustancia en la encarnación de Cristo, según la naturaleza en la ascensión, según la personalidad en la asunción de la Virgen, En Vega, que de no ser por la Virgen, Dios no hubiera creado al hombre7–8. Para Portillo, María es la fiadora de la fe de los mortales. Gonzalo Tenorio organiza sin embargo su concepción mariológica en torno a esta idea. Por lo demás, queremos hacer notar que la mayor parte de las expresiones que el fervor mariano dicta a Sor María pueden encontrarse en la extensa obra de Laurentis Chrisogonus Dálmata. María, Ciudad Santa y Pura Hemos visto el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Juntamente con Cristo constituye el centro de toda la providencia salvífica de Dios. Ella es el último paso en la economía del Antiguo Testamento y el “primero” en la del Nuevo, al aparecer en el mundo redimida, llena de gracia y como medio para que el Redentor tomara forma humana. Entramos ahora en el terreno de la realización de los designios de Dios y evolución de los .mismos hasta llegar a aquel fiat mediante el cual se pone fin a los caminos de Dios, hermanado ya con la naturaleza humana. La providencia del Altísimo se cierne ahora sobre la futura madre del Verbo, para ir preparándola al gran acontecimiento de la encarnación. El siglo en que escribe su obra nuestra Venerable participaba ya de una difundida tradición inmaculista. El hecho de la concepción inmaculada de María es fundamentado amplia y firmemente tanto en la Sagrada Escritura como en los santos Padres y se ilustra con argumentos de razón. Todo esto, elaborado y sistematizado por los teólogos, viene a constituir el argumento de “decencia”, a partir de la excelencia personal de Cristo, perfectísimo mediador, y de la dignidad trascendente de la maternidad divina. María de Agreda nos expone este privilegio de la Virgen de un modo narrativo, sencillo, sin entrar en la complicación de las cuestiones escolásticas, aunque haya momentos en que insinúe las conclusiones de las mismas. No olvidemos que escribe una vida de la Virgen, Historia Divina, destinada fundamentalmente a fomentar la piedad de los fieles. Para ella, ser concebida inmaculada, según la sentencia común de su tiempo, no significaba otra cosa que carecer del pecado original y sus consecuencias en el primer momento del existir, es decir, estar llena de gracia. Dios la libró, así como a su Hijo, en el decreto de su predestinación a la divina maternidad de toda contaminación con la descendenciade la serpiente. Esto, que para el Hijo era connatural, para la Madre era solamente participado por singular privilegio. Así es como “halló la gracia que le salió al encuentro y la divinidad que le esperaba en los umbrales de la naturalez. La dignidad de la maternidad divina, derivada del primado absoluto de Cristo, es para nuestra autora la raíz y fundamento que explica este privilegio mariano. Si María fue predestinada juntamente con Cristo ab aeterno, como segundo grado en la manifestación de las perfecciones divinas ad extra, para ser madre de Dios, era como “debido” y “forzoso” que también recibiera la justicia original independientemente de Adán y que fuera creada en el primitivo estado de inocencia. Ella no dependía de la capitalidad de Adán, para lo que a la gracia se refiere, ni entraba en el pacto adamítico. Dependía únicamente de la capitalidad de Cristo y de tal manera que juntamente con Cristo era cabeza del mismo Adán. María santísima es la criatura más próxima ontológica y relativamente a Dios, y de este estado se deriva para ella la suma santidad posible. Carece de pecado, mas no por una repugnancia intrínseca como sucedía en Cristo, sino porque “todo esto era menos decente para María, Madre y esposa de Dios, y siéndolo para ella, lo fuera también para él”, es decir, por una repugnancia de orden moral. Aparece de nuevo en este punto de la Mística Ciudad de Dios el lado ejemplarista de la figura de María, en relación al estado de justicia original en que fueron creados nuestros primeros padres: puesto que las criaturas “han salido ingratas y rebeldes”, no es conveniente que la voluntad de Dios quede frustrada. Por eso Dios crea una “muestra de la perfección” que disponía para los hombres, restablece “el fin del dictamen” que tuvo en la creación. En María “restaura”, “ejecuta” y “mejora” lo que los hombres perdieron. A ella encauza la corriente de su bondad y la saca de la “ley ordinaria del pecado” para que “no tenga parte en ella la semilla de la serpiente”. Aun cuando con la anterior argumentación concluye ya suficientemente la autora la conveniencia de la concepción inmaculada de María, vamos a transcribir brevemente, a modo de complemento, algunos otros argumentos que ella nos expone. Era justo y debido que la divinidad, bondad infinita, se encubriera en una materia purísima, limpia y nunca manchada por la culpa. Nada puede oponerse a la voluntad divina, poderosa y omnipotente. No era, pues, conveniente a la equidad y providencia de Dios omitir lo más conveniente, perfecto y santo por lo menos conveniente y santo. Era conveniente que la Virgen fuera inmaculada, por cuanto el Verbo que había de encarnarse sería redentor y maestro de los hombres y autor de la perfectísima ley de gracia, donde se establece el mandamiento de honrar a los padres como causas segundas de nuestra existencia. Era justo que dicha ley fuera cumplida en primer lugar por el Verbo divino con su madre, haciéndola digna de una gracia más admirable, santa y excelente que todos los dones creados. Ahora bien, el máximo honor y beneficio para la Virgen entre todas las gracias era el extraerla absolutamente de toda enemistad y adversidad con Dios. Y esto se obtenía liberándola de la incursión en el pecado de origen. El Verbo tendría en la tierra madre sin padre; en el cielo, en cambio, padre sin madre. Mas para que se diera la proporción conveniente entre Dios padre y esta mujer madre, era necesario fuera elevada sobre la naturaleza, de suerte que consiguiera toda la congruencia e igualdad posibles entre Dios y una pura criatura. Ahora bien, esta elevación de proporcionalidad parece reclamar en la madre la concepción inmaculada, para que en ningún .momento pudiera gloriarse el dragón infernal de haber dominado a la mujer a quien Dios obedece como a verdadera madre. Como a la dignidad de madre de Dios conviene el que nunca fuera adversaria de Dios, así a la dignidad de madre del redentor el que nunca compartiera con los enemigos del mismo redentor. Es decir, debiendo Cristo redimir a los hombres con la carne y, sangre que recibe de su madre, hubiera tenido que redimir en primer lugar su misma carne del modo que redime a los demás hombres. Esto naturalmente desdice de tan digno redentor. La Virgen debió, pues, ser inmaculada. Llega, finalmente, la autora al misterio de la concepción inmaculada de María a partir de la antítesis que debía existir entre el demonio y la “mujer”. Unida la Virgen al divino Redentor desde toda la eternidad en un mismo decreto de predestinación, a una con él y por él hostiga a la venenosa serpiente con enemistades eternas y triunfa plenamente de ella aplastándole la cabeza con su pie inmaculado. Aparece ya victoriosa en la misma concepción activa de su cuerpo, destruyendo la fortaleza de la concupiscencia, donde se guarece el “fuerte armado”93. Es más, apenas concebida, le da Dios tal potestad y dominio contra todos los demonios, la defiende y asiste de tal suerte, que a sola la presencia de María los demonios se sienten atormentados. Y, una vez verificada la redención, Dios traspasa el reino, sujeto anteriormente a la potestad del enemigo, a las manos de su madre, constituyéndola en reina y señora de todas las criaturas, dispensadora de todos los bienes celestiales y de todas las gracias, haciéndola sagrado refugio de todos los hombres y consagrándola en absoluta y definitiva enemiga del demonio. Viene a fundamentar esta nueva prerrogativa la concepción inmaculada, pues de otra suerte, no sólo no hubiera existido entre ella y la serpiente aquella enemistad eterna, sino que, al contrario, hubiera estado sometida a ella, lo cual desdice de tan excelsa reina. Por lo demás, también están presentes en la Mística Ciudad de Dios las tradicionales cuestiones de la redención de María mediante los méritos de Cristo derivados de su pasión y muerte y la de la pasibilidad de Cristo y María. La primera cuestión la resuelve mediante la redención preservativa en virtud de los méritos “previstos y aceptados” del Verbo en “esa misma naturaleza y carne”. La pasibilidad de Cristo y María la sitúa la autora después de la previsión del pecado, para que ofreciera a los hombres un ejemplo de santidad y de humildad, al mismo tiempo que un sacrificio aceptable a la divina voluntad. Estas explicaciones vienen, sin embargo, en el curso de la narración sin más detalles que las precisen. A lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios (Historia Divina), María aparece como creada y formada desde un principio en una gracia perfectísima y suprema, como la elegida de Dios, llena del Espíritu Santo, singular en los dones y formada por Dios según una providencia especial, el “archivo de sus misterios y sacramentos”. En ella se estrenaron todos los atributos divinos, “sin que se le negara alguno en lo que ella era capaz de recibir, para ser inferior sólo a Cristo y superior en grados de gracia incomparables a todo el resto de las criaturas capaces de gracia y de dones”. Como se deduce de la doctrina agredana sobre la predestinación, María constituye un orden que se alza sobre todos los ángeles y criaturas, siendo inferior solamente al de la unión hipostática. Y esto porque el mundo creado exigía una armonía y subordinación perfectas. Su participación en la gracia es por esto mismo superior a la de todos los ángeles y predestinados, cuanto el oficio de señora y reina es superior al de siervo. Estaba asentada in montibus sanctis, pues siendo elegida para el divino ministerio de Madre de Dios, esto exigía en ella una gracia proporcional a su misión, como la filiación divina lo exigía en Cristo. Y si la maternidad divina es la dignidad suprema después de la unión hipostática, así el grado de gracia que a ella corresponde es inferior únicamente al de la humanidad de Cristo, pero inaccesible para cualquier otra pura criatura. “Mayor proporción tuvieron las gracias y dones de María santísima con las de su dilectísimo Hijo, y éstas con las perfecciones divinas, que todas las virtudes y santidad de los santos con la de esta soberana reina de las virtudes”. La Venerable de Agreda, en todo lo que se refiere a la gracia y dones de María, se guía por el siguiente principio: María “bajó adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que quiso darla, y quiso darla todo lo que pudo, y pudo darla todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a la divinidad”102 . Así vino a ser en el mismo momento de su concepción la “obra” y el “milagro” de la omnipotencia divina, “el abismo de la gracia” y la criatura más inmediata y próxima al Altísimo. Sin embargo, la concepción inmaculada de María no es sino el comienzo de su consagración real a la historia de la salvación. Desde este momento comienza el misterio de la vida de la Virgen. Nos presenta ahora la autora una figura de la Madre de Dios en continua evolución mística, como preparación al f iat que un día había de pronunciar. No entramos en detalles, porque es la parte más prolija de la Mística Ciudad de Dios. Baste con decir que la doctrina agredana nos recuerda en este punto lo que los autores místicos narran acerca de la evolución espiritual y mística de las almas. María trabaja diligentemente por adquirir una “perfección” conveniente. Es la Virgen plenamente fiel a la providencia de Dios sobre ella, en la oscuridad de la fe, ya que ignoraba todavía tanto su ordenación a la divina maternidad del Redentor, como la ausencia de pecado original en que había sido concebida. Es por otra parte la reina verdaderamente maternal, que intercede ante Dios por los hombres, bien mediante su propia naturaleza, pues estando ella entre los hombres, Dios no les podía condenar, bien pidiendo a Dios que no retardara la redención. Purísima entre todas las criaturas, “epílogo de la naturaleza humana y angélica”, en ella se recrea Dios con complacencia por sus perfecciones, por su fidelidad y su pobreza, mediante las que recompensa las imperfecciones de los hombres. Representa a los hombres ante Dios, quien quiere establecer unas relaciones nuevas con ellos110, cuyo signo y comienzo es María inmaculada y llena de gracia. De entre todos los privilegios de la Madre de Dios, es el de su inmaculada concepción el que más vivo estaba sobre el tapete de la atención de los teólogos del siglo XVII. Lo consideraban ya en sí mismo, ya en relación con otras cuestiones, como, por ejemplo, la del débito, predestinación y redención por los méritos de Cristo. Flota ya en el ambiente el problema de su definibilidad y el grado de certeza a que había llegado. Reyes, teólogos y el pueblo cristiano buscaban y esperaban la definición dogmática de dicho privilegio. Quedaba, sin embargo, todavía un cierto espíritu de lucha y controversia. Admitido casi por todos el hecho de la concepción inmaculada de María, pasa ahora la fuerza de la discusión al problema del débito y la redención preservativa. Hacen relación a lo primero las discusiones de Toledo y Alcalá del año 1616. Creemos poder afirmar que los fundamentos en que se apoya la Mística Ciudad de Dios para llegar a la Inmaculada, están en la línea teológica de los autores franciscanos de su tiempo, Basan éstos, en efecto, el citado privilegio mariano en dos principios generalmente: el de la asociación de María con Cristo, bien en su predestinación absoluta, bien en la realización de la redención de los hombres, y el de la dignidad de la divina maternidad. A estos dos argumentos añaden otros, como el de la plenitud de gracia, la virginidad, asunción, mediación universal, etc. Entre ellos se encuentran también los que la Venerable expone. Unicamente el argumento de la armonía que debe existir entre Dios–Padre y María–Madre, así como el referente a la antítesis demonio–María, no los hemos podido encontrar en la misma manera que ella los expone. Las cuestiones del débito y redención preservativa, sólo tanteando podemos encontrarlas en la obra agredana. Téngase siempre presente que aunque la Mística Ciudad de Dios parezca presupone tales o semejantes cuestiones, se mueve siempre en un ambiente muy distinto al que ellas exigen. Los autores de los siglos XVI,XVII,XVIII hablan también con particular detención de la gracia concedida a la Madre de Dios, llegando en su último empeño a atribuirle una gracia “negative summa absolute possibilis” desde el primer momento de su concepción. Idea que sin llegar a la síntesis de unos términos precisos se encuentra también en la Venerable de Agreda. La opinión de que María cooperó a la propia satisfacción es común entre los mariólogos. Ya en el siglo XII, y muy especialmente en el sigloXIV, hablan del uso de razón que Dios concedió a la que iba a ser su madre en el primer momento de su ser, de donde deriva lógicamente la citada opinión. Con el uso de razón le fueron concedidos también los demás dones: hábitos, virtudes, etc. No hemos visto todavía en algún otro autor la distinción que María de Agreda establece entre visión abstractiva y visión intuitiva. Nos parece justo destacar el ejemplarismo que la autora atribuye a la perfección de María, así como el sentido salvifico en que va envuelta la narración agredana. Dios quiso restaurar en su madre, e incluso perfeccionar, la belleza del mundo que los ángeles y los hombres habían manchado. Ella es el signo y ejemplo intercesor de tal voluntad de Dios. María, tabernáculo de Dios Preparada María como Mística Ciudad de Dios, asistimos ahora a lo que era la finalidad de su existencia: introducir a Cristo en el mundo, dar a los hombres un salvador. En este momento trascendental de la humanidad, desempeña realmente el oficio de mediadora y de fiadora. María, madre de Dios, sacramento de la humanidad, queda señalada por este hecho con una relación real y salvífica con Cristo y con su obra. La maternidad, según nuestra autora, queda constituida en el orden físico por estos tres actos principalmente: concebir, engendrar y dar a luz. María concibió verdaderamente, engendró y dio a luz al Verbo de Dios, por lo que se la llama y es madre de Dios. Pero la encarnación de Cristo, además de las cualidades humanas en las que intervino la Virgen directamente, poseyó otra que estaba ajena a su influjo. Fue un parto divino, pura gracia de Dios, pues en María y de María fue el Verbo eterno quien recibió la forma humana. Queda, sin embargo, como verdadera madre de Dios, aunque no de la divinidad, porque el hijo a quien dio a luz es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. Para que María pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, tuvo necesariamente que ser elevada, pues “para llegar una mujer de cuerpo terreno a dar su misma sustancia con quien se uniese Dios y fuese hombre, parecía necesario pasar un infinito espacio y venir a ponerse tan distante de las otras criaturas, cuanto llegaba a avecindar con el mismo Dios” . Por otra parte, si el hijo participa de las condiciones de la madre por la semejanza de naturaleza, era necesaria también esa elevación, ya que no hubiera podido cooperar con el Espíritu Santo en la generación de Cristo de no poseer alguna semejanza con el Hijo en las condiciones de su naturaleza123. Por lo demás, esta elevación en la mente de la autora no es otra cosa que la preparación de orden moral–místico que ya hemos insinuado. Estando ya María en el mundo “no se debía dilatar la redención humana y venida del Unigénito del Padre; pues ya no andaría como de prestado en tabernáculos o casas ajenas, mas viviría de asiento en su templo y casa propia, edificada y enriquecida con sus mismas anticipadas expensas”. La autora nos presenta la divina maternidad de la Virgen, ante todo, como el medio y el camino para la realización de la redención de los hombres. Es el “instrumento eficaz” del propósito salvador de Dios. Por él fue puesto el Verbo en el mundo de forma pasible y redentora. Quiso Dios, al determinar comunicarse a los hombres mediante la encarnación, aparecer en el mundo no de la nada ni de cualquier otra materia, sino de una mujer plenamente consciente, madre virgen y pura, que le vistiera de su propia sustancia con la forma de siervo. Y abandonó Dios los misterios de la encarnación en las manos de la Virgen, a su fe, esperanza y caridad. Y esperaba su consentimiento para, con ella y por ella, dar el complemento a todas sus obras ad extra mediante el Verbo encarnado. Dios, en efecto, admite en sus operaciones ad extra el concurso de las criaturas conservando su libertad y autonomía. “Ponderó esta gran Señora que de su respuesta estaba pendiente el desempeño de la beatísima Trinidad, el cumplimiento de sus promesas y profecías, el más agradable y acepto sacrificio de cuantos se le habían ofrecido: la redención de todo el linaje humano, la satisfacción y recompensa de la divina justicia, la fundación de la nueva ley de gracia, la gloria de los hombres, y todo lo que se contiene en haberse de humanar el Unigénito del Padre”; y vistiéndose de fortaleza más que humana, pronunció su fiat, con lo que quedó “hecha cielo, templo y habitación de la Santísima Trinidad, y transformada, elevada y deificada”. Y tanto fue el ardor con que su caridad hervía ante el misterio propuesto, que se desprendieron de su corazón tres gotas de sangre, de las cuales, por virtud del Espíritu Santo, se formó el cuerpo humano de Cristo. Comenzó así nuestra redención con un acto de amor “real y verdadero” de María. Y todas las criaturas sintieron los efectos de la misma. La encarnación del Verbo, al mismo tiempo que la más alta comunicación de Dios ad extra, es la mayor obra y beneficio “que recibió ella y todo el linaje humano”. Pero “con esta maravilla nunca imaginada se puso Dios en tal empeño, que –a nuestro modo de entender- no saliera de él con tanta gloria si no tuviera en la misma naturaleza humana algún fiador, en cuya santidad y agradecimiento se lograra tan raro beneficio con toda plenitud”. Por esto la sabiduría divina ordenó la encarnación del Verbo. “Pero como este Señor era Dios verdadero y Hombre verdadero, todavía parece que la naturaleza humana le quedaba deudora a él mismo, si entre las puras criaturas no tuviera alguna que le pagara esta deuda, todo cuanto de parte de ellas era posible con la divina gracia”. Este papel lo desempeñó María1. Ella con su “perfectísima caridad obligó, en la forma posible, al eterno Padre para que le diese a su Hijo santísimo para sí y para todo el linaje humano; porque si María hubiese amado menos, no hubiera disposición en la naturaleza humana para que el Verbo se humanara”. El mérito de María con respecto a la encarnación se reduce, según la mente de la autora, a un mérito de congruo. La relación que nace el día de la encarnación entre Cristo–hijo y María–madre es del todo singular y única: Dios, el ser supremo, y María, la suprema criatura en perfección son los términos de dicha relación. Tanto es así que llega a calificarla la autora como de “complemento” de las relaciones existentes en la Santísima Trinidad. A partir de este momento la vida de la Virgen queda abierta a una doble perspectiva: es madre de Dios y madre del Mesías1. Su hijo es el Verbo encarnado para redención de los hombres. De aquí su íntima relación con Cristo y con los hombres. La Mística Ciudad de Dios nos presenta ahora una figura de la Virgen amante en sumo grado. El amor es un elemento pedagógico en las manos de Dios para conducir a su “elegida” a la suma perfección posible en una pura criatura. De este amor nacen en la madre de Cristo su solicitud, reverencia y veneración creyentes ante su hijo–Dios. Amor, ciencia sublime, plenitud de gracia, viva presencia de la divinidad, son los elementos sublimes que hacen de la vida de la Virgen un “cielo intelectual”, el “templo vivo de Dios”, una “peregrina en la tierra y habitante en el cielo”, pero que al mismo tiempo dejan en su ser la angustiosa experiencia de su limitación contrastada con la vivencia de la trascendencia de Dios. Precisamente el reconocimiento de su total dependencia y de su absoluta inferioridad ante su hijo–Cristo llevaba a la Madre de Dios a adoptar una actitud de humildad en grado heroico, complemento de la humildad de los hombres. La humildad era como el sustrato de todas sus acciones, como el ingrediente necesario que hacía todas sus obras según el gusto de Dios, de tal manera que por esta virtud Dios se fijó en ella y la eligió. Como complemento al estado psicológico en que María se encontró después de la encarnación, se fija también la autora en esta situación peculiar, consistente en tener un Hijo que debe obedecer a su Madre y que al mismo tiempo debe ser obedecido por ella. Toda la relación de Cristo a María puede reducirse al amor y a la complacencia. Amor, por ser la madre de quien había recibido el ser humano. Complacencia, porque veía restaurada en ella la plenitud de perfección de que hubieran gozado el mundo y los hombres si no se hubieran apartAdo de su voluntad, porque la consideraba corno fruto suyo único y singular, porque la veía como el resumen de todas las perfecciones, como forma y ejemplar del Redentor. Llevado por este amor y complacencia, Cristo la adorna con dones de gracia, de sabiduría, de gloria, y le manifiesta los afectos y obras del alma del Verbo, en quien veía todas las cosas. María cooperaba solícita y fielmente con todos estos dones que la piedad de su Hijo le ofrecía. Las relaciones maternales de María se completan en esta nueva relación con las demás criaturas. Mediante Cristo tiene con ellas una relación salvífica. Es el “ejemplar de suma santidad y pureza” para los hombres, “espejo y eficaz arancel”, “lucerna para que se alumbren en las tinieblas de su ceguedad”. Es “el instrumento excelso y vivo que nos trae la vida divina”, la “pequeña nube” sobre la que Dios entró en el Egipto de este mundo dándole fecundidad, Es la intercesora de los hombres, de tal manera que “este amor a la salud humana, que concibió María purísima, fue una de las mayores disposiciones que la proporcionaron para concebir el Verbo en sus virginales entrañas” La autora de la Mística Ciudad de Dios llama frecuentemente a María “madre nuestra”: porque nos dio la verdadera vida, Cristo; porque nos lleva a la verdadera vida como puerta de salvación. Su maternidad es el fundamento de su mediación. Y su oficio de mediadora lo ejerce siendo ejemplar de santidad, medio o instrumento de la manifestación de Cristo, siendo medio de intercesión y salvación. Sintetizadas brevemente las ideas que la Mística Ciudad de Dios nos ofrece en torno a la maternidad divina de María, podemos ver cómo su autora se mueve en el ambiente de las cuestiones planteadas en su época. Su exposición no se atiene ciertamente al rigor de los términos científicos, como ya lo hemos dicho otras veces. Escribe una “historia divina” destinada a alimento espiritual de sus lectores. En realidad, lectores suyos han sido en todos los tiempos personas de la más diversa condición y nivel intelectual. Carlos del Moral, por ejemplo, la cita frecuentemente en su obra. María es verdadera y propiamente madre de Dios, porque engendró activamente a Cristo de su propia sustancia, con la cooperación del Espíritu Santo. Se le llama en la obra agredana “instrumento eficaz de la divinidad”. Expresión que la entenderemos rectamente, si tenemos en cuenta el concepto de causalidad moral de María respecto a la encarnación. Para que pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, necesitó una elevación. Pero nada se dice acerca de la naturaleza de tal elevación: si fue intrínseca o extrínseca. Como, sin embargo, parece reducirse a una preparación de arden espiritual, de modo que se encontrara digna ante el acontecimiento en que iba a tomar parte activa, parece ser que se trate de una elevación extrínseca. La maternidad divina eleva y santifica a María. Tampoco se dice nada acerca de la santificación formal y de la esencia de tal santificación. Igualmente nada sabemos acerca del constitutivo esencial de la divina maternidad. Se entretiene, por el contrario, ampliamente nuestra autora en la descripción de las relaciones entre Madre e Hijo y viceversa. Afirma igualmente con insistencia que la maternidad divina constituye el fundamento de todos los privilegios de María, así como que tal hecho es el supremo don que Dios puede conceder a una pura criatura. Se trata de un don de orden moral, no físico. Un don que lleva consigo el privilegio de participar, en cierto sentido, de la naturaleza divina. Finalmente su maternidad divina nos da la posibilidad de llamarle también nosotros madre nuestra, reina y mediadora de la creación en general y de los hombres especialmente. Se complace también la autora en proponernos a la Virgen en su calidad de ejemplar vivo de las perfecciones del Altísimo y de la perfección que todas las criaturas habían perdido por el pecado, pero que, a través de este acto mediador de la Madre de Dios, habrían de conseguir de nuevo. Ideas que corresponden perfectamente a la misión que la Mística Ciudad de Dios atribuye a María en cuanto a la salvación del género humano. María, coadjutora del Redentor Hemos visto el lugar que ocupa María en la economía de la salvación. Estudiamos ahora cómo se realiza y qué valor tiene su existencia en constituye el momento histórico de su consagración a la voluntad salvífica de Dios. La autora de la lo que se refiere a la redención de los hombres. María es verdadera Madre de Dios. Su fíat a la encarnación Mística Ciudad considera un doble aspecto en el acto redentor: el restablecimiento del orden cósmico y la compensación de la ofensa, cuyo efecto es la gloria del Eterno Padre y la exaltación de su Hijo, el Señor. Al pecar el hombre, toda la creación experimentó la angustia del desorden y la ausencia de Dios; y el hombre, rey de la creación, perdiendo la amistad de su Señor, perdió también la amistad de las criaturas y resultó ser esclavo del demonio. Esto, que pudo hacerlo por sí mismo, no lo podrá restaurar, sin embargo, por sus propias fuerzas, ya que siendo Dios el ofendio, su honor exige que la compensación provenga de una persona igual en dignidad a la suya. Tuvo que ser Cristo quien restaurara el orden cósmico y compensara la ofensa hecha a Dios. Elegida María para Madre del Salvador, participa de algún modo en el misterio del mismo. Es más, siendo juntamente con Cristo el medio de la comunicación de Dios ad extra y restaurado ya en su persona el antiguo orden conculcado por el pecado del hombre, debemos atribuirle también el oficio de mediadora, ejemplar y signo sustitutivo de la naturaleza humana en la redención. “Sólo en Cristo, que es nuestra cabeza la virtud y causa adecuada de la general redención.” Cualquiera de las acciones de Cristo era por sí misma de un valor infinito, suficiente para redimir a los hombres superabundantemente. Concedió Dios, sin embargo, a la que fue su Madre el privilegio de compadecer con Cristo y ser su cooperadora en el rescate de los hombres. Tal cooperación no era ncesaria. Era una pura gracia que “Su Majestad” otorgaba a su “elegida”.  Al igual que otros autores de su época, funda la Venerable la cooperación mariana a la redención en la elección de María para Madre de Dio165 . Predestinada desde toda la eternidad como término correlativo de la predestinación de Cristo, por su maternidad participa en la suerte de su Hijo, que después de la previsión del pecado se convierte en signo de redención “para que más se manifestase y conociese amor infinito con los hombres y a equidad y justicia se le diese debida satisfacción”. En nada se lo impedía que entrara también entre los redimidos. La redención particular de que fue objeto constituye un óptimo motivo de conveniencia para que entrara como cooperadora a la redención y fundación de la Iglesia. Pues, redimida con redención preservativa, convenía que cuando Cristo mereciera la gracia “históricamente” se estrenaran sus primicias en María y quedara así “realmente” redimida antes que todas las más criaturas. Ya hemos advertido en diversas ocasiones que la concepción mariológica agredana se desarrolla en sus lineas madres bajo un signo ejemplarista. Podemos ver en esto otro de los motivos que concurrieron en Dios, según la Venerable autora, para elegir a la Virgen por compañera del Redentor. Finalmente existe una última razón que viene a confirmar esta conveniencia de la que tratamos. Hablamos del paralelismo existente entre Eva–María. De la unidad de principio para el mal entre Adán y Eva se deriva la unidad de principio para el bien entre Cristo y María. Un motivo de menor importancia teológica es el de que convenía a la exaltación de la virtud divina que el demonio fuera vencido por una pura criatura, y mujer, ya que antes había conducido él al género humano a la ruina mediante una mujer. Elegida María como cooperadora de Cristo en el misterio de la redención, Dios requería su consentimiento como lo había requerido para la encarnación. Es “el retorno” de ser Madre de Dios. En el fiat a la encarnación “la más pura y mística” de las criaturas representaba a toda la humanidad caída y suplicante, dado que Dios nada obra en la naturaleza humana sin el consentimiento y aceptación de los hombres. La redención es gracia de Dios, pero no se comunica a los hombres sin su adhesión y cooperación. En el consentimiento que María presta a la pasión, la Mística Ciudad de Dios se desenvuelve más pobremente. No se trata sino de un acto de mera educación filial, mezclado con elementos transferenciales de la personalidad de la autora. María de Agreda se representa las relaciones entre Cristo y María como una relación filial–maternal humanamente perfecta, a la que indudablemente le da el valor soteriológico de unidad y coprincipio salvífico, cada uno desde la situación y actitud que le era propia. Uno de los aspectos de la vida de la Virgen en que más se recrea la exaltación mariana de la Venerable es el de su semejanza con Cristo. Concibe toda la vida de la Madre de Dios bajo esta proyección dinámica, distinguiendo en ella algo así como dos etapas: primero es Dios quien trata de crearse una pura criatura capaz de recibirle en su seno, de manera que correspondiera con suma dignidad a la suma excelencia del Hijo que había de alimentar. Luego es Cristo quien para llevar a cabo el misterio de la Redención con la proporción debida se dedicó durante toda su vida oculta a prepararse una fiel “cooperadora y coadjutora”. Son varias las razones por las que justifica la Mística Ciudad su afirmación, además de la razón de conveniencia que debía existir entre la dignidad de Madre e Hijo. Cristo pretendía formar una discípula que fuese la “primogénita de la nueva ley de gracia, la estampa adecuada de su idea y la materia dispuesta, donde como en cera blanda se imprimiese el sello de su doctrina y santidad para que Hijo y Madre fuesen las dos tablas verdaderas de la nueva ley que venía a enseñar al mundo”. Convenía igualmente que María fuese aquella pura criatura en la que se encontraran en su plenitud todos los efectos de la redención. Ella había de ser el ejemplar y medida de la perfección de la Iglesia en la nueva ley de gracia. María había de “estrenar y recibir las primicias de la gracia” asistiendo al Redentor “en sus trabajos y hasta la muerte de cruz, siguiéndole con ánimo aparejado, grande, constante, invencible y dilatado”. Convenía que tuviera una perfección equivalente a su misión para que “fuese la escritura pública donde se escribiese todo cuanto Dios había de obrar por la redención humana y quedase como obligado a cumplirlo, tomándola por coadjutora…, y no se impidiese ntas misericordias para el linaje humano”. Todo esto se ordenaba “a mover la voluntad y las potencias de la misma Señora, para que obrase y cooperase con la propia voluntad de su Hijo santísimo y mediante ella con la divina, y por este modo había una similitud inefable entre Cristo y María Santísimos, y Ella concurría como coadjutora de la fábrica de la ley evangélica y de la Iglesia santa”. Antes de entrar a estudiar cómo se lleva a cabo el misterio del rescate de los hombres y con qué características, querernos recordar el eslabón más significativo de la dinámica interna en que se desarrolla la situación redentora de la Virgen. Nos estamos refiriendo al problema de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, apoyo de la cooperación de ambos a la redención “como único principio”. Creemos que no es ésta una cuestión como para dedicarle más líneas. Baste con haberla apuntado. Lo único que de ella nos interesa para nuestro propósito es que María coopera con Cristo a la redención a modo de único principio en la forma posible a una pura criatura. Y esto por la unidad que existía entre ambos. La Mística Ciudad de Dios cataloga la acción salvífica de Cristo en estos tres actos principalmente: la intercesión ante el Padre, promulgación de la Nueva Ley, el sufrimiento. Por ellos queda compensada la ofensa y restaurado el orden cósmico. María coopera a estos tres actos, según convenía a su situación y actitud soteriológica. Uno de los calificativos que en la obra agredana hoy resulta molesto a nuestra mentalidad ecuménica es el de “única mediadora de los mortales”. Sin embargo, lo que a simple vista puede provocar una reacción instintiva de signo negativo, cuando lo examinamos de cerca y en su contexto propio pierde sus aristas punzantes para convertirse en una expresión corriente y normal. Después de lo expuesto a través de estas páginas no creemos sea difícil comprender la expresión agredana en su legítimo sentido. María es la “mediadora única”, “porque en todo el resto del linaje humano no había quien le pudiese obligar tanto como haber de tener tal Madre”, porque “por estar ella en el mundo olvidó el Señor –a nuestro modo de entender– los pecados de todos los mortales”, y “si María santísima no interviniera entre los hombres y Cristo, no llegara el mundo a tener la doctrina evangélica ni mereciera recibirla”. Cristo “pagó nuestras deudas condignísimamente, María santísima… fue mediadora en cuanto era posible a pura criatura”184. Así es como “la Madre de gracia había de ser la puerta y medianera para los que se aprovechasen de la pasión y redención humana”. Los autores agredistas que hemos estudiado clasifican la doctrina de la Mística Ciudad sobre la mediación redentora de María en los tres actos señalados por Francisco Suárez: el mérito de congruo con respecto a la encarnación, su impetración por la salud de los hombres, la concepción de Cristo–Redentor. A éstos se suman en la Historia Divina otros actos de signo también mediador. Tales como la oblación que María hizo de sí misma y de su Hijo, el sufrimiento de María en toda la pasión de Cristo, el ser receptora de los méritos del Salvador en nombre de la humanjdad y de la Iglesia, su misma existencia. Uno de los aspectos más expresamente recalcados por la Venerable a lo largo de toda su obra es el de la intercesión de la “mujer fuerte”, que en la noche de la antigua ley aparece ya como luz suplicante para que Dios diese “la intacta Sunamitis Abisag, que era su inaccesible divinidad, a la naturaleza humana, su propia hermana”. Ya desde su inmaculada concepción las “puertas de esta ciudad mística de María santísima” estaban abiertas a la intercesión, comenzando así su oficio de mediadora, abogada y reparador188. Es el “propiciatorio donde el Señor tenía el asiento y tribunal de las misericordias”. Asociada desde toda la eternidad a Cristo para que, según su condición, constituyera con él un “único principio” de redención, María sufre con él y a él está unida de un modo redentor. Entre Madre e Hijo existe una cierta unidad de carne y sangre, que fructifica en una semejanza integral entre ambos. Tres son los modos como “la fiadora” de los mortales coopera al rescate del mundo: renuncia a los derechos que cómo madre tenía sobre el Hijo que Dios le había dado, entregándoselo y entregándose a sí misma con él. le asiste en la predicación de la nueva ley evangélica; sufre con él la pasión y, en algún modo, la misma muerte de cruz. En las tres actos encontramos la constante de un dolor físico y moral, porque la pasión y muerte del Redentor, y con él el de su cooperadora, había de ser el signo de una caridad inextinguible, un ejemplo para los hombres, el fin de las antiguas figuras y sacrificios de animales. Es en este momento de la cooperación dolorosa de María al rescate de los hombres cuando vuelve a aparecer especialmente la fina psicología femenina de la autora de la Mística Ciudad de Dios proyectándola sobre la Virgen y ofreciéndonos de ella una figura plenamente materna en los dos aspectos: humano y místico–soteriológico. El dolor tanto físico como moral de la Madre de Dios arranca conjuntamente de los afectos maternos con que se veía ligada hacia su Hijo (afectos que al mismo tiempo constituían para Cristo una especie de evasión psicológica), arrancan también de la semejanza existente y aún por adquirir entre ambos, de la comunidad de ideal redentor entre ambos199, del principio de cooperación a la redención a modo de “único principio”, consecuencia de la unidad de carne y sangre existente entre el Redentor y su cooperadora. Al morir el Redentor, y ofrecer a Dios Padre la creación sometida ya a sí, María permanece “sola” en el mundo, como desempeñando de nuevo la misión que le había sido propia en la historia de la salvación, antes de la encarnación del Verbo. En la cima del Calvario, María asiste a la muerte de Cristo como representante de la Iglesia, en cuyo nombre recibe la redención. La recibe y le son aplicados los frutos de la misma. Su concepción inmaculada y la confirmación en gracia con impecabilidad actual le daban ya una cierta capacidad para fungir este oficio. Además, como lo hemos visto anteriormente, el día de la encarnación se celebraron en ella las bodas entre Dios y la Iglesia, y, en la Iglesia, con la naturaleza humana, con lo cual adquirió ya el carácter de signo mediador de nuestra redención. En ella se inauguraban los méritos previstos de Cristo. Por otra parte, la Virgen aparece en el mundo como el esbozo de la Iglesia: “en ella –a nuestro modo de entender– se ensayó Cristo Redentor del mundo para fabricar la Iglesia santa; y anticipadamente la depositó toda en su Madre purísima para que ella gozase de los tesoros la primera con superabundancia; y gozándose, obrase, amase, creyese, esperase y agradeciese por todos los demás mortales, y llorase sus pecados, para que no por ellos se impidiese el corriente de tantas ,misericordias para el linaje humano”. Fundada ya la Iglesia, la representa realmente bajo la cruz. “Sola María era entonces toda la Iglesia; y ella sola creía, amaba, esperaba, veneraba y adoraba al objeto de la fe por sí, por los apóstoles y por todo el linaje humano. Y de esta manera recompensaba, cuanto era posible a una pura criatura, las menguas y faltas de fe de los miembros místicos de la Iglesia”. Y como todo lo que el Padre tenía lo encomendó en las manos de su Hijo, así, lo que el Hijo poseía lo pasó, a la hora de su muerte, a las manos de su Madre. Pues así como había sido cooperadora del Redentor, así también debía ser la “testamentaria” y “universal heredera” de su voluntad y tesoros, y el medio de su ejecución,alzándose en la “nueva Iglesia evangélica”, “como sustituta de su Hijo santísimo” María, pues, al pie de la cruz viene a ser, por su fidelidad y humildad, el signo y vértice de la humanidad redimida. Recibió los méritos de Cristo. Por ella pasaron a la Iglesia. Por la Iglesia, a la humanidad. Así es como también ella compró el campo en el que plantó ” la viña de la Iglesia, que Cristo, su artífice, había fundado”, porque la Iglesia “fue parto de María santísima, no sólo porque parió al mismo Cristo, sino también porque con sus méritos y diligencias parió a la misma Iglesia debajo de esta santidad y rectitud, y la crio el tiempo que vivió ella en el mundo, cooperando con Cristo en las obras de la redención”. Su actividad materna depende, sin embargo, de Cristo, “en quien y para quien” “engendra y cría” “la común santidad del espíritu de la Iglesia” Al mismo tiempo que es madre, María es, según la Mística Ciudad, hija y miembro de la Iglesia, como redimida por la sangre de Cristo. En la Iglesia vivió peregrina hacia la patria. De ella y en ella percibió el influjo de la vida de Cristo. Los hombres son sus hermanos. Por ellos intercede con amor fraterno al Padre y coopera como primera redimida a su redención. A María se le llama frecuentemente en la Historia Divina “Madre de la Iglesia” y “Madre de los hombres”. Madre, por su cooperación “maternal” a la fundación de la misma en calidad de hermana mayor de los hombres por su excelencia y perfección. Quizá sea éste uno de los puntos más significativos de la obra agredana. María es la “fiadora”, el “ejemplar”, el signo, la figura de la humanidad, especialmente en el momento cumbre de la redención. Coopera a la salud de los mortales en calidad de receptora de los méritos de Cristo bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. La cooperación mariana a la redención parece ser una de las doctrinas que en el siglo de María de Agreda se proponen todavía como “nuevas y desusadas”. Para Amort constituye un escándalo verla expresada en la Mística Ciudad de Dio. Luis de Miranda acusa igualmente en 1621 la incertidumbre de una verdad no estabilizada al proponer a María como predestinada para que ayudase a Cristo como “coadjutora” en la obra de reparación y redención del género humano. Dentro de la cooperación mediata a la redención señalan los autores del siglo XVII no sólo el hecho de que María fuese la madre del Dios Redentor, que, como dijimos, constituye para ellos el fundamento de la cooperación mariana a la redención, sino también el doble carácter de su consentimiento libre y consciente a la encarnación, fundamento suficiente ya en la estima de los Padres para llamarle de algún modo causa de nuestra salvación. Se detienen asimismo en el principio de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, como raíz del ser corredentor de la Madre de Dios. Entre los autores contemporáneos o inmediatamente posteriores a María de Agreda existe también una tendencia general a considerar la intercesión de la Virgen en favor del género humano como uno de los fundamentos para atribuirle el título de cooperadora a la redención. Vulpes llega a afirmar que cada vez que era asunta al cielo se le manifestaban los designios de Dios sobre cada uno de los miembros de la Iglesia para que intercediera por ellos. En Murillo, María no se ofrece a sí misma, ofrece el sufrimiento de Cristo e intercede para que Dios lo considere. “Todos la llaman comúnmente mediadora de la redención, y esos títulos no se la deben dar sólo por haber sido intercesora, que también los Patriarcas”. María fue, según los SS. PP., “redentora” y “reparadora”, y en el mismo sentido, “mediadora por redención”, sin que se pueda decir por eso que nos redimió con su muerte igual que Cristo, sino que cooperó a nuestra salvación mereciendo de congruo la encarnación y la salud orando, pidiendo concibiendo a Cristo, ofreciendo su vida y la de su Hijo, sufriendo con él. Aluden igualmente dichos autores al “martirio” a que fue sometida la Virgen inmaculada en la pasión de su Hijo. Por él coopera, en la medida que le era propia, a la redención del género humano. El valor redentor del mismo lo ponen generalmente tanto en la unidad existente entre Madre e Hijo en las dolores, como en la comunidad de voluntades. Durante la pasión, la vida de la Virgen es paralela a la de Cristo. Y una de las cuestiones que plantean algunos de los mencionados autores en relación al sufrimiento de la Madre de Dios es la del “espasmo” de la misma, resolviéndola afirmativamente Quaresmio y otros autores, después de definir el “espasmo” como animi deliquium. Ponen también de relieve la oblación que María hizo al eterno Padre de su Hijo. Era algo suyo propio, pero conociendo la voluntad del Altísimo lo ofrece a la pasión. Este acto de voluntad mariana nos mereció en algún modo la redención y le dio mayor dignidad. De aquí concluyen que la salvación eterna se la debamos, no sólo a Cristo, sino también a María. Como antes lo hemos advertido ya, quizá sea la relación de María a la Iglesia uno de los puntos más significativos de la obra agredana. En el momento cumbre de la redención, ella coopera a la salud de los hombres en calidad de receptora de los méritos de Cristo, bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. María, Reina y Señora nuestra. La Mística Ciudad de Dios nos presenta a la Virgen después de la pasión de Cristo como muerta también y sepultada con su propio Hijo: es ahora la Virgen del silencio y de la soledad, y en el silencio y soledad vive aquellos tres días esperando la resurrección, alabando a Dios como cooperadora y madre del triunfador del pecado. Durante este tiempo desaparece de la mente de la agredana la idea de María signo de la Iglesia, para reaparecer de nuevo con más fuerza después de la resurrección de Cristo y sobre todo después de su ascensión a los cielo. Es la madre fiel y humana que acompaña a su Hijo en la angustia y efectos de la muerte hasta que resucita victorioso. La resurrección de Cristo marca el comienzo de una nueva etapa, la definitiva, en la existencia de María. Parecía justo que la que había sido compañera fiel del Redentor en la pasión lo fuera también en la gloria de su resurrección. Desde el instante de su inmaculada concepción, “había salido como río caudaloso del océano de la divinidad, donde en los eternos siglos fue ideada”. En el contacto con el Señor resucitado, la corriente fiel de su vida llega al remanso final. Creemos conveniente señalar aquí, por su significado, una visión que se dice tuvo la Virgen pocos días antes de la ascensión. En esta visión María es asunta al ciel y situada en un trono junto a las tres divinas Personas. El Padre eterno le encomienda la Iglesia fundada por el redentor. El Espíritu Santo, como a esposa amada sobre todas las demás criaturas, le comunica su sabiduría y gracia para que se depositen en su corazón los misterios, obras y doctrina, y lo que el Verbo humanado ha hecho en el mundo. Le habló también el Hijo, y volviendo ya al Padre, la deja en el mundo en su lugar, la encarga el cuidado de la Iglesia y la encomienda a sus hijos y sus hermanos como el Padre se los había encargado a El. En este momento es investida ante todos los ángeles y santos con el título de “reina de todo lo criado en el cielo y en la tierra”, “protectora de la Iglesia”, “señora de las criaturas”, “madre de piedad”, “intercesora por los fieles”, “abogada de los pecadores”, “madre del amor hermoso y de la santa esperanza’ y la poderosa para inclinar nuestra voluntad a la clemencia y misericorlia”. En ella quedan depositados los tesoros de la gracia y su corazón será como las tablas en las que queda escrita la nueva ley de gracia. Es el resumen de los misterios que Dios ha obrado en favor de los hombres, la, obra más perfecta de sus manos, a la que se comunica y en la que descansa la plenitud de su voluntad. Recibe finalmente una nueva participación en el ser, atributos y perfecciones de su Hijo para que así pueda ejercer su ministerio de madre y maestra de la Iglesia en lugar de Cristo. La Venerable presenta a María en esta última parte de su obra como la pura criatura que ha alcanzado la plenitud de perfección. Viva imagen de su Hijo, goza de un estado semejante al de la visión beatífica, de modo que aunque comparada con Cristo parecía viadora, comparada con el resto de los mortales parecía realmente comprensora y bienaventurada. Posee ya habitualmente la visión abstractiva de la divinidad. Recibe un nuevo modo de conocer, pues en vez de las especies sensitivas le infunde Dios otras más puras y sutiles. “La actividad de María santísima era semejante a la del mismo Dios, que es un acto purísima que obra con el mismo ser, sin que pueda cesar en sus operaciones infinitas… Toda ella parecía una operación infatigable y continua”. En ella se combinaban perfectamente la vida activa con la contemplativa. Finalmente, “era espectáculo nuevo y admirable para los ángeles, la obra perfecta de Dios, en quien no encontraba ningún impedimento, antes bien, el asentimiento pleno de su voluntad. Por ello aparece ante nosotros como el ejemplar y signo que encierra en sí misma todos los misterios que Dios había de obrar para redimir al género humano. Desde este “lugar solitario” María vuela a la Iglesia para comunicar a sus hermanos los tesoros de que ella está llena. Toda este parte de la Mística Ciudad está llena de apariciones de Cristo a su Madre y de asunciones de María al cielo. Tanto es así que la autora cree conveniente justificarse. Estamos dentro de una Historia Divina, dentro de una evolución mística, cuyo término es una “ciudad mística de Dios”. Uno de los signos de este proceso al que aludimos podemos verla en la situación de “conflicto” o “contradicción” que María experimentaba entre su voluntad y tendencia hacia Dios, a quien anhelaba poseer en la visión intuitiva, y su amor hacia la Iglesia que la retenía entre los hombres, conflicto que iba creciendo a medida que se acercaba su vida al final. Para completar esta descripción del estado en que María se encuentra al término de sus días, añadiremos otro hecho de importancia en la Mística Ciudad de Dios, por el que aparece claro el sentido de signo de la Madre de Dios como reina y señora de las criaturas, madre y maestra de la Iglesia. Se trata de la victoria final y definitiva sobre las potestades de los demonios. María es tentada. En este momento aplasta realmente la cabeza de la serpiente. Con las victorias de Cristo y María, el reino de Dios, que es la Iglesia, queda más firmemente establecido. Ella nos merece la fe y su difusión, nos merece el cúmulo de misericordias y dones adquiridos con la muerte del Hijo de Dios, pues los hombres, pecadores, no podían merecerlos. En esta circunstancia María da a luz a la iglesia que Cristo había fundado, como representante de la naturaleza humana, ora a Dios por los hombres y obtiene con sus méritos y perfecciones que no retire de ella su rostro. Frente al ambiente maravilloso en que se desenvuelve generalmente la obra agredana aparecen de cuando en cuando en sus páginas puntualizaciones que ponen las cosas en su lugar. Una de ellas la tenemos también en este momento en que María ha llegado a ocupar existencialmente el puesto que Dios la había asignado en su predestinación absoluta. Junto al “abismo de la gracia” es también la hija de este mundo que alaba a la tierra, al cielo, a los astros y a todos los elementos de este mundo y les da las gracias por el influjo benéfico que de ellos ha recibido. Creada en la tierra y de la tierra, de la tierra y por la tierra debía subir al Creado. Llegó por fin el día en que debía entrar en la bienaventuranza del Altísimo a través de la mortalidad. María no había sido incluida en la ley de los hijos de Adán, no participaba de las consecuencias del pecado y la muerte nada tenía que ver con ella. Quiso, sin embargo, llegar a la inmortalidad mediante la muerte corporal: para imitar a su Hijo, para imitar a sus hermanos e hijos, para que los hombres la consideraran de su misma naturaleza y vieran en ella un ejemplo; finalmente, para que la misma muerte fuera para ella fuente de méritos y gloria. Por todas estas causas María murió realmente, vencida por la tensión de su amor a Dios. A su muerte toda la creación se llenó de tristeza. Y antes de partir de esta vida encomendó la Iglesia a los apóstoles para que la amasen y defendiesen. Al tercer día de su muerte, María fue despertada de su sepulcro y asunta al cielo en cuerpo y alma para que estuviera eternamente a la derecha de su Hijo. Era la coronación de todos los privilegios que antes había recibido. María resucitó porque la carne de Cristo es carne de María, en la que él había resucitado. Resucitó también porque había participarlo con él en las obras de la redención. La resurrección de la Madre de Dios la compara la autora a una nueva generación. María engendró a Cristo semejante a sí misma en cuanto hombre pasible. Cristo la resucita y la hace semejante a sí mismo, coronándola con toda la gloria que una pura criatura podía recibir. Llena, pues, de toda la gloria posible en una pura criatura, entra en el cielo, donde es recibida por las Personas de la santísima Trinidad en un abrazo indisoluble, para que allí donde estaba la suma santidad por esencia estuviera también la suma santidad por participación. Al lector que desde nuestra mentalidad se acerca a la Mística Ciudad de Dios, una de las cosas que le llaman la atención es la frecuencia con que María es asunta al cielo durante su vida, ya antes de que Cristo realizara la redención y abriera las puertas del cielo. La autora es consciente de las dificultades que esta opinión plantea y, prudente, teme la novedad de este privilegio mariano, aunque no ve ningún inconveniente por parte del magisterio eclesiástico para atribuir este milagro al poder divino. Fueron la humildad y la caridad las puertas que la abrieron la posibilidad de ser exaltada al trono de Dios, para que allí fuera la consejera de la sabiduría divina en el gobierno de a Iglesia, Ser exaltada al trono de la Trinidad no quiere decir otra cosa que ser hecha partícipe, en razón de su condición de pura criatura, de las funciones divinas del señor, rey, juez, etc Su reino y dominio se extiende a todo aquello que abarca y comprende el reino de su Hijo, aunque de modo diferente, por participación. Predestinada María desde toda la eternidad para ser Madre de Dios y adornada en la tierra con la suma perfección posible en una pura criatura, ofreció a Dios con su fidelidad la plenitud del amor de que había sido objeto. En este momento de su vida recibe el premio, siendo constituida señora y reina de todas las criaturas. Antes no podía gozar plenamente de esta cualidad, ya que su vida fiel estaba en camino hacia la consumación. Para que pudiera ejercer convenientemente su oficio, Dios la encomendó todos sus dones y gracias, de manera que todos ellos fueran concedidos a los hombres por su mediación. La voluntad de María fue hecha una con la voluntad de Dios, de tal manera que lo que caía bajo el mandato de Dios caía también bajo el de su Madre, reina y señora nuestra. Mediadora en su predestinación absoluta, mediadora también en la tierra como hija de Sión para que no se retardara la redención, continúa siéndolo ahora en el cielo intercediendo por los hombres, sus hijos y hermanos. La autora de la Mística Ciudad de Dios nos ha expuesto a través de toda su obra una figura de la Virgen siempre fiel a su oficio de madre integral. Los autores del siglo XVII distinguen tres momentos en la escatología mariana: la muerte y resurrección de María, su asunción al cielo y el oficio de mediadora como reina y señora de todo lo creado. El hecho de la muerte lo justifican, bien diciendo que poseía una naturaleza mortal, porque aunque participó de la justicia original no poseyó el estado e tal jujusticia bien afirmando que aunque gozaba del privilegio de la inmortalidad cedió a sus derechos. Murió realmente para que los hombres no la tomasen por una diosa, para que apareciera su conformidad con Cristo o para que la muerte le sirviera de fuente de nuevos méritos, para que fuera ejemplar y abogada nuestra y las grandes riquezas de su satisfacción aurnentaran los tesoros de la Iglesia. onvienen todos los autores en que su muerte fue efecto de su amor vehementísimo. Su cuerpo no conoció la corrupción: la carne de Cristo era carne de María, preservada del pecado original, siempre virgen. Era además justo que el tabernáculo de Dios fuera colocado allí donde estaba Cristo. Por todas estas razones resucitó y fue asunta al cielo. En la asunción, María fue glorificada con la suma gloria posible a una pura criatura261, como correspondía a la dignidad de su divina maternidad, a sus propios méritos y humildad o a la liberalidad de Dios262. Hablan también todos los autores del trono de la Virgen y de la jerarquía singular que ella ocupa entre las puras criaturas. Ya en el cielo es constituida reina y señora, madre y mediadora de todo el universo. Y desde allí puede ejercer eficazmente su ministerio mediador, pues elevada al orden hipostático por su divina maternidad, ve en el Verbo las necesidades de todos los miembros de la Iglesia. Su mediación se extiende a todo el universo. La doctrina de la Mística Ciudad de Dios también en este punto es concorde con la de los autores contemporáneos, en cuyas obras pueden leerse incluso muchos de los detalles narrados en la Historia Divina. A modo de ilustración, y para que se vea cómo González Mateo encauza el privilegio agredano de las asunciones temporales de María, vamos a ofrecer aquí su argumentación. González Mateo es un agredista, pero es también un teólogo. Es esta última cualidad la que aquí nos interesa. Considera la doctrina de que María fue asunta al cielo antes de la ascensión de Cristo como indudable, y cita en su favor a Carlos del Moral. Se basa para ello en los principios generales de que la Madre de Dios no estaba sometida a las leyes comunes y que lo que se da en los santos no puede faltar en María. Afirma, por otra parte, que es una sentencia común entre los Padres y teólogos que María vio intuitivamente la esencia divina antes de la pasión de Cristo, bien fuera en la encarnación o en el nacimiento de Cristo. Y argumenta a continuación: es un don mucho más grande, según todos los teólogos, el que un hombre vea a Dios intuitivamente en el estado de viador, que el que sea llevado al cielo en cuerpo y alma, porque la visión intuitiva de Dios es el elemento formal de la bienaventuranza y el cielo empíreo no es sino el elemento material, el lugar destinado por Dios para manifestar se intuitivamente a los elegidos. Además, según los teólogos, la pena del pecado tiende primariamente a la privación perpetua de la visión y fruición de la divina esencia. Secundariamente, a la exclusión perpetua del lugar destinado a los bienaventurados. María se vio libre de todo pecado, tanto original como actual. En consecuencia, la ley que cerraba el cielo a los que habían pecado no era aplicable en el caso de la Madre de Dios. Este privilegio no deroga el primado de Cristo en la ascensión, ya que la excelencia y primado de Cristo en este aspecto consiste en que él fuera el príncipe de la gloria y primogénito de toda criatura, de tal manera que nadie entrase a la fruición de la visión beatífica, sino por sus méritos y dependientementede ellos. El es además el que primero entró en el cielo permanentemente. De aquí podemos deducir al menos una conclusión. Y es que por más extraño que nos parezca el citado privilegio mariano, hay teólogos que se plantean la cuestión seriamente y que incluso la ven como “indudable”.
DOCTRINA ESPIRITUAL DE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS
Como un apéndice que completa lo expuesto anteriormente sobre el género literario y la doctrina mariológica de la Mística Ciudad de Dios, ofrecemos unas breves indicaciones sobre la doctrina espiritual contenida en la obra. Comencemos puntualizando el sentido del término “espiritual”, que de suyo es sumamente ambiguo. Nosotros lo tomamos aquí en el sentido que tiene esta palabra en la denominación técnica “teología espiritual”. Queremos, pues, referirnos a la doctrina ascético–mística que se contiene en esta célebre obra. Recordemos brevemente algunas observaciones ya hechas. La Mística Ciudad de Dios es fundamentalmente un libro de edificación. Enseña cómo debe comportarse el alma en el camino de la perfección cristiana y religiosa. La fuente de donde saca las enseñanzas es el espejo de la vida de María. La incitación a la virtud, y aun a lo sumo y perfecto de la virtud, es en esta obra constante. Cada capítulo tiene, además, un apartado, “Doctrina de la Reina del Cielo”, en que se expone una enseñanza concreta o comportamiento práctico que guarda relación con el pasaje de la historia de la Virgen que se ha expuesto en el cuerpo del capítulo. Esta doctrina de la Virgen tiene la particularidad de que se presenta como dada por María a la autora para su uso particular, y muchas veces, en efecto, se refiere a las circunstancias concretas de a vida de la Venerable; así, por ejemplo, le enseña cómo debe comportarse con sus súbditas, pues era abadesa de un monasterio de clausura, etc. Pero, aun fuera del apartado titulado “Doctrina de la Reina del Cielo”, casi constantemente se habla de la práctica de la perfección. Hay también en la obra exposiciones sistemáticas de las virtudes. No vamos a exponer aquí dicha doctrina. Por lo demás, no presenta originalidad particular, fuera de la insistencia en la imitación de María, en quien se halla el modelo más acabado de toda virtud posible a pura criatura. Nos vamos a fijar especialmente en la doctrina referente a estados místicos, que muchas veces se expone en la obra, y más que se expone, se adivina como subyacente a la misma. Dicho con otras palabras: sin que los estados místicos sean objeto de exposición directa, toda la obra estará como inmersa en un mundo o ambiente que los supone. La Madre Angeles Sorazu, que se formó ampliamente en la escuela de la Mística Ciudad de Dios, nos dice en su Autobiografía que a ella siempre le gustaron mucho y le hicieron mucho bien los libros de la “teología cristiana y divina”; en cambio, sentía cierto desvío o prevención hacia los de “teología mística”. Con esta terminología un tanto original, “teología cristiano–divina” por oposición a “teología mística”, quiere decir algo que a sus ojos es importante, a saber, que para alimentar nuestra vida espiritual e impulsar nuestra archa hacia Dios los libros preferidos son los que centran nuestra atención refleja en Dios, en Jesús, en María, etcétera, los que nos ayudan a adherirnos a ellos y a salir de nosotros mismos. Por el contrario, abriga sus reservas sobre los libros que con sus análisis de estados, gracias místicas, modos de oración, grados, etc., fomentan una actitud de mirada refleja del alma sobre sí, con los inconvenientes y peligros de desviación que esto implica. Desde luego, la Madre Angeles Sorazu incluye a la Mística Ciudad de Dios entre los liros de la “teología cristiana y divina”; o sea, entre los libros que por su tema constituyen el alimento sano y sustancial del alma, que es la exposición del misterio cristiano revelado por Dios. Esto es, en efecto, la sustancia de la Mística Ciudad de Dios, explíquense como se quieran las numerosas alusiones que hay en ella a visiones y revelaciones. No obstante, en esta obra encontramos también mucho de ciencia mística, en parte expuesto y en parte, y más aún, supuesto. Por la dificultad de incluir doctrina explícita de estas cosas en la obra, la autora misma nos remite a otra obra suya: Leyes de la Esposa, ápices de su casto amor.  Cuando se lee con alguna atención la Historia Divina y Vida de la Virgen, tal como la Venerable nos la cuenta, se advierten en seguida múltiples indicios de un curioso fenómeno: Sor María hace como una transferencia o traspaso de experiencias místicas propias a la vida de la santísima Virgen. La Venerable fue un alma de vida mística excepcional. Poseía conocimientos de los estados místicos por haberlos vivido y experimentado, y también por doctrina aprendida de lecturas y del trato con sus directores. Y así ocurre que cuando describe la vida de la santísima Virgen le atribuye muchos de estos estados que ella misma ha pasado y que le parece natural o verosímil que la santísima Virgen los tuviera. Aparte de esto, existen en la obra curiosas indicaciones sobre estados psicológico–místicos de la propia autora. Aquí nos vamos a limitar a lo que ella dice de la vida de la Virgen en cuanto le atribuye estados místicos y una conducta práctica en relación con los mismos. Nuestras indicaciones, dada la extensión de la obra y la abundancia del tema, forzosamente han de ser fragmentarias y las vamos a limitar a los primeros libros, pues con esto tendremos lo suficiente para el objetivo que nos hemos propuesto. En el capítulo 16 del libro, al hablar de los dones y gracias que se le dieron a la Virgen en su Concepción, afirma que se le concedió ver a Dios “abstractivamente con otra luz y vista inferior a la visión beatífica, pero superior a todos los otros modos con que Dios se puede manifestar o se manifiesta al entendimiento criado”. Sobre cómo fue esta visión abstractiva que gozó la Virgen ya en el seno materno hay más pormenores en el capítulo. Posteriormente, la expresión “visión abstractiva de la divinidad” aparece profusamente repetida en la obra, atribuyéndola a la Virgen en diversos episodios y momentos de su vida. Como ya insinuamos anteriormente, con esta terminología la Venerable designa la contemplación infusa o experiencia mística esencial. Al nacer la Virgen es elevada al cielo y se le concede un momento de visión intuitiva. Esta visión intuitiva es propia de los bienaventurados, y sólo en casos contados dice que se concedió a la Virgen: en el nacimiento, a los tres años al ser llevada al templo, en el momento de la encarnación, en el nacimiento de Jesús, etc. En cambio, la visión abstractiva, que es compatible con el estado de viador, se le atribuye con mucha frecuencia. En el capítulo 23 del libro I nos habla del trato de la Virgen con los ángeles, afirma que ésta fue una de sus principales ocupaciones cuando fue viadora, detalla lo que aprendía de ellos, etc. En infinidad de lugares de la obra se habla de relaciones de la Virgen con los ángeles. También en este particular parece que la Venerable hace una transferencia de sus propias experiencias, pues en su propia vida mística el trato con los ángeles ocupó un puesto de primera importancia. En el libro II nos cuenta cómo María, al cumplir los tres años, es llevada al templo para ser allí educada en un colegio de niñas bajo una maestra, que no fue otra que Ana la profetisa. Con este motivo presenta a la Virgen como dechado de la vida religiosa y expone los bienes, ventajas y finalidad de este estado. Con palabras puestas en labios de María nos dice que el estado religioso es “ordenado por el Altísimo para que en él se conserve la doctrina de la perfección cristiana y perfecta imitación de la vida santísima de mi Hijo”. Es notable la coincidencia con las expresiones del Vaticano II: “Este mismo estado imita más de cerca y representa perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo para cumplir la voluntad del Padre y propuso a los discípulos que le seguían”. En el capítulo cuarto del libro II, y también en otros lugares, nos dirá que el sueño no le impedía a María la altísima contemplación. No son afirmaciones gratuitas, sino abonadas por experiencias que sin duda ella conoce. De capital importancia para nuestro asunto es el capítulo 14 del libro II, en que de propósito y con detención nos habla de la vida mística de María. Aunque ella no emplea el término mística en este sentido, sino que abarca todo este complejo de estados, gracias y fenómenos bajo la denominación genérica de “visiones y revelaciones”. Expone las ventajas y peligros de este camino que sigue Dios con algunas almas, no con todas, y a continuación detalla uno por uno los cinco géneros de visiones que tuvo María, a saber: primero, visión clara de la divina esencia, en momentos contados; segundo, visión abstractiva de la divinidad, o contemplación infusa, aunque ella no conoce este término; tercero, visiones y revelaciones intelectuales; cuarto, visiones imaginarias; quinto, visiones, divinas corpóreas. Sobre todas ellas se extiende con alguna amplitud y detalle. La doctrina práctica que la Virgen le da en relación con estas gracias es la necesidad de someterlo todo al juicio y censura de los directores, el atender a los efectos para discernir sin engaño y el no buscar los gustos del mundo ni aun en cosas lícitas; ésta es la ciencia que enseñan las visitas del Altísimo. En el capítulo 15 del mismo libro II vuelve a su tema favorito del trato de la Virgen con los ángeles, cómo era, qué aprendía de ellos, etc. Los ángeles eran para la Virgen espejos en que reverberaba la imagen de Dios. Señala dos maneras de conocer a los ángeles: una de visión inmediata y otra intelectual por especies infusas, al modo de la visión abstractiva de la divinidad. En el capítulo 17 toca otro tema típico de los místicos experimentales: el de las ausencias de Dios. Y en el capítulo 19 nos informa que la niña María, que estaba de colegiala en el templo, padeció ausencia de Dios por diez años. En el capítulo 20 nos dice cómo terminó aquella ausencia de Dios con una visión abstractiva de la divinidad; de ella le quedaron a María especies con las que luego se elevaba maravillosamente. Todos estos datos son sin duda transposición de estados y fenómenos similares que ella conoce por propia experiencia, excepto, claro está, la visión beatífica y las visiones puramente corporales que tampoco debió de tener. Cuando el Señor manifestó a la Virgen su voluntad de que tomara el estado de casada, dice la Venerable que ésta fue una de las mayores pruebas para su fe, pues tenía hecho voto de castidad. Por fin contrae matrimonio con José, que tenía el mismo voto. Con esta ocasión nos habla del estado de matrimonio y asienta la afirmación de que es engaño culpar al estado de no ser perfectos, pues Dios nunca falta. Por fin termina el libro II presentando a María como prototipo de la mujer fuerte, de que nos habla la Biblia. En el libro III nos presenta la vida de María después de su matrimonio con José en Nazaret. No ignoraba María –nos dice en el capítulo primero– los efectos que la mano de Dios hacía con los que trataba: muchos con sólo verla o hablarla se convertían, salían de pecado, etc. También aquí seguramente hay transposición de experiencias vividas por ella misma. A lo largo de nueve días escalonados va preparando Dios a la Virgen para la Encarnación: la preparación consiste en visiones abstractivas y en diversos dones y potestades con que se le adorna. Pero cuando el arcángel san Gabriel viene a anunciarle el misterio, Dios la deja en el ser y estado común de las virtudes, a fin de que este misterio se obre como sacramento de fe. En este estado común confiere con el ángel. También en el episodio de la pérdida del Niño a los doce años nos dirá que Dios dejó a la Virgen “aquellos tres días en el estado común que solía tener cuando carecía de los particulares favores y casi en el estado ordinario de la gracia; porque fuera de la vista y habla de los santos ángeles suspendió otros regalos y beneficios que frecuentemente comunicaba a su alma santísima”. El momento de la Encarnación es otro de los momentos en que, según la Venerable, se concedió a María la visión beatífica19. Atinadamente observa, con todo, la cronista de la Virgen, que sería un error creer que ésta vivió siempre en delicias espirituales; antes al contrario, a imitación de su Hijo vivió gozando y adecien dosimultáneamente. Siempre tenía presente la Pasión de su Hijo, de modo que durante treinta y tres años continuados estuvo celebrando la vigilia tan larga de nuestra redención. En el capítulo 13 explica las dotes de los bienaventurados y participación que tuvo de ellas la Virgen. Con esta ocasión afirma que de la visión intuitiva y de las muchas abstractivas que tuvo, aunque todas de paso, le quedaban en su entendimiento especies claras con las que gozaba de una noticia y luz de la divinidad; y cuando se le escondía el Señor usaba de sola la fe infusa. Los divinos efectos, dice en el mismo capítulo. Se les comunican a unos por el modo común de la gracia y a otros por orden más sobrenatural y milagroso. En el capítulo siguiente nos habla de deliquios que la Virgen padecía, causados por la fuerza y violencia del amor: “Y así sucedía que con la herida penetrante de esta dulcísima flecha llegaba al extremo de la vida. Sin duda, la autora piensa en el fenómeno místico llamado heridas de amor. En muchos otros lugares de la obra nos habla en términos parecidos. El episodio de la visitación de María a su prima Isabel está contado muy largamente en la obra. María está informada de las cosas de su parienta por el ángel. Conoce que es voluntad del cielo que vaya a visitarla; pide para ello licencia a su esposo, pero sin manifestarle la orden del cielo. Este detalle de la conducta de María, que guardaba secreto de las cosas que sabía por camino sobrenatural, será insistentemente subrayado por nuestra autora, deduciendo de todo ello la enseñanza de que el alma debe ocultar los favores sobrenaturales que recibe, no manifestándolos más que al que gobierna su vida interior26. Isabel, en el tiempo que estuvo María en su casa, algunas veces pudo ver a ésta en oración, arrebatada y levantada del suelo y toda ella llena de divinos resplandores y hermosura. Hablando de los beneficios que María hizo estando en casa de Isabel, le atribuye el don de penetrar el secreto del corazón y conocer el estado de la conciencia. En el capítulo, María presenta a Dios en la oración un deseo de su prima Isabel, pero otro deseo de ésta no se lo presenta, porque sabe que no es voluntad de Dios. En el capítulo 25 se nos habla de cómo María preveía el dolor que iba a recibir José al advertir su preñado; y con todo, no le habló palabra de ello. La razón de este silencio es que no tenía orden de hablar de esto, aunque tampoco tenía orden de callarlo. Cuando empezaron las perplejidades de José, todo lo que pasaba por su corazón le era manifiesto a María; sin embargo, ella callaba. La lección de todo esto es que se debe guardar secreto de los favores de Dios, excepto con el que gobierna el alma. También José vio muchas veces a María en éxtasis, elevada de la tierra y llena de refulgentísima luz. De los actos fervorosos le redundaba a la Virgen algún ardor preternatura. Cuando salió el decreto de César para ir a empadronarse, María estaba ya sabedora de que su Hijo nacería en Belén como peregrino y pobre; pero nada dijo a José, porque sin orden del Señor no declaraba su secreto. El nacimiento de Jesús es otro de los momentos en que a María se le concede la visión intuitiva. El Niño, al nacer, dice a su Madre: “Asimílate a mí. Este será uno de los grandes temas de la Mística Ciudad de Dios: María es la discípula por antonomasia de Jesús, su perfecta imitadora, la que se asimiló su espíritu y fue predestinada por Dios para ser la copia viva y más perfecta posible del Hijo de Dios hecho hombre. Según la Venerable, María ignoraba si debía circuncidar al Niño. Preguntarlo por vía sobrenatural al Señor no le parecía prudente, pero al fin hubo de hacerlo. Luego, cuando habla con José del asunto, nada le dice de la respuesta que ha recibido por vía sobrenatural. La enseñanza es que no se debe con vana curiosidad investigar y preguntar por caminos sobrenaturales, tanto más cuanto que muchas veces es el demonio el que responde, transfigurado en ángel de luz.Tanto en este capítulo como en general en toda la obra, la Venerable insiste mucho en la reverencia y respeto al Ser divino de que debe estar penetrada la criatura en su trato con él, sin pasar a familiaridades y “parvuleces” que olvidan la distancia que media entre la criatura y el Ser infinito. En el capítulo 15 nos dice que María sabía que iban a venir los Reyes a adorar al Niño, pero tampoco se lo dice a José, hasta que dos celestiales mensajeros se lo notifican. En este mismo capítulo y en otros muchos nos advierte la Venerable de cómo María conocía las operaciones interiores del alma de su Hijo, que oraba al eterno Padre por el linaje humano. Esta fue, en estos primeros años de la vida del Niño, la escuela en que aprendió María, asimilando y reproduciendo los mismos sentimientos de su Hijo. En el capítulo 16 se nos habla de los Reyes Magos y se nos dan detalles acerca de su virtud y honradez: “Eran a más de esto hombres rectos, verdaderos y de gran justicia en el gobierno de sus estados; que como no eran tan dilatados como los reinos de estos tiempos, los gobernaban con facilidad por sí mismos. Aquí hay tal vez una velada alusión a un mal conocido de la España de su tiempo, gobernada más por validos que por el propio rey. Repetidas veces se lo reprochó la Venerable al abúlico Felipe IV. En el capítulo 17 presenta a los Magos proponiendo dudas y preguntas a María. A todas contestaba ella confiriendo con el Infante en su interior: “Confería con el Infante en su interior todo lo que había de responder”. En el capítulo 18 nos informa de nuevo acerca de este favor que gozaba continuamente, viendo con claridad el alma santísima de su Hijo y todas sus operaciones, para imitarlas. Teníala presente como un espejo clarísimo y purísimo en que se miraba y remiraba. Así llegó a ser la única y señalada discípula en quien se estampó al vivo su doctrina. Cuando María va al templo a presentar al Niño tiene allí una visión intelectual. Después se quedan por nueve días en Jerusalén para visitar el templo diariamente, pero en el quinto día, en el curso de una visión abstractiva, manifiesta Dios a la Virgen que tienen que ir con el Niño a Egipto. No obstante, María no dice nada de ello a José, hasta que éste es informado en sueños por un ángel. Mientras la sagrada familia camina a Egipto, vuelve a hablarnos de la mutua compenetración de almas que había entre Madre e Hijo: lloraba el Niño a veces, y María sabía que eran lágrimas de amor y compasión por el remedio de los hombres y por sus ingratitudes; y en esta pena y llanto también le acompañaba la dulce Madre. Madre e Hijo –dice en el capítulo siguiente, contando la travesía del desierto camino de Egipto– “se hablaban con el interior y se respondían”. Aun cuando durante la travesía del desierto Dios les proveía de alimento milagrosamente, pero no lo hacía hasta que llegara la necesidad al extremo. Y una vez que están en poblado, cesa la ayuda de los ángeles, y entonces tienen que recurrir a la limosna, hasta hallar trabajo. María en Egipto dedica todo el día a las labores de manos pero sin faltar un punto a la contemplación. Las horas que durante él día solía dedicar a especiales ejercicios las trasladó a la noche, a fin de trabajar más durante el día. El Niño le dice a la Madre: “Y porque aquí no tenéis las Escrituras sagradas, cuya lección os era de consuelo, leeréis en mi ciencia la doctrina de la vida eterna. María era el águia real que podía mirar al sol de la inefable luz de hito en hito. Cumplía con el fin para que el Verbo divino tomó carne. Cuando dormía el Niño, la Madre veía “desvelada la parte superior del alma santísima de su Hijo en obras tan heroicas de viador y juntamente comprensor. La lección práctica de estos episodios de Egipto es que “cuando por medios humanos se puede granjear debidamente, no se han de esperar milagros”. En el alma de Jesús conoció la Virgen lo que sucedió en Belén con los niños inocentes. Deseaba saber qué había sido del Bautista, pera no se atrevió a preguntar a su Hijo este suceso por la reverencia y prudencia con que le trataba en estas revelaciones. Mas Jesús responde al piadoso y compasivo deseo, declarándoselo. Cuando ya el Niño Jesús ha crecido algo y empieza a andar por sí mismo, estando aún en Egipto, dice a la Madre: “En vos quiero que se ejecute y estampe la alta perfección que he deseado para las almas”. A la Madre le eran manifiestas, vuelve a decirnos la autora, las operaciones interiores del alma santísima de su dulcísimo Hijo60. La Virgen no tenía siempre visiones de la divinidad, pero siempre tuvo de la humanidad y alma santísima de su Hijo y de todas sus obras. En Egipto celebró María el aniversario de los misterios de la Encarnación y del Nacimiento, y esta costumbre conservó toda la vida. La lección práctica de esto es renovar la memoria de los beneficios recibidos: “Este recuerdo causará en tu corazón efectos dulces de amor y fuertes para trabajar con diligencia”. En el alma de su Hijo conoció también María la voluntad del Padre para regresar de Egipto a tierra de Israel, pero nada dijo de ello a José, hasta que el ángel se lo ordenó en sueños a éste. Al anunciarnos el contenido del libro V la Venerable asienta otra vez el mismo gran pensamiento que tantas veces hemos visto repetido en las líneas anteriores: “Contiene la perfección con que María santísima copiaba e imitaba las operaciones del alma de su Hijo amantísimo”. Esta fue su ocupación durante los veintitrés años de Nazaret; se deducen en esta cuenta los tres de la vida pública y los siete de Egipto. A fin de que llegara a ser discípula más perfecta, tanto Dios como el propio Hijo prueban a María con ausencias66.Esta ausencia se prolongó durante treinta días. La razón de toda esta conducta de Dios con María es que la Trinidad señaló y destinó a María por primogénita y primera discípula del Verbo humanado para que formase en ella como el padrón y ejemplar por donde se habían de copiar todos los santos Apóstoles, Mártires, Doctores, Confesores, Vírgenes, y los demás justos de la nueva Iglesia68. Del remanente de su sabiduría y gracia, como de un mar inmenso, redundó todo cuanto recibieron y recibirán los demás santos, hasta el fin del mundo. Fuerza es ya detenerse en el examen de la obra. Las indicaciones que anteceden son más que suficientes para darse cuenta de la índole espiritual de ella y para advertir el lugar que en la misma tienen los estados místicos. La autora es un alma que ha pasado por estos estados; algo y más que algo sabe sobre cómo debe comportarse la persona ante tales gracias. Y todo esto, como habrá podido observarse, lo ha vertido en su vida de la Virgen. También nos es posible observar en estas páginas las ideas de la autora sobre algunos puntos controvertidos hoy en teología mística. Así, por ejemplo, las gracias místicas parecen ser consideradas por ella como algo extraorinario y milagroso, aparte del orden común; algo que de suyo no es necesario para la perfección, aunque sean una ayuda poderosa para ésta. Se habrá notado también la insistencia con que inculca el secreto que debe guardarse respecto a las gracias recibidas; pero este secreto tiene una excepción: el director, a quien el alma debe someter todo. El camino de pobreza y humildad, que el Hijo de Dios humanado venía a recorrer para que fuera nuestro camino de salvación, fue asimilado y practicado en primer lugar y en eminentísimo grado por su Madre; este pensamiento capital es una de las ideas directrices de la Mística Ciudad de Dios. La pobreza y la humildad, como la sustancia y resumen del camino de Cristo, aparece en muchos lugares de los misterios de la infancia. Precisamente, según la Venerable, esto fue lo que despistó a Lucifer. Siendo él soberbio, no le cabía en la cabeza que el Mesías escogiese el camino de la pobreza y humildad, y por esto no se acabó de convencer que Jesús fuese el Mesías hasta después que éste murió en la cruz. También el principio de que no se debe esperar milagros cuando se puede granjear la cosa por medios naturales está expresa y repetidamente formulado en la obra, como se ha visto. Dígase lo mismo de la doctrina de que no se debe inquirir curiosamente cosas por vía sobrenatural, el peligro que existe de engañarse en las respuestas, de que éstas sean del demonio, etc. Un punto que machaconamente repite, sobre todo en el apartado titulado “Doctrina de la Reina del cielo”, es la necesidad de que el alma muera o renuncie a lo deleitable y sensible, al amor desordenado de las cosas criadas, como condición indispensable para darse a Dios. Al alma se le plantea inevitablemente la alternativa: o el amor de Dios o el amor del mundo. Es preciso escoger. Morir al uno a fin de vivir para el otro. Por todo ello, salta a la vista que la obra, en su doctrina espiritual, es firmemente sólida y concordante en todo con la tradición de mejor cuño.
© Ricardo Romero. Argentina – Mar del Plata. Difusor de la Orden de la Inmaculada Concepción y de la causa de la beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de Mística Ciudad de Dios. Escribir a: mensajeromariano@live.com

 

Venerable Madre Sor María de Jesús de Ágreda
Beatificación María de Ágreda
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PROLOGO
La iglesia entera se está poniendo en estos años en una activa preparación a la celebración del gran jubileo del año 2000. El Santo Padre ha animado a todas las iglesias locales, lo mismo que a las diversas familias religiosas y a los laicos en general, a participar en esta preparación para que el fruto del jubileo sea abundante. Este Monasterio de la Concepción de Agreda, en comunión con la iglesia local de Osma-Soria de la cual forma parte, y en sintonía con la iglesia Católica universal, se asocia a este movimiento de preparación a la inauguración del Tercer Milenio Cristiano. Las finalidades que persigue la celebración de/Jubileo anunciado por el Papa, son múltiples. Ante todo se pretende una renovación profunda de la vida cristiana. Como al advenimiento de Cristo precede siempre el reinado de la Virgen María, este Monasterio se propone trabajar en la intensificación de la piedad mariana para que la venida del Tercer Milenio sea preparada por la actuación maternal de María. Para ello nuestro Monasterio no cuenta con otro medio mejor que la difusión de la vida y el mensaje de nuestra fundadora, la mística doctora de la Inmaculada, Venerable María de Jesús de Agreda. La celebración del jubileo pretende también la reconciliación entre los cristianos, poniendo fin a las divisiones que han perjudicado a la unidad de la Iglesia en el curso de este segundo milenio que se cierra. Y también en este punto tiene nuestro monasterio una misión que realizar. Su intento es preparar por todos los medios el conocimiento de la figura discutida de su Fundadora, la Ven. M. María de Jesús de Agreda, para que entre las rehabilitaciones históricas que se quieren llevar a cabo en el curso del próximo jubileo, ocupe un lugar de preferencia. Con los modestos medios con que cuenta nuestro Monasterio para la consecución de tan altos fines, hemos preparado esta sencilla publicación que dará una primera información sobre la vida y actividad prodigiosa de nuestra Venerable. Los que se sientan movidos a profundizar sus conocimientos podrán luego acceder a la lectura directa de su gran obra ” La Mística Ciudad de Dios ” y de la biografía completa de su autora. Quiera la Virgen inmaculada bendecir esta iniciativa nuestra para que los abundantes frutos que todos esperamos del Tercer Milenio Cristiano que se prepara, nos traiga el advenimiento del Reino de Cristo precedido por la vivencia colectiva en la iglesia, y la beatificación de la Ven. M. María de Jesús de A greda. Agreda, 8 de diciembre de 1999M. María Vega ArenzanaAbadesa del Monasterio de la Inmaculada Concepción.   Beatificación María de Ágreda
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AGREDA
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Como Avila, Loyola o Lisieux, Agreda es un punto geográfico célebre en todo el mundo por una persona de extraordinarios destinos que lo ha inmortalizado. Esa figura excepcional es la Ven. Sor María de Jesús conocida, precisamente en Agreda, por el lugar de su nacimiento. En esta villa, de la que se ha dicho que es el bastión de Castilla hacia Aragón, nació el 2 de abril de 1602 Sor María de Jesús Coronel y Arana, en la calle de las Agustinas. En su árbol genealógico se cruzaban diversas procedencias. Su madre, Doña Catalina de Arana era de ascendencia vasca, con documentos de hidalguía que hasta el día de hoy se conservan en el archivo de las MM. Concepciones de Agreda, procedente de la villa vizcaína de Izurza. El padre, Don Francisco Coronel era natural de Agreda. María de Jesús tuvo dos hermanos, Francisco y José. Ambos religiosos franciscanos. Como hermana, tuvo a Jerónima, que como ella, ingresó en la Concepción de Agreda. Dotada de excepcionales cualidades, en su niñez se mostró como mujer apocada y llena de complejos que nadie sabía explicarse. El misterio de todo estaba en que muy precozmente empezó a actuar Dios en ella con fenómenos de iluminación interior que le revelaba su nada, la vanidad de todas las cosas creadas y el pecado que reinaba en el mundo. Las primeras experiencias religiosas en un medio ambiente impregnado de espíritu cristiano pusieron de manifiesto un alma hecha para vivir intensamente de lo divino. A los 4 años de edad fue confirmada por el famoso obispo Mons. Yepes, biógrafo de Santa Teresa. A los 6 años recibió la primera comunión y a los 8 había hecho secretamente su voto de castidad. Ya a los 12 quiso ingresar en las carmelitas descalzas de Tarazona. Cuando tenía 13 años sus dos hermanos entraron franciscanos. Fue en este tiempo cuando sus padres tomaron una decisión desconcertante para la población agredeña: convertir el hogar doméstico en convento concepcionista. Catalina Arana había tenido una visión en que se le decía debía hacerse religiosa y convertir su casa en convento. Fue a consultar su revelación con su confesor que vivía en el convento franciscano extramuros de la villa. Con increíble sorpresa, se le hizo encontradizo en un lugar que todavía se señala en el término de los muros del Convento, su propio confesor que venía a hablarle de la visión que había tenido también él sobre la fundación querida por Dios. La cosa tenía todas las pruebas de origen divino. Faltaba convencer al marido Francisco Coronel para que diera su consentimiento. Toda la villa se enteró de los proyectos y tomó parte en pro y en contra de la iniciativa. Don Francisco se dejó persuadir por su mujer, y tuvo lugar la fundación. Los hijos eran franciscanos; el padre ingresó también como lego franciscano. Quedaban las tres mujeres: madre y dos hijas para realizar el plan fundacional. Catalina Arana y sus hijas decidieron que la familia religiosa a La que se había de confiar la nueva fundación había de ser la orden contemplativa de la Inmaculada Concepción, y de la rama estricta de las recoletas o descalzas. Para abrir el proyectado monasterio y proceder a la erección canónica, vinieron del convento de Burgos tres religiosas concepcionistas que iniciaran a las aspirantes en el espíritu de Santa Beatriz de Silva. La presencia de las monjas burgalesas en Agreda duró cuatro años. Terminado el período de la formación de las primeras monjas, regresaron a su monasterio de origen. Para dar nuevos vuelos al monasterio agredeño, llaman las nuevas profesas a otro grupo de tres monjas del monasterio del Caballero de Gracia en Madrid. Al cabo de otros cuatro años regresan también éstas a Madrid. El monasterio de Agreda cuenta con suficientes elementos propios como para llevar adelante la plena observancia de la vida concepcionista recoleta. El mismo día en que la casa de los Coronel-Arana se convertía en convento (13.1. 1619), María Coronel tomó el hábito, cambiando su nombre de pila en Sor María de Jesús. La vida de la M. Agreda es impensable sin este marco de la clausura concepcionista. La orden de santa Beatriz la orientó hacia el misterio central de la Inmaculada Concepción, que había de ejercer en toda su vida una fascinación humanamente inexplicable. La inexorable reclusión de la vida enclaustrada encauzó la fuerza poderosa de su inteligencia y de su voluntad hacia un crecimiento en dirección vertical. La estrechez del monasterio primero, reducido a los muros de la casa paterna, lanzó a la adolescente María de Jesús a una vida de superior expansión hacia la mística. Bien pronto, ya desde el noviciado, hizo eclosión en ella esta llamada mística, con abundantes fenómenos de arrobamientos y éxtasis. Comenzó esta etapa a los 18 años aproximadamente. La forma que los trances místicos revistieron era la del éxtasis. La joven concepcionista permanecía inmóvil e insensible por espacio de dos o tres horas. El éxtasis venía acompañado de la levitación. Se elevaba sobre el pavimento y adquiría una levedad tan pasmosa, que un pequeño soplo podía mover en uno u otro sentido la masa ingrávida de su cuerpo. Se enardecía su rostro hasta tomar la forma de un verdadero serafín. Y estos arrobos llegaron a más del millar, por lo general, en presencia de gente indiscreta. El convento era pequeño. Los seglares de la villa asistían a la misa en la pequeña capilla, y no faltaron indiscretos que, en connivencia con las religiosas, se acercaban a ver la cara encendida de la joven monja en éxtasis. Un sabio director espiritual interviene entonces en su vida, cortando por lo sano todos aquellos fenómenos extraordinarios. Mas la cesación de las exterioridades trae una concentración de lo sobrenatural en lo interior de la monja, la cual empieza a vivir unos fenómenos únicos de bilocación que le hacen actuar a distancia de miles de kilómetros en las tierras americanas de Nuevo Méjico. Era el año 1622. La monja tenía sólo 20 años.    Beatificación María de Ágreda
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LA EVANGELIZACION DE NUEVO MEJICO
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La bilocación que le trasladó a Sor María desde su retiro de Agreda sobre el Atlántico hasta las Américas fue en su tiempo algo que causo el más grande estupor, no sólo en España sino en las mismas Indias, donde ha perdurado hasta nuestros días la fama de la dama azul del Oeste que evangelizara vasta zonas de Nuevo Méjico. Estos fenómenos tuvieron lugar en los primeros años de su vida enclaustrada. Reducida a los estrechos límites de su casa paterna convertida en monasterio, su existencia se vio sometida a una fortísima presión espiritual que se manifestó en una extraordinaria abundancia de fenómenos místicos. Obligada por sus confesores a cortar las exterioridades, aquel ímpetu místico buscó un modo de expansión en las lejanas tierras de América donde los misioneros estaban llevando a cabo la dificilísima tarea de la primera evangelización. Los obstáculos a la acción de los misioneros eran duros. Ante todo la hostilidad de las tribus indígenas, luego la dificultad de las lenguas autóctonas- diferentes y extrañas en su estructura-, las grandes distancias, etc. Es cuando se inician las inexplicables actuaciones de la legendaria dama azul que prepara a los indios a la recepción del bautismo. De estos sucesos dejó ella misma una narración: “Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro Señor, me mostró Su Majestad todo el mundo, y conocí la variedad de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universidad de la tierra; mostrábame con mucha claridad la multitud de criaturas y almas que había, y entre ellas cuan pocas que profesasen lo puro de la fe, y que entrasen por la puerta del bautismo a ser hijos de la santa Iglesia. Dividíase el corazón de ver que la copiosa redención no cayese sino sobre tan pocos. Conocía cumplido lo del Evangelio, que son muchos los llamados y pocos los escogidos. A todos crió el Altísimo para que le conociesen, sirviesen y amasen, y son muy pocos los que profesan la fe conforme los muchos gentiles, idólatras, moros y herejes que hay. Entre tanta variedad de los que no profesaban y confesaban la fe, me declaró que la parte de criaturas que tenían mejor disposición para convertirse, y a que más su misericordia se inclinaba, eran los del Nuevo Méjico y otros reinos remotos de hacia aquella parte. El manifestarme el Altísimo su voluntad en esto, fue mover mi ánimo con nuevos afectos de amor de Dios y del prójimo, y a clamar de lo íntimo de mi alma por aquellas almas. Otro día, después de haber recibido a nuestro Señor, me pareció que Su Majestad me mostraba más distintamente aquellos reinos indios; que quería se convirtiesen y me mandó pedir y trabajar por ellos; y las noticias que iba recibiendo, eran más claras y distintas, del modo y traza de la gente, de su disposición y necesidad de ministros que los encaminasen al conocimiento de Dios y de su fe santa. Todo esto disponía más mi ánimo y afecto para trabajar y pedir. En esta ocasión se me mostraron aquellos reinos distintamente, las calidades y propiedades de aquella parte del mundo, las trazas de los hombres y mujeres, la diferencia de los de acá en muchas cosas, y otras circunstancias. Y a mí me parece que los amonestaba y rogaba que fuesen a buscar ministros del Evangelio que los catequizasen y bautizasen; y conocíalos también. Del modo como esto fue no me parece lo puedo decir. Si fue ir o no real y verdaderamente con el cuerpo, no puedo yo asegurarlo; y no es mucho lo dude, pues San Pablo estaba a mejor luz, y confiesa de sí fue llevado al tercer cielo y que no sabe si fue en el cuerpo o fuera de él. Lo que yo puedo asegurar con toda verdad es, que el caso sucedió en hecho de verdad, y que sabiéndolo yo no tuvo nada del demonio, ni malos efectos. No me detengo a contar aquí el paso porque está todo él en el informe; sólo diré las razones que hay para juzgar fue en cuerpo, y otras, que podía ser ángel. Para juzgar que iba realmente, era que yo veía los reinos distintos, y sabía sus nombres, y que se me ofrecían al entendimiento distintamente; que veía las ciudades y conocía la diferencia de la tierra, y que el temple y calidad era diferente, más cálido, las comidas más groseras, y que se alumbraban con luz, como de tea; que los amonestaba y declaraba todos los artículos de la fe, y los animaba y catequizaba y lo admitían ellos, y hacían como genuflexiones, aclamando por su bien y deprecaciones. Y, aunque esto es así, yo siempre he dudado fuese en cuerpo, por ser tan extraordinario caso y no usado, y por esto en las declaraciones que he hecho, hablo en duda y recelándolo. Yo no traje nada de allá, y aunque fuera realmente y pudiera, lo excusara, porque la luz del Altísimo me puso término, y me enseñó que ni por pensamiento, palabra y obra, no me entendiese a apetecer; ni querer, ni tocar nada, sino es lo que la voluntad divina gustase. Exteriormente, tampoco puedo percibir cómo iba, o si era llevada, porque como estaba con las suspensiones o éxtasis, no era posible; aunque alguna vez me parece que veía al mundo, en unas partes ser de noche y en otras de día, en unas serenidad y en otras llover, y el mar y su hermosura; pero todo pudo ser mostrándomelo el Señor; y cómo su luz e inteligencia es tan fecunda, presta y clara, pudo mostrármelo, y conocerlo todo claro. En una ocasión me parece, di a aquellos indios unos rosarios; yo los tenía conmigo y se los repartí, y los rosarios no los vi más. El modo a que yo más me arrimo que más cierto me parece, fue aparecerse un ángel allí en mi figura, y predicarlos, y catequizarlos, y mostrarme acá a mí el Señor lo que pasaba para el efecto de la oración, porque el yerme a mí allá los indios fue cierto. También conocía las guerras que tenían, y que no peleaban con armas como las de acá, sino con instrumentos para tirar piedras, a la traza de hondas y con ballestas y cuchillos de fuste; y mientras duró la guerra me parece a mí que oraba y tenía las manos altas por ellos y que me lastimaba de su trabajo. En otras ocasiones me parecía que les decía que se convirtiesen, y que pues se diferenciaban en la naturaleza de los animales, se diferenciasen en conocer a su Criador y entrar a la Iglesia santa por la puerta del bautismo. El juicio que yo puedo hacer de todo este caso es, que él fue en realidad de verdad; que serían quinientas veces, y aun más de quinientas, las que tuve conocimiento de aquellos reinos de una manera o de otra, y las que obraba y deseaba su conversión; que el cómo y el modo no es fácil de saberse; y que, según los indios dijeron de haberme visto, o fue ir yo a algún ángel en mi figura. Esto del reino y las cosas exteriores duraron sólo tres años”. De estas bilocaciones se hizo un doble proceso de la Inquisición en los años 1631 y 1650.    Beatificación María de Ágreda
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PRODIGIOSA ACTIVIDAD APOSTOLICA
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La actividad apostólica de la Venerable tenía un campo de acción más cercano al Monasterio donde se desarrollaba su vida religiosa. Un episodio rigurosamente histórico y del más sensacional sobrenaturalismo pone en evidencia los límites extremos a que llegaba su actuación en favor de las almas a salvar. Es la famosa “conversión del moro de Pamplona”. También aquí dejamos la palabra a la Venerable. Un suceso que conmovió la opinión de Agreda fue la extraordinaria conversión de un moro. Hecho rigurosamente histórico como consta por el libro de bautizados de la Parroquia de Agreda. “Un caballero que residía en Agreda con el cargo de gobernador de armas y que trataba a las religiosas de la Purísima Concepción, acababa de recibir carta de un amigo de Madrid, para que hiciera traer de Pamplona un moro que se le había huido, y que según noticias, estaba preso en el castillo de aquella ciudad. Antes de marchar este señor, daba cuenta a las religiosas del objeto del viaje leyéndoles de la carta lo siguiente: V. le traiga con cuidado, que es un grandísimo perro y se le irá, pues lo ha intentado muchísimas veces.- Sor María que escuchaba estas palabras, no pudo ocultar la pena que le causaba oír tratar como a perro a una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios; y pidió al caballero que le trajera el esclavo por Agreda antes de llevarlo a Madrid. Llegó a Pamplona este señor, y al disponerse a conducir con toda cautela al famoso moro, le manifiesta éste, cómo ya catequizado por una religiosa que visiblemente había estado con él dos veces en el castillo y postrada de rodillas le había rogado que se hiciese cristiano instruyéndole en los misterios de la fe, se había determinado a recibir el bautismo en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de la villa de Agreda y tomar el nombre de Francisco como la religiosa le había prescrito. Y lleno de gozo el señor gobernador se presenta con el moro en dicha villa. Señalan el día del bautismo, y acompañado de las personas más distinguidas de la población y de casi todos los vecinos, entra el moro en la precitada parroquia, y en ella con edificación y contento de los presentes, es bautizado solemnemente. Presuponiendo como cierto el encargo del moro por la declaración que éste había hecho, que la monja que se la había aparecido y convertídolo a la fe, había sido Sor María de Jesús, suplicó a los superiores del monasterio se dignasen comprobar del modo más conveniente el suceso; y al efecto presentes en el convento de la Concepción los RR. PP. Fr. Juan Bautista del Campo, Guardián de San Julián de esta villa, Fr. Antonio Vicente y Fr. Juan Ruiz, Vicario y Procurador de las religiosas respectivamente; el mencionado caballero, el notario D. Lucas Pérez Planillo y varios otros señores y señoras que, atraídos por la fama del prodigio, allí habían acudido, pusieron al moro junto a la puerta reglar, para que, al pasar cerca de ella tres religiosas con velo levantado, dijera cuál le había visitado e instruido en el castillo de Pamplona. Pasó la primera, y dijo, ésta no es, aunque iba vestida como ésta; pasó la segunda, y repitió lo mismo; mas al ver a la tercera que era Sor María de Jesús, ésta es, ésta es, exclamó. Pero no contentos los superiores con solo este experimento, obligaron a pasar otra vez del mismo modo a todas las religiosas de la comunidad, y a medida que iban pasando, decía el moro: ésta no es, ésta no es, hasta que conocida su maestra que venía la última, oyéndolo todos, exclamó: mirad, mirad, que ésta es aquella, que me ha convertido, y añadió, ven aquí, dime, cómo estando tu aquí dentro de este monasterio, y sin poder salir fuera de él, fuiste a Pamplona a convertirme, mientras yo estaba encerrado en el castillo?. Y como la humilde Sierva de Dios nada respondiese y poco a poco se apartara de las demás, prorrumpió en alta voz: -Señores, que ésta es la monja que me apareció en Pamplona y me ha convertido-. Y el Notario que había presenciado todo, y a quien Sor María de Jesús le era bien conocida, levantó público testimonio de lo sucedido”.    Beatificación María de Ágreda
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LA MISTICA CIUDAD DE DIOS
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Al regresar las monjas del monasterio del Caballero de Gracia a Madrid. Sor María de Jesús contaba 25 años. La Comunidad la eligió abadesa y, con dispensa de edad otorgada por el Nuncio de S.S., en Madrid pudo tomar posesión de su cargo. Una de las primeras providencias de la nueva abadesa fue construir un nuevo monasterio en las afueras de la ciudad, cerca del convento franciscano de San Julián. “El sitio lo formaban una enormes rocas de pedernal, en cuyo allanamiento se emplearon al principio cinco años de trabajos manuales muy violentos: y después, al ver que convenía usar de medios que ahorrasen gastos y esfuerzos, “con pólvora y artificio de artillería en que se gastaron dos mil quinientos tiros, se allanó el sitio; y saltaron piedras de diez y seis arrobas”. Y en el tiempo que duró la obra, que sólo fueron siete años, “Concurrían algunos días a trabajar todos los de la villa desde la señora más delicada hasta el más noble anciano; y todos venían a porfía, desde los niños, mujeres y viejos. Y de los lugares circunvecinos venían con caballerías al salir el sol. Y sucedió, que una doncella subiendo agua a lo más alto de un andamio, cayó en tierra y no se hizo mal. Otro peón cayó de muy alto y dio con la cabeza en una piedra, y se rompió la piedra quedando sana la cabeza y volviendo al trabajo sin susto. A otro andamio cargaron tanto de maniobra sin advertirlo, que se venció al otro lado, y cayeron todos los maestros y peones, y el andamio y maniobra sobre ellos; y acudieron todos a sacarlos pensando hallarlos reventados, no sucedió daño alguno; y dando gracias a Dios, volvieron al trabajo muy alegres. Y la Venerable llamó al Padre Predicador Fr. Francisco Oca que era sobrestante de la fábrica de orden del Provincial, y le dijo que una pared estaba bombeada: que la derribasen. El le preguntó cuáles señales le daría de haberla visto. Y la Madre le dijo, que la había llevado el ángel de la guarda a verlo, y que su paternidad estaba enseñando la doctrina a los niños, y otras señas ciertas. Y el religioso hizo a los maestros echar la pesa, y conocieron el daño y lo remediaron. Fue opinión que dos hombres que trabajaban con título de maestros de obras por todo el tiempo de la fábrica con mucho afán, desinterés y silencio, fueron ángeles, porque sin cobrar sus cantidades se desaparecieron sin más gasto que lo poco que comieron”. Al cabo de siete años de trabajos se pudo proceder a la inauguración del nuevo monasterio el 10 de julio de 1633. En el nuevo convento -que subsiste en nuestros días- se inició la vida concepcionista recoleta. Desde allí mandó la misma Ven. al grupo de religiosas que fundaron la Concepción de Borja. Más tarde, de la misma rama agredeña floreció la fundación de Tafalla. Mas la obra más importante realizada por la Venerable en estos años fue la composición de su célebre obra La Mística Ciudad Dios. Su redacción estuvo también rodeada de las más inexplicables peripecias. El año 1637 recibe la orden del cielo de ponerse a escribir una maravillosa historia en que se manifestaran los ocultos misterios realizados por Dios en la vida de la Virgen. Después de un duro combate interior para aceptar tan difícil obediencia, al final puso manos a la obra y en espacio de pocos años coronó la obra. Pero aquel libro conoció un fin bien inesperado. En ausencia del confesor ordinario de la Ven. que era el P. De la Torre, hízose cargo de la dirección de Sor María de Jesús un religioso anciano que la había conocido en su juventud. Decididamente contrario a que las mujeres se pusieran a escribir de cosas teológicas, le impuso la dura obediencia de quemar todo el manuscrito en que ella había recogido lo mejor de los misterios ocultos de la vida de la Virgen María. Pero muerto el P. De la Torre y nombrado confesor de la Ven. el P. Andrés de Fuenmayor, emprendió bajo su obediencia, la segunda redacción de la obra en torno al año 1655, quedando concluida el 6 de mayo de 1660.    Beatificación María de Ágreda
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RELACION EPISTOLAR CON EL REY FELIPE IV
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Estaba componiendo la Ven. la primera redacción de la Mística Ciudad de Dios cuando en Agreda se presentó por primera vez nada menos que el rey de España Felipe IV. Era el 10 de julio de 1643. La Ven. contaba con 41 años de edad, y el rey hacía pocos meses que se había desprendido del valido Conde-Duque de Olivares que por espacio de 20 años había dirigido toda su política. A partir de aquel día se inició una profunda estima y amistad entre el rey y la monja concepcionista de Agreda que tendría el sentido de una responsabilidad apostólica de nuevo tipo asumida por Sor María. En efecto desde el primer momento la Venerable asumió el peso de una singular protección sobrenatural sobre la casa real española. Esta protección afectó a la persona misma del rey de España Felipe IV, su consorte Isabel de Borboón, sus hijos e hijas, y muchos personajes de la corte madrileña. En esta actuación de la Ven, merece singular atención cuanto realizó en favor del rey. Desde el encuentro del 10 de julio de 1643 se anudó entre el rey y la abadesa de Agreda una amistad espiritual de los más positivos efectos para el espíritu del monarca. En 22 años de correspondencia epistolar que ha dejado 613 cartas del rey y 614 de la abadesa se trasparenta con singular realismo el tipo de ayuda y protección que la M. Agreda procuró al monarca español, en la difícil época de su vida consiguiente al alejamiento de la corte del valido Conde-Duque. Esta amistad y esta correspondencia epistolar han recibido la más variadas apreciaciones. Desde el punto de vista del ideal monástico sólo queremos subrayar lo que la abadesa procuró de ayudas espirituales desde su condición de confidente espiritual y persona totalmente comprometida a ofrecer al enfermo, como ella llama al rey en su correspondencia con Fernando Borja, unos servicios espirituales de enorme valor. En efecto, en la correspondencia se encuentra fácilmente documentado, el interés de la monja por el bien espiritual del monarca. La debilidad sicológica y moral del rey recibía con ánimo bien dispuesto los consejos, amonestaciones y enérgicas llamadas a la buena conducta que le proporcionaba la religiosa concepcionista. Sus consejos le eran un apoyo insustituible. En los momentos depresivos de su ánimo, las cartas de Agreda le procuraban alivio y superación de las crisis. Incluso la salud corporal del soberano se vio aliviada cuando la M. Agreda asumió en una misteriosa transferencia de dolores y debilidades las consecuencias de la frágil salud de Felipe IV. Más aun, prodigaba en favor del rey sus suplicas. Todos los días ofrecía por él el ejercicio doloroso del Vía-Crucis, con las rodillas desnudas sobre el suelo de ladrillos de su famosa tribuna y que duraba una buena hora y media. No había situación crítica de la monarquía española a la que no ofreciera la ayuda de sus oraciones y mortificaciones. El rey y la reina recibieron innumerables favores espirituales de la actuación caritativa de la monja. A la muerte de la reina se presentó en busca de alivio en las penas del purgatorio. Cosa parecida se narra del príncipe Baltasar Carlos muerto a temprana edad. Volviendo al tema de la correspondencia entre la Venerable y el Rey de España, un historiador contemporáneo da de la misma el siguiente juicio crítico. “Sor María, en sus cuarenta años cumplidos, gozaba ya de amplia fama por sus escritos y por la aureola maravillosa que le daban sus éxtasis, visiones prodigiosas y experiencias místicas. Felipe IV se desviaba de su ruta a Zaragoza para aliviar sus graves preocupaciones; venía ahora a buscar en Sor María el consejo espiritual y el alivio confidente que tanto necesitaba en aquellos momentos críticos. En una primera entrevista, en el convento agredano, quedaba sellada una amistad y concertado un diálogo que duraría tanto como la vida de los dos nuevos amigos. Buena falta hacía al rey aquel asidero amistoso con su apoyo moral y su consejo. “Salí de Madrid -escribe el rey- desvalido, sin medios humanos, fiando sólo en los divinos… fío muy poco de mí -se confiesa contrito-, porque es mucho lo que he ofendido a Dios y le ofendo y así acudo a vos para que me cumpláis la palabra que me disteis de clamar a Dios por mí”. Se iniciaba la correspondencia con arreglo a una propuesta regia, que hoy es una suerte para el lector que desee seguir el intercambio. “Escribíos a medio margen, porque la respuesta venga en el mismo papel, y os encargo y mando que esto no pase de vos a nadie”. Así se hizo en todo momento. La carta del rey, autógrafa siempre, lleva amplio margen, que utiliza la religiosa, así como el reverso para dar respuesta puntual a su contenido. Año tras año, con una puntualidad sólo interrumpida por ausencias del rey o sucesos familiares o políticos, usarían ambos corresponsales de un medio de comunicación, la carta, que tan al uso se encontraba en la España de entonces. De Quevedo, contemporáneo riguroso, nos han llegado casi 300 cartas; por aquellos días, Gracián aconsejaba, prudente: “Hay que tratar con quien se pueda aprender y saber escuchar a quien sabe. Por aquellos años el gran jesuita daba a la estampa sus obras esenciales: el Oráculo (1647), el Discreto (1646) y el Criticón (1648). En esta obra escribía Gracián páginas que podían haber tenido muy presente nuestros dos corresponsales. En su Arte de escribir cartas anotaba: “Tener el arte de conversar: en que se hace muestra de ser persona. En ningún servicio humano se requiere más atención por ser el más ordinario del vivir. Aquí es el perderse o el ganarse, que sí es necesaria la advertencia para escribir una carta, por ser conversación de pensada y por escrito. Los dos interlocutores estaban bien dotados para seguir el consejo. De mano de Sor María habían salido ya cartas numerosas y escritos varios; de Felipe IV, de su formación intelectual, de su manejo de lenguas, de su gusto por la pluma, nos quedan no sólo este epistolario excepcional, sino sus propias noticias autobiográficas en el epílogo a la traducción de la Historia de Italia, de Guicciardini, y muchas cartas más. Un epistolario escrito con llaneza y dignidad, con decoro ante la vida y entereza en el trance de la muerte. Pocas veces alcanzan estos sentimientos la grandeza moral de que se da muestra con motivo de la muerte del príncipe Baltasar Carlos. Unico varón y heredero de la Monarquía, esperanza del rey y del reino en momentos dramáticos, su desaparición sumía a Felipe IV en una amargura profunda, que sabe expresar con un temple moral y una dignidad admirables. Tengo a mi hijo muy apretado de una gran calentura”, dice a Sor María desde Zaragoza, el 7 de octubre de 1646, “con grandes dolores del cuerpo, y hoy está delirando todo el día: deseamos que pare en viruelas esta borrasca”. Con la grave situación afloran en el rey, pecador arrepentido y reincidente, sentimientos de una admirable sinceridad que le son habituales” Yo merezco graves castigos, que serán cortos para satisfacer mis pecados; así, os encargo que me ayudéis, Sor María, en esta ocasión. Ahora es tiempo de que se luzca la amistad, pero, si acaso la divina justicia ha dado ya la sentencia, os pido que en este lance ayudéis a mi hijo”. El diálogo cobra acentos de emocionada sinceridad. Al día siguiente contestaba Sor María con frases de consuelo y expresiones de conmovedor afecto entre amigos que se confortaban en trance amargo: “El justo dolor de Vuestra Majestad me deja traspasado el corazón y llena de amargura y lágrimas. Suplico a Vuestra Majestad que se aliente y se anime”. Pero el drama temible se produce. La víspera del día fatal había escrito el rey: “Me tiene nuestro Señor -con la enfermedad de mi hijo-, que hago mucho en estar vivo”. Y días después, al comentar la desgracia, escribe: “Las oraciones no movieron el ánimo de nuestro Señor por la salud de mi Hijo, que ya goza de su gloria. No debió de convenir a él ni a nosotros otra cosa. Yo quedo en el estado que podéis juzgar, pues he perdido un solo hijo que tenía, tal que vos le visteis, que verdaderamente me alentaba mucho al verle en medio de todos mis cuidados. Consuélome que por medio de tantos trabajos quiere nuestro Señor salvarme. Y así he ofrecido a Dios este golpe, que os confieso me tiene traspasado el corazón y en estado que no se si es sueño o verdad lo que pasa por mí. Sin acudir a resonancias calderorianas, tan evidentes razones tenía el rey para templar el ánimo en tantas ocasiones como la desgracia vino a abatirme sobre su familia. Del primer matrimonio con Isabel de Borbón, y de los siete hijos habidos, no quedaba entonces más que María Teresa, casada años después, en 1659, con Luís XIV de Francia. Y de los seis nacidos de su segunda esposa y sobrina, Mariana de Austria, no le sobrevivirían, muerto su otro vástago varón, el principito Felipe Próspero, más que, con Margarita María, luego emperatriz de Austria, el desgraciado Carlos II. Por ello y por tantos otros motivos personales, familiares y políticos, la correspondencia no está llena precisamente de noticias alegres. En las cartas afloran constantemente contrariedades y preocupaciones por tantos problemas como se acumulan en aquellos años. Las guerras de Cataluña y Portugal, la intervención española en la de los Treinta Años, la ruptura con Francia en 1635, la constante preocupación por los Países Bajos, las agitaciones de Nápoles y Sicilia, el malestar social en extensas zonas españolas, especialmente en Andalucía. (Joaquín Pérez Villanueva). La contemplativa agredeña no se preocupa únicamente de los asuntos de la casa real española y de los indios de Nuevo Méjico. Su influjo espiritual llegaba hasta la misma Sede de Pedro en Roma. Siguiendo con cercanía mística los problemas políticos de la Europa de su tiempo intervino por carta ante el Papa Alejandro VII conjurándole a colaborar en la pacificación entre Francia y España. Desde los días de Santa Brígida y Santa Catalina de Siena no se conocía una actuación semejante de parte de una religiosa indicando al Papa el camino a seguir en sus actuaciones políticas por el bien de tas naciones cristianas. Más llamativa es la decisión de la Ven. pues las santas anteriores tenían fácil acceso al Papa estando como estaban cerca de él en la misma ciudad eterna. La Ven. aconsejaba al Romano Pontífice desde la lejanía y el aislamiento de su clausura concepcionista. Además de la Casa Real Española y el Santo Padre Alejandro VII, la Venerable tuvo relación personal o por correspondencia con numerosos personajes de la más elevada posición eclesiástica y civil. Los nuncios de S.S. en Madrid recibieron de ella no pocos consejos, entre otros, el futuro Papa Clemente IX. Obispos, arzobispos, cardenales, eran corresponsales suyos o confidentes espirituales. Además de la casa real española entró en contacto con la nobleza de países europeos como Francia, Alemania, Italia y las Américas.    Beatificación María de Ágreda
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LA MISTERIOSA PLENITUD DE LA VIDA DE CLAUSURA
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La increíble actividad desarrollada por la Venerable tenía una misteriosa fuente oculta. Era la clausura. La vida de la M. Agreda es impensable sin este marco de la clausura concepcionista. La orden de Santa Beatriz la orientó hacia el misterio central de la Inmaculada Concepción, que había de ejercer en toda su vida una fascinación humanamente inexplicable. La inexorable reclusión de la vida enclaustrada encauzó la fuerza poderosa de su inteligencia y de su voluntad hacia un crecimiento en dirección vertical. La estrechez del monasterio primero, reducido a los muros de la casa paterna, lanzó a la adolescente María de Jesús a una vida de superior expansión hacia la mística. Bien pronto, ya desde el noviciado, hizo eclosión en ella esta llamada mística, con abundantes fenómenos de arrobamientos y éxtasis. Intervino el provincial franciscano P. Villalacre y cesaron por mandato de obediencia, aquellas exterioridades. Mas la impresionante vida mística de Sor María exigía un modo de expansión adecuada. Fue la época de sus bilocaciones que evangelizaron las tierras de Nuevo Méjico. Es en esta superior intensidad de la interioridad de Sor María donde se encuentra la explicación de su increíble dinamismo descrito en páginas anteriores. La interioridad encontró un aliado excepcional en el marco de la vida enclaustrada. ¿Qué hubiera sido de la extraordinaria religiosidad de Sor María de no haberse acogido a las ayudas de la clausura? Era bien posible que cayera en los escollos de la gente alumbrada, y de los peligros de vanidad que llevan inevitablemente las exterioridades sensacionales de ciertos epifenómenos místicos. Sor María encontró un conectivo a todas estas tendencias en el marco de la vida regular de la clausura, donde todo estaba regido por las leyes de lo comunitario y la obediencia exigente a las jerarquías interiores del convento y a los confesores y guías espirituales. Este marco favoreció enormemente la maduración espiritual de la M. Agreda. Si cesaron las exterioridades, no disminuyó lo extraordinario de pura ley. Lo primero fue una vida de ascetismo increíble que controló la vitalidad incontenible de aquella femineidad desbordante. Luego vino la sublimación de todas sus energías humanas que se elevaron, como una llama, a lo infinito de las realidades divinas. Causa espanto la mera descripción del tipo de vida que llevó durante tantos años la concepcionista agredeña. “Solas dos horas dormía, y ésas, de ordinario, en un cilicio grande de madera, a modo de reja, que tenía hecho a este propósito; y parecía más potro de tormento que lugar de descanso; algunas veces en el suelo, y otras en una tabla. Las veinte y dos horas restantes del día ocupaba en esta forma: Antes de las once de la noche se levantaba llena de crueles dolores y se retiraba a un lugar solitario, lejos de donde asistían las monjas, que tenía destinado para sus ejercicios. A las once comenzaba el de la cruz que le duraba tres horas, repartidas así: hora y media ocupaba en meditaciones de la Pasión del Señor, acompañadas con estas mortificaciones corporales; media hora andaba con una cruz de hierro muy pesada al hombro, de rodillas, llevándolas desnudas por el suelo, contemplando los pasos correspondientes a este ejercicio; otra media estaba postrada en tierra en forma de cruz teniendo las manos en unos clavos de hierro que para esto tenía dispuestos, y en este tiempo proseguía en la meditación de aquellos dolorosos pasos; la otra media restante estaba levantada en cruz en contemplación de las siete palabras que el Señor habló en la suya. Después, recogida, ocupaba otra hora y media en considerar los frutos de la Pasión, agradecer a este inmenso beneficio, pedir se aprovechasen de él las almas y ofrecerlo por ellas. Las inteligencias que el Señor en estos ejercicios la comunicaba, los fervores que sentía, los afectos que ejercitaba y los aprovechamientos con que se aumentaba su espíritu eran tan admirables, que comunicándolos la sierva de Dios a su confesor, le solía decir que con estar tan llena de dolores, las tres horas que en ellos ocupaba, no se le hacían un instante. A las dos de la noche iba a Maitines (que desde la fundación del convento hasta que siendo prelada la sierva de Dios los mudó a medianoche, por conformarse con el estilo de nuestra religión, se decían a aquella hora), y mientras se despertaba la comunidad e iban al coro las religiosas, adorando al Santísimo Sacramento, se preparaba con muchos actos de fe y religión para el oficio divino. Estaba en el coro con la comunidad hasta las cuatro, y a esta hora se recogía a la celda no a descansar, sino a padecer, sin nota de exterioridad; porque eran tan grandes los dolores con que el demonio la atormentaba, que cada noche le parecía la habían de acabar la vida. A las seis de la mañana cesaban los dolores, por el favor divino que arriba referí, e iba al coro a prima, y a la oración de la comunidad. Inmediatamente se confesaba, preparaba y recibía el Santísimo Sacramento; que ya tenían ordenado los prelados comulgase cada día. Recogíase luego y ocupaba hora y media en contemplación del Señor, que había recibido, y en este tiempo recibía singulares beneficios de Su Majestad Divina. Después acudía a todas las comunidades, en cuya asistencia hallaba consuelo, como dijimos arriba. Lo restante del día, hasta las cinco, gastaba en acudir a algunas obras de caridad y oficios de convento; y cuando el confesor se lo mandaba, en escribir. A las cinco de la tarde volvía a la oración, y en ella gastaba una hora. A las seis tomaba alguna cosa de alimento, que hasta aquella hora no lo tomaba en todo el día. A las siete iba con la comunidad a Completas, y entonces comenzaba la tarea de padecer tormentos corporales hasta la mañana. Recogíase a las ocho de la noche a su celda, y habiendo cumplido con otras devociones y hecho examen de conciencia, que lo hacía dos veces cada día, confesando al Señor con mucho dolor sus culpas, y rezando un miserere en penitencia, tomaba las dos horas de sueño”. Desde esta oculta raíz de la vida de la Ven. se ilumina todo. No fue la clausura concepcionista la que otorgó a la M. Agreda sus grandes cualidades de inteligencia y voluntad, pero a los extraordinarios dones de la gracia y de la naturaleza que adornaban el alma de María Coronel, ofreció la clausura concepcionista la presión exterior necesaria para que la riqueza de su interioridad se expandiera en un dinamismo extraordinariamente creativo. Y ese mismo marco institucional de la clausura evitó a la M. Agreda el peligro de fatales desviaciones que hubieran convertido su arrebatadora femineidad en una fuerza devastadora de incalculables proporciones. Sor María de Jesús de Agreda es una muestra clarísima de las posibilidades de realización que la clausura ha procurado a la mujer española.    Beatificación María de Ágreda
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SANTA MUERTE
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La existencia terrestre de la Venerable conoció un final como correspondía a su santa vida. El año 1652 realizó una fundación en Borja. Aquel mismo año cesó en su cargo de abadesa que había ejercido por 25 años seguidos. La interrupción duró sólo tres años, pues en 1655 fue de nuevo elegida para el cargo en el cual permaneció hasta su muerte el 24 de mayo de 1665.  Conoció la Venerable, el día octavo de la Ascensión (4-5-1665), que se acercaba mucho más el fin de su vida, y pidió el sacramento de la Extremaunción. Recibiólo con devoto afecto y singular reverencia estando presente el P. General. A la Sierva de Dios se le puso el rostro alegre, y el semblante como si estuviera mejor. Le insinuaron el confesor y demás superiores que hablara algo a las religiosas, y tomando ocasión de las lágrimas que derramaban, las dijo: -Hermanas, no hagan eso, miren que no hemos tenido otro trabajo, y que se deben recibir con igualdad de ánimo los que Dios envía: si Su Majestad quiere que nos apartemos, cúmplase su santísima voluntad, lo que yo les ruego es, que sirvan al Señor guardando su santa ley, que sean perfectas en la observancia de su regla, y fieles esposas de su Majestad, y procedan como hijas de la Virgen Santísima, pues saben lo que la debemos y que es nuestra Madre y Prelada. Tengan paz y concordia entre sí y ámense unas a otras. Guarden su secreto, abstráiganse de criaturas y retírense del mundo: déjenlo antes que él las deje. Desengáñense de las cosas de esta vida y trabajen mientras tienen tiempo, no aguarden a este lance último cuando impide tanto el gravamen de la enfermedad y postración de la naturaleza. Cumplan con sus obligaciones, que con eso tendré yo menos purgatorio de tantos años prelada. Si procedieren así, recibirán del Señor la bendición, y yo se la doy. Entonces levantó la mano y formando sobre ellas la señal de la cruz, dijo: -La virtud, la virtud, la virtud les encomiendo. Luego fueron llegando sucesivamente una después de otra a pedirle en particular su bendición, y a cada una dio la amorosa Madre las advertencias y consejos que en particular le convenían, cuya eficacia y acierto maravilloso cada una en lo que a sí toca, testifica. Durante la enfermedad estuvo en gran tranquilidad, suavidad y quietud, y más parecía estaba contemplando y gozando que padeciendo. Repetía heroicos actos de amor de Dios, y entre otros se le oía decir: -Dios y Señor mío, quién os amara con un amor infinito y eterno hasta unirse con Vos. Y enriquecida por último con la bendición apostólica que, como queda dicho, le mandó para esta hora el Papa Alejandro VII, y con la de Seráfico Padre San Francisco que le dio el General; presentes a la recomendación de su alma, tanto las religiosas que no cesaban de alabar a Dios, como los Padres principales de la Orden, el confesor, el provincial, el exprovincial y el ministro general con sus secretarios, más algunos sacerdotes; acompañada de las devotísimas imágenes de la Virgen del Coro, de Ntra. Sra. de los Mártires, del Santo Cristo de la Cruz a Cuestas, de Ntra. Sra. de los Remedios y de la Virgen de los Milagros; y entre los clamores y sollozos de una multitud innumerable de los del pueblo, que alrededor del convento esperaba la última hora de la que llamaba su santa madre, el día 24 de Mayo del año 1665, dominica de Pentecostés, a la misma hora tercia en la que el Divino Espíritu vino sobre los Apóstoles, y las religiosas solían cantar en el coro el himno Veni, Creator Spiritus, invocando ella misma con voz apagada y devota la venida del Celestial Paráclito y repetidas tres veces las palabras ven, ven, ven, tranquila y suavísimamente exhaló su alma, llena de méritos y virtudes, a los sesenta y tres años de edad, cuarenta y seis de religión y treinta y seis de prelada, después de una enfermedad muy penosa, ocasionada por una fiebre y una apostema en el pecho, que sufrió con toda paciencia por espacio de once días. Divulgada la noticia de la muerte de la Sierva de Dios, crecieron todavía más la conmoción y el sentimiento del pueblo, rayando casi en lo indescriptible las manifestaciones públicas de tristeza general. Se nos ha muerto la santa, decían todos, bañados los ojos en lágrimas, la santa cuyo patrocinio ante el Señor hemos experimentado. A estas públicas manifestaciones de los hombres parece que el Altísimo dio su conformidad con el siguiente prodigio acaecido en el momento de la muerte. Juan Carrillo, maestro, que tenía mucha comunicación con la Venerable, y al que ésta le había preanunciado su muerte después de darle consejos para el gobierno del alma, solícito de la salud de la Sierva de Dios, vino al convento la mañana en que murió a fin de cerciorarse del estado de la enferma. Como oyera que Sor María se hallaba en los últimos instantes, afligido, se dirigió a la iglesia de San Julián de los PP. Franciscanos, en la que, recibidos los Sacramentos de Penitencia y Comunión, mientras oía la misa conventual puesto de rodillas junto al púlpito, vio a la Sierva de Dios entre resplandores, vestida con el acostumbrado hábito religioso, dobladas las manos delante del pecho: y sostenida en globos de luz y elevada en el aire venía desde el coro hasta el sitio en que él estaba. Por esta visión entendió el devoto de Sor María que acababa de expirar y que subía al cielo. Y en efecto, apenas cesó la aparición, daban la señal de la muerte las campanas del convento.   Beatificación María de Ágreda
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GLORIA POSTUMA
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La muerte de la Venerable señaló el momento histórico de una singular celebridad que se granjeó en el mundo cristiano de fines del siglo XVII. La poderosa orden franciscana que había seguido muy de cerca la evolución mística de la concepcionista de Agreda se hizo cargo de todos sus papeles, especialmente del texto manuscrito de la Mística Ciudad de Dios, con el fin de proceder a los preparativos para la introducción de su Causa de Beatificación. El 11 de julio de 1666 el definitorio de Burgos decidía incoar dicho proceso. Nombrado postulador el P. Martín de Sobejano, el mismo año se publica el Cuestionario al cual se habían de ajustar las preguntas del proceso. El 12 de noviembre de 1668, se formaba la comisión teológica encargada de examinar el contenido de la Mística Ciudad de Dios con vista a su publicación. Pero ya el 8 de marzo del año anterior el Postulador había presentado ante el Prelado de Tarazona la solicitud para la apertura del Proceso. A los tres días Mons. Miguel Escartín formaba el correspondiente tribunal. Al cabo de dos años de intensos trabajos el 23 de septiembre de 1669 se cerraba el proceso en Tarazona y las actas eran enviadas a Roma. En 1670 se publicaba la Mística Ciudad de Dios, sin que pudiera ponerse a la venta por embargo de la edición impuesta por la Inquisición de Madrid. El 21 de noviembre de 1671 Clemente X aprobaba los procesos de Tarazona. Al año siguiente daba su consentimiento para el inicio de los mismos en Roma. Bajo Inocencio XI corrieron con rapidez los trámites. El 16 de enero de 1677 se ordenó en Roma el examen de los escritos. El 2 de febrero el mismo Papa dispuso la apertura de los procesos apostólicos in specie. Mas delatada la Mística Ciudad de Dios a la Inquisición Romana, el 26 de junio de 1681 el Santo Oficio aprobaba una censura contraria al libro de la M. Agreda y eL 4 de agosto del mismo año se incluía en el Indice de libros prohibidos la obra censurada por el Santo Oficio. Por mandato del Papa Bt. Inocencio XI el decreto de condenación era sobreseído el 9 de noviembre del mismo año. Mas el incidente tuvo una influencia tan negativa sobre la Causa, que desde entonces se ha visto constantemente entorpecida hasta su definitivo cierre con el decreto de silencio de Clemente XIV. Fue inútil que el mismo Inocencio XI formara una Comisión para la plena rehabilitación de la M. Agreda. Murió el Papa antes de llegar a una conclusión positiva. A partir de este momento, todos los papas, desde Inocencio XI hasta Pío VI, se verán implicados en la Causa de la M. Agreda, excepción hecha de Inocencio XIII (1721-1724) quien en su breve pontificado se mantendrá ajeno al conflicto.  Un momento de serenidad lo marca el papa Alejandro VIII al declarar que la Mística Ciudad de Dios puede leerse impunemente. Inocencio XII forma una nueva comisión para deliberar sobre el caso de la M. Agreda; mas la intervención del Maestro del Sacro Palacio complica el asunto con una discusión sobre el título de la Inmaculada Concepción atribuido por la Venerable a la Virgen. La traducción de la obra al francés en 1695 levanta en París una imponente oposición, que lleva a la condenación de la misma por la Sorbona. Como electrizados por esta injusta condenación, se movilizan las universidades católicas de Europa, como no las ha movilizado ninguna otra figura femenina de la época cristiana. Se declararon públicamente a favor de la Ven, las Facultades de Teología de las Universidades españolas de Alcalá, Burgos, Cádiz, Canarias, Granada, Madrid, Salamanca. A ellas se sumaron los Colegios Mayores de los religiosos de San Agustín, San Basilio, San Benito, San Bernardo, San Jerónimo, San Norberto, los Clérigos Regulares y los de san Cayetano, los Dominicos, Franciscanos, los Jesuitas, los Carmelitas, los Mercedarios, los Mínimos, los Trinitarios. En el extranjero se pronunciaron en favor de la mística de Agreda las Universidades de Lovaina y Toulouse. Entre las ediciones de la Mística Ciudad de Dios se multiplicaban, llegando a un total aproximado de 270, algunas de ellas en lenguas tan llamativas como el latín, el griego moderno o el árabe. Clemente XI renueva la comisión de su predecesor y retira definitivamente del Indice la Mística Ciudad de Dios, mas no se obtiene de la comisión ningún resultado tangible. El Papa dominico Bendecito XIII ordena la prosecución de la Causa sin nuevo examen; en 1730, después de la muerte del Papa, aquella provisión suya es anulada, y Benedicto XIV nombra una comisión especial. Se procede al examen de escritos, sin cuyo veredicto favorable no se puede avanzar. Se duda hasta de la autenticidad de la obra de la M. Agreda. Los originales son llevados a Roma para la oportuna pericial que los declara auténticos, pero Benedicto XIV dicta un severo documento que debía quedar archivado en el Castillo de Sant’Angelo, advirtiendo a todo futuro Papa sobre los inconvenientes de una aprobación de la Mística Ciudad de Dios. La Causa se paraliza, si bien se dan algunos pasos como la aprobación de la santidad “in genere”, la introducción de los procesos apostólicos sobre virtudes y milagros en especie. Clemente XIII aprueba los escritos de la Venerable, menos la Mística Ciudad de Dios. El Papa franciscano Clemente XIV se empeña en relanzar la Causa. El rey Carlos III está muy interesado en el asunto. Envía como encargado especial a Roma al Conde de Floridablanda con el fin de obtener del Papa tres decisiones: la definición de la Inmaculada, la canonización de la M. Agreda, y la supresión de la Compañía de Jesús. Más interesado en lograr el tercer objetivo que los dos primeros, el Conde trabaja con denuedo en vencer la resistencia del Papa para que acceda a dar el puntillazo a la Compañía. El Papa sí que se interesa por la Causa de la M. Agreda, pero la lectura, en la histórica sesión de la Congregación de Ritos (27 abril 1773), del documento secreto de Benedicto XIV, produce un terrible efecto negativo entre los participantes, y el Papa no puede menos de promulgar un decreto de perpetuo silencio sobre la Causa de la concepcionista de Agreda. Pío VI, sucesor del Papa Ganganelli, mantiene con firmeza lo decidido por Clemente XIV. Sólo bajo el papa de la Inmaculada Pío IX, con ocasión de un famoso milagro realizado en el convento concepcionista de Nivelles (Bélgica) por sugerencia del pasionista P. Serafín, despertó las esperanzas de una reapertura de la Causa. La muerte de Pío IX hizo que la iniciativa se ventilara bajo el pontificado de León XIII. Este llegó a una decisión drástica, igual a la de Clemente XIV, imponiendo nuevamente el 19 de diciembre de 1887 un absoluto silencio. La M. Agreda es la única mujer afectada por un doble veto del Papa contra su Causa de beatificación. No fue éste el único motivo que atrajo sobre ella la máxima notoriedad. Más famosa se hizo su persona por las discusiones en tomo al contenido inmaculista de la Mística Ciudad de Dios. Después de un penoso siglo de inactividad, con ocasión del Ato Mariano de 1987-1988 empezó a brillar de nuevo la esperanza. Se obtuvo el V. B. para la publicación de una Hoja Informativa, que empezó el año 1988. Se consiguió la autorización para el traslado de las reliquias de Ven. del museo del monasterio a la iglesia, que tuvo lugar el 20 de mayo de 1989. Aquel mismo año el Obispo de Osma- Soria eleva a la santa Sede una súplica para poder llevar a cabo algunas investigaciones que puedan favorecer la clarificación de las acusaciones. Tras un paréntesis de casi un año en que se prepara el dossier pedido por la Congregación para las Causas de los santos, se encarga el estudio de toda la problemática a un teólogo señalado por la misma Congregación. La beatificación de Juan Duns Escoto en 1991 abre una nueva esperanza a la rehabilitación de la M. Agreda. Los méritos de la Venerable a la gloria de los altares son muchos. No sólo está el influjo mariano decisivo ejercido en todo el mundo por su Mística Ciudad de Dios, sino por el influjo que tuvo en la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. Sí, la gloria más pura de la Venerable ha sido ese decisivo influjo en la preparación del dogma de la Inmaculada. Fue la inspiradora de las intervenciones de Felipe IV para pedir la definición dogmática de la Purísima Concepción. Por este motivo ha sido la mujer más combatida por los enemigos de tal definición. Cuando se publicó la traducción francesa de la Mística Ciudad de Dios, la Sorbona procedió a su condena, particularmente por su contenido fuertemente inmaculista. Esto levantó en toda Europa una verdadera cruzada en favor de las ideas de la M. Agreda. Las universidades españolas de Salamanca, Alcalá, Burgos y la de Lovaina en Bélgica, Toulousse en Francia tomaron decididamente partido en favor de la Venerable. Este carácter marcadamente inmaculista fue el que motivó las tomas de posición condenatorias de la obra. Si el Bto. Juan Duns Escoto ha sido el doctor mariano e inmaculista en la Iglesia Católica, la M. Agreda fue acérrima defensora en el siglo XVII y su más influyente propagandista.   Beatificación María de Ágreda
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EL RECONOCIMIENTO Y TRASLADO DEL CUERPO
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El 20 de mayo de 1989 tuvo lugar en Agreda una ceremonia íntima y emotiva. A petición del obispo de Osma-Soria, Mons. Braulio Rodríguez Plaza, la Congregación para las Causas de los Santos accedió a dar su aprobación para el traslado del cuerpo de la Ven, de la exposición-museo en que se encontraba, al interior de la iglesia del Monasterio. Desde el lejano 25 de mayo de 1665 en que los restos de Sor María de Jesús se ocultaran a las miradas de los humanos, nada menos que 14 veces han sido descubiertos y reconocidos en el curso de estos 330 años. “El cuerpo se conserva incorrupto, sin haber sido embalsamado; pero ha sufrido una serie de vicisitudes. El que un cuerpo muerto no se corrompa, no indica de por sí que fuera santa su persona. Por el contrario, ha habido grandes santos que no se han conservado incorruptos. Pero nuestra Venerable, de vida de gran santidad, se ha conservado sin corromperse, de modo admirable y a todas luces prodigioso. También a su madre la tienen íntegra las monjas en un gran arcón. El cuerpo de Sor María era bien conformado, y de talla mayor que la ordinaria en su sexo para aquel tiempo. Medía de altura alrededor de 1,70 metros. Casi en su totalidad está cubierto, según el examen anatómico de los médicos, de sus tegumentos comunes y con proporcionada corpulencia; sólo en la cabeza se muestra en algún estado esquelético. El buen estado de su conservación nos produce extrañeza, teniendo en cuenta los 331 años transcurridos de su muerte, y el sitio húmedo en que ha estado hasta hace 83 años (durante 244 años ha estado en el sótano que se iluminaba escasamente por un ventanito que está a ras del suelo del pórtico de la iglesia del Convento; donde la gente solía poner el pie para encomendarse a la Venerable y echaba unas piedrecitas. cosa que ya no tiene objeto, al tener ya su Cuerpo en la Iglesia, ante el cual se puede rezar privadamente). Estas causas eran por sí suficientes, como enseña la experiencia y entienden los anatomistas. “para disolver la unión de todas las partes del cuerpo, y aun para corromperlo y resolverlo en cenizas”. Don Manuel Peña, capellán de las concepcionistas de Agreda, que actuó de secretario en el último reconocimiento del año 1989, describió así sus impresiones ante el espectáculo del cuerpo incorrupto de la Venerable: “Yo mismo toqué su Cuerpo, que aparecía cubierto de piel apergaminada y morena, y de bastante resistencia. Al aprisionar un poquito, se hundía; y luego recobraba su posición. Está, ni más ni menos, como otros cuerpos que se dice consérvanse incorruptos. Lo que más llama la atención son sus manos. Son unas manos finas, de largos dedos y con todas las uñas. Se le adivinan incluso las formas de las venas. Lo peor conservado es el cráneo, que no presenta un aspecto atractivo para el gusto de la gente de nuestro tiempo, que tanto quiere olvidar todo recuerdo de la muerte. Por eso, se le ha colocado ahora una mascarilla. Cosa que no ha de producir extrañeza, porque todos o casi todos los santos incorruptos suelen llevar una mascarilla artificial y postiza. En Italia, se ven así en muchas iglesias. Esa mascarilla se ha sacado en cera de la estatua yacente del sarcófago de la Venerable, y después ha sido realizada por los hermanos Albareda, de Zaragoza, que son los que restauraron la Virgen de los Milagros. Quizá representa un rostro más joven que el de la Venerable cuando murió, y con vivos colores. Pero aun esto puede tener la ventaja y de servir para recordarnos a todos que la mascarilla es eso, algo postizo, como es en verdad; pero que a algunos, por la razón dicha más arriba, nuestra Monja les resultará más asequible que sin ella. A los más, sus devotos, y admiradores, que sabemos lo que es la Venerable, igual nos da con mascarilla que sin ella; porque sabemos que, debajo, está el auténtico rostro de Ella como es, que es lo importante. Lo que nos interesa a todos es que nadie encuentre reparo o inconveniente alguno en acercarse y encomendarse a Ella. En el último Reconocimiento, fue desvestido completamente el Cuerpo de la Venerable, y se le colocó por las Religiosas un hábito nuevo, hecho con todo mimo y cariño. Un pergamino, escrito en latín, que apareció dentro deL ataúd de la Venerable, nos dice que, a su muerte y entierro, asistieron nada menos que el Padre Ministro General de Los Franciscanos, Alonso Salizanes; el Provincial de Burgos, P. José Jiménez Samaniego, primer biógrafo de Sor María; su Confesor y Capellán de las Concepcionistas, P. Andrés de Fuenmayor; el Padre Guardián del Convento de Franciscanos de Agreda, etc. Tenía la Venerable 63 años de edad, llevaba 46 de Religiosa, y había sido Abadesa del convento por espacio de 34 años. Este mismo pergamino nos habla de la insigne fama de santidad de nuestra Monja, extendida ya en vida por toda España. Se la enterró en un arca de madera en el panteón de las Religiosas o cripta de la iglesia. A los 28 meses de su enterramiento, nos dice otro pergamino en latín, en 1667, previos los debidos permisos, se trasladó de sitio el Cuerpo de la Venerable, sacándolo del nicho en que estaba la cripta bajo tierra, que está debajo de los pies de la iglesia del Convento, por la humedad que se notaba en dicho nicho, a otro lugar de la misma cripta, menos húmedo. Con admiración de todos, se comprobó que su virginal Cuerpo se encontraba íntegro e incorrupto. A los 12 años de su muerte (1677), viniendo el rey Carlos II de Zaragoza, y pasando por Agreda, quiso orar ante los restos de Sor María. El pueblo de Agreda le obsequió en esta ocasión con brillante corrida de toros, “saliendo La fiesta muy alegre”. Le acompañaba don Juan J. de Austria y crecido séquito de Grandes. Por la tarde, bajó a la cripta para ver el Cuerpo de Sor María, que apareció “tan entero y palpable, como si acabara de expirar, particularmente las manos muy blancas, frescas y hermosa”. “Sólo la cara pareció algo amomiada y seca”. En un cuadro pintado que hay subiendo al Museo-Exposición de la Venerable, se ve esta escena del Rey, de rodillas ante el cadáver de Sor María. Esto era el 5 de junio de 1677, por la tarde. En 1702, llegó a Agreda la reina Doña María Gabriela de Saboya, primera esposa del rey Felipe V, acompañada de numerosos magnates, cortesanos y soldados, para visitar el Cuerpo de la Venerable. La llave del Padre Provincial de Burgos, para abrir el ataúd, se trajo confundida; y no se pudo abrir el arca donde reposaba la Monja; por lo que hubo de arrancar a martillazos los clavos de las dos cerraduras, golpeando fuertemente el ataúd, al ver el empeño de Su Majestad de ver el Cuerpo: no se iría de Agreda sin ver a la Venerable. Media hora permaneció la reina junto al arca, una vez abierta. Entraron al convento otras muchas personas del séquito y de Agreda. Como el lugar de la cripta o sótano donde estaba la Venerable era angosto, los visitantes entraron en varias veces, aguardando unos a que subiesen los otros. Total, que al ir a cerrar el ataúd después de la visita, se halló que durante ella se habían extraído, furtivamente y con falsa piedad, del Cuerpo de la Venerable los dos pies y una tibia; por lo que desde entonces (1702), le faltan a su Cuerpo, como lo pudimos comprobar dicho 20 de mayo de este año. Y eso que antes la reina había advertido a todos, que respetasen todo y no tocaran nada. Nunca se pudo saber el autor o autores de tamaño desacato. Entonces, el arca del Cuerpo de la Venerable se clavó, y se metió dentro de otra arca mayor, cerrada con dos llaves. En 1737, para consignar para las generaciones venideras, lo ocurrido en la visita anterior de la reina, se reconoció el Cuerpo, y se levantó el conveniente documento sobre la sustracción de esas partes de los pies. Se hicieron las necesarias y oportunas declaraciones y testificaciones de las personas que podían dar fe de ello. Y de todo ello testifica el Padre Ministro General de los Franciscanos, en un documento del archivo del Convento. El año 1757, tuvo lugar un reconocimiento judicial del Cuerpo de la venerable, realizado por el entonces Obispo de Tarazona, D. Esteban Vilanova. Un documento abreviado de 29 páginas, que está dentro del ataúd, lo acredita; y todavía es más amplio, de 81 páginas en folio, el que se conserva en el archivo del Convento. Previamente, se publicó por uno de los jueces la pena de excomunión a todos aquellos que se atreviesen a quitar o poner algo perteneciente a lo apareciera allí de la Sierva de Dios, por falsa devoción. En dicho Reconocimiento se observó que el cadáver estaba íntegro, desde la cabeza hasta las rodillas, teniendo en todas sus partes unión y untuosidad en sus sólidos. Desde la mandíbula inferior empezaba lo carnoso, formando el cuello y garganta en su debida proporción, y bajaba cubriendo y envolviendo lo restante del cuerpo hasta las rodillas. Y se dan muchos más detalles sobre su estado de conservación. Terminado el examen, se vistió de nuevo el Cuerpo con hábito completo de Concepcionista, de estameña, se selló con lacre el sepulcro, y se metió en la otra arca mayor, cerrada también con dos llaves. La Francesada. Y llegó el año 1808. El 24 de noviembre, estuvieron en Agreda 25.000 franceses, al mando del general Ney, camino de la gran batalla que dio Napoleón en Tudela de Navarra. Los soldados franceses saquearon casas y los cuatro Conventos existentes entonces en Agreda: Agustinos, Agustinas, Franciscanos y Concepcionistas. Robaron cálices, copones, lámparas, alhajas, etc. Las Monjas Agustinas huyeron al pueblo de La Cueva de Agreda; las Concepcionistas al de La Aldehuela. Los franceses anduvieron por todo el Convento de las Agustinas y de la Concepción. En el de la Concepción, creyeron que las Monjas tendrían escondido dinero en el sepulcro de la Venerable; y los franceses descerrajaron ferozmente las cajas del sepulcro a martillazos. ¡Mala suerte ha tenido el Cuerpo de la Venerable con esos dos descerrajamientos, sobre todo éste último tan salvaje!. Menos mal, y siempre hay que dar gracias a Dios, que no destrozaron el Cuerpo de Sor María, y ha podido llegar hasta nosotros. ¿Por qué fueron los franceses al sepulcro de la Venerable? ¿Acaso alguien de Agreda, no muy agredano por cierto si fue así, les haría tal indicación?. Aunque no esté relacionado con esto, es también extraña otra cosa, que ya hemos escrito alguna vez: en el Ayuntamiento, falta el Libro de Actas de Sesiones de cuando la Francesada. ¿Acaso alguien, interesado en que no aparecieran cosas de sus antepasados, lo hizo desaparecer por no sufrir vergüenza? Apenas salieron los franceses del Convento, el P. Guardián del convento de franciscanos de Agreda, revisó todo y cerró las puertas de entrada al sepulcro de la Venerable y al convento de Concepcionistas. Cuando se alejaron los soldados regresaron las Monjas de La Aldehuela. Si el atropello de los franceses había sido a final de noviembre, el 10 de enero de 1809, se hizo otro reconocimiento oficial del Cuerpo de la Venerable. Encontraron que la lapa del arca tenía un agujero de unos 10 centímetros. Determinaron dejar todo como estaba, y cerraron la puerta de entrada al sótano o cripta con tres llaves, hasta que se pudiese asegurar bien la urna interior con las formalidades necesarias. Y, como allí enterraban también a las monjas, en los nichos de la cripta o sótano de los pies de la iglesia, si falleciere alguna religiosa, que no la enterrasen allí. Y, efectivamente, de 1809 a 1813, murieron tres monjas, que no se enterraron allí. En este reconocimiento, participó D, Raimundo Oria, que fue un gran y valiente sacerdote contra los franceses, Beneficiario del Cabildo de Agreda y Vicario General de la diócesis de Tarazona en el Partido de Castilla. ¡Lástima que tengamos tan olvidados de Agreda a tantos personajes ilustres!. En 1813, tomando parte también D. Raimundo Oria, se pudo ya hacer lo que dejaron sin concluir en 1809. Se cerraron ya con tres llaves las dos arcas, como disponía el Obispo de Tarazona. Y se dio gracias a Dios, porque se había conservado ileso el cuerno de la Venerable e intactos los documentos, a pesar de las profanaciones, saqueos y destrozos hechos por los franceses en este convento. En 1849, el obispo Vicente Ortiz y Labastida, con ocasión de la Visita Pastoral al convento, bajó al citado tantas veces panteón de las monjas a los pies de la iglesia, con una serie de eclesiásticos. “Para los efectos que pudieran convenir, deseaba inspeccionar el estado en que se hallaba el arca y el Cuerpo de la Venerable”. Y visto, se dejó todo, documentos incluidos, tal y como estaba. En 1890, el Obispo de Tarazona, Juan Soldevilla y Romero, también en Visita Pastoral al convento, realizó otro reconocimiento con parecido desarrollo. Unicamente, que ya expresó su deseo de que el Cuerno de la Venerable “fuese colocado algún día en otro sitio más desahogado y propio de su veneración”. E indicó, entre otras, la posibilidad de, para más adelante, llevarlo a la celda que ocupara en vida: cosa que nunca se realizó. En 1909, se llevó a cabo el Reconocimiento más minucioso, decretado por la Sagrada Congregación de Ritos de Roma. Fue realizado por el Obispo Santiago Ozcoidi y Udave, gran admirador de la santidad y ciencia de nuestra Venerable. Como Notario actuó D. Eduardo Royo, Capellán y Confesor de las Concepcionistas y hermano de D. Zótico Royo. Es el año en que se sacó ya el Cuerpo de la Venerable de la cripta de debajo de la iglesia, tan húmeda, para llevarlo a la Tribuna donde estaba hasta ahora, en el Museo-Exposición. Se colocó ahora el Cuerpo en un ataúd nuevo (el actual), construido en Zaragoza, por D. Francisco Borja, dentro del sarcófago con la estatua yacente de la Monja, que se ve en la actualidad. Dicho ataúd nuevo fue costeado por los preclaros hermanos D. Francisco Lahuerta, canónigo de Albarracín y Dª. Vicenta Lahuerta, viuda del Excmo. D. Baldomero del Rey. Se hizo un examen anatómico completo y minucioso del Cuerpo con abundantes detalles y se le cambiaron totalmente las vestiduras. Prácticamente, pasados 83 años, en mayo de 1989, se encontró que el Cuerpo estaba en el mismo estado. Se expuso el Cuerpo ante el público, en la puerta interior del convento en la portería. Acudieron muchas gentes a verlo de todos los pueblos de alrededor. Era la primera vez que lo veía el pueblo. Destacamos esto, porque no deja de ser extraño y curioso, que, sin ver nunca el Cuerpo, se haya conservado en el pueblo tan acendrada la devoción a la Venerable. Formados en filas, pasaban reverentes las numerosísimas personas, unas llorando de emoción y todas encomendándose a Sor María. La Guardia Civil, alguaciles y otros tuvieron que guardar el orden ante aquella aglomeración de gentes. En el año 1965, con motivo del III Centenario de la Muerte de la Venerable, se preparó la Exposición- Museo en la Tribuna del Convento, para poder contemplar su Cuerpo y los demás objetos relacionados con ella. Fue otro hito importante en la escalada de devoción a nuestra Monja: pero, en esta ocasión, no se abrió el ataúd, sólo se facilitó al público el poder visitarlo. Desde entonces, muchísima gente ha pasado estos años ante su sepulcro. En 1977, se abrió el féretro, aunque brevísimamente, ante el obispo D. Teodoro Cardenal Fernández, para colocar debidamente la almohadilla de la cabecera de la Venerable; y ésta había sido la última vez de su apertura. Ahora, la tenemos a Sor María de Jesús lo más cerca posible de nosotros, en la iglesia, para podemos arrodillar ante Ella y confiarle todas nuestras súplicas. Fue este último Reconocimiento y Traslación, el 20 de mayo de 1989, a las 16,30 horas, sábado, víspera del domingo de la Santísima Trinidad.   Beatificación María de Ágreda
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APENDICEIFICHA BIOGRAFICA DE LA VENERABLE
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(Tomada de F. Javier Fuente Fernández, edición crítica de Algunos Sucesos de Doctrina y Enseñanza Para la Alma, de la Ven. Sor María de Jesús de Agreda, León, 1993, pp. 17-28.) 1564: Nace en Agreda Francisco Coronel, el que será el padre de la Venerable María de Jesús, en el seno de una familia agredana hidalga. En el plano económico, tanto Francisco Coronel como Catalina de Arana -la que será su esposa- pertenecen a familias venidas a menos, tal como nos cuenta su propia hija en su Biografía. 1563: Catalina de Arana, madre de la Venerable, oriunda de Vizcaya y también hidalga como su marido, nace en Agreda. De ellos ha escrito Silvela: “ambos en la sangre hidalgos, en la virtud ilustres, en los bienes de fortuna regularmente acomodados, y por extremo devotos de la Virgen”. 1583: Se casan en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de Agreda Francisco Coronel y Catalina Arana, iglesia perteneciente al patronato de la familia de los Castejones y enclavada en su ciudadela, de la que en la actualidad sólo se pueden contemplar las ruinas del ábside. Del matrimonio nacieron 11 hijos, de los que 7 morirán en edad temprana. Los nombres de los que sobrevivieron son Francisco, José, María y Jerónima. 1602: 2 de abril: Nace en Agreda, en la calle de los Caballeros y hoy de las Agustinas, María de Jesús Coronel Arana. 11 de abril: Es bautizada en Agreda en La parroquia de Nuestra Señora de Magaña la niña María de Jesús Coronel. 1606: 17 de julio: Es confirmada la niña María de Jesús Coronel por monseñor Diego Yepes, obispo de Tarazona, quien manifiesta que la niña estaba dotada ya de una rara piedad y conocimiento de las cosas divinas. Nace la hermana de la Venerable, la que habría de ser Jerónima de la Santísima Trinidad. 1608: Recibe la primera comunión la Venerable. 1610: 25 de diciembre: Emite voto de castidad María de Jesús de Agreda. 1612-1617: En este periodo fue revelado a la niña María Coronel Arana que en el mundo existían muchas naciones y gentes que no conocían ni adoraban a Dios, sino a ídolos, lo que causó en ella gran congoja y preocupación por estas almas que no se podían salvar, y que estarán, años después, en el fondo del complejo y espinoso asunto de la conversión de los indios de Nuevo México a través de la bilocación. 1614: María de Jesús manifiesta a sus padres su vocación monástica y su deseo de profesar en alguna orden religiosa. Se iniciaron los trámites y estuvo a punto de lomar el hábito de las Carmelitas Descalzas en el convento de Santa Ana de Tarazona. Tal decisión no se llevó a efecto porque su madre decide fundar un convento en Agreda. 1615: Los hermanos de María Jesús, Francisco y José, tomaron el hábito de la Orden de San Francisco en la provincia de Burgos. Catalina de Arana, madre de la Venerable, recibe el mandato de Dios de que en su casa se edifique un convento de religiosas. Francisco Coronel, el padre, tenía 60 años. De mutuo acuerdo, Francisco Coronel y Catalina Arana anulan su matrimonio en la misma iglesia en que se habían casado, en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros. La niña María de Jesús Coronel padece una grave enfermedad que le duró seis meses y que la tuvo a las puertas de la muerte. Tal era su gravedad, que ya se había preparado la cera para su entierro. 1616: Empiezan las gestiones para la fundación del convento de la Concepción en Agreda. La Venerable se da a la oración mental, con dones de contemplación infusa. 1618: 16 de agosto: Se inician las obras en la casa solariega de la Venerable para adecuarla para convento. 8 de diciembre: Se celebra la primera misa en el convento. 1619: 6 de enero: Llegan a Agreda las tres monjas fundadoras procedentes del convento franciscano de las calzadas de San Luís de Burgos. Sus nombres eran: María Bautista de Vergara, Francisca de Villegas y Martina de Marañón. 13 de enero: Toman el hábito la Venerable, su hermana y su madre. 19 de enero: Se establece la clausura. Este nuevo convento se adscribirá a la Orden de la Inmaculada Concepción, probablemente por la relación de Catalina Arana con los franciscanos del convento de San Julián de Agreda y por el fervor inmaculista que en España conocía uno de sus mejores momentos. Entre las dos ramas de las Concepcionistas, calzadas y descalzas, madre e hija optan por las descalzas; sin embargo las fundadoras serán calzadas, dado que en el área de la provincia franciscana de Burgos, a la que pertenecía Agreda, no había descalzas. Estas sustituirán a las primeras fundadoras en 1623. 24 de enero: Francisco Coronel, padre de María de Jesús de Agreda ingresa como lego en el convento franciscano de San Antonio de Nalda con el nombre de Fray Francisco del Santísimo Sacramento. Poco después le seguirá su hermano Medel. 1620: 2 de febrero: Emite la profesión la Venerable y su madre. Primeras profesiones con que se asienta el convento. Se dirige con el Padre Juan de Jesús de Torrecilla, “que era más piadoso que atento a que se celasen y encubriesen estas materias”. Se refiere Sor María a los arrobos. Comienzan los fenómenos extraordinarios, los arrobos, un sábado después de la Pascua del Espíritu Santo. Se convierten en espectáculo público con la anuencia del confesor y superiores. Cuando se hallaba arrobada, se le llegó a quitar el velo para que pudiese ser contemplada por el público. Día de la Magdalena: Segundo arrobo, en presencia de las religiosas. Conoce al Padre Villacre, provincial de la Orden Franciscana en Burgos, quien juzga sus arrobos. Se inicia el periodo de la evangelización de los indios de Nuevo México por Sor María de Jesús a través del don de la bilocación. Estas experiencias serían comunicadas a sus confesores, los Padres Fray Juan de Jesús de Torrecilla, Fray Juan Bautista de Santa María y Fray Tomás Gonzalo. 1621: Escribe el primer tratado de los ángeles del Jardín espiritual. 1622: 1 de mayo: Profesa Sor Jeronima de la Santísima Trinidad, hermana de Sor María de Jesús. 1623: Intervención de Fray Juan de Villacre, provincial de los franciscanos, en el asunto de las exterioridades, ante las quejas de Sor María de que sus arrobos habían sido convertidos por sus superiores en espectáculo público. Por orden de este padre se prohibirá la publicidad de estos fenómenos de naturaleza mística y ordenará a Sor María que pida a Dios que le suspenda los arrobos. Cesan los arrobos y los sucesos relacionados con las conversiones de indios en Méjico. En 1650, en el proceso inquisitorial, dirá Sor María que duraron tres años y calificará estas cosas de “baraundas”. Sor María quema todos los papeles que tenía escritos relacionados con “las revelaciones y conversaciones dichas”. Desde esta fecha hasta 1650, en cuatro ocasiones ha quemado escritos relacionados con estos asuntos. Las fundadoras del convento de Burgos son sustituidas por las del convento de las recoletas descalzas de Madrid. Fue abadesa Sor María de Cristo; vicaria, Sor Mariana de Jesús; maestra de novicias, Sor Catalina Evangelista. Comienza su labor como confesor el Padre Andrés de la Torre, quien dirigirá a Sor María hasta 1647. Durante seis meses fue abadesa Sor Catalina del Santísimo Sacramento en el periodo entre la ida de las monjas de Burgos y la llegada de las de Madrid. 1625: 10 de octubre: Muere el padre de la Venerable, cuyos restos se encuentran en el convento de Agreda. Certificación del Padre Sebastián de Marcilla, provincial franciscano de la provincia de Burgos, de que el Padre Alonso de Benavides y Sor María de Jesús habían escrito el memorial y la declaración de autenticidad de los antes citados. Certificación del Padre Francisco Andrés de la Torre, confesor de la Venerable, en el convento franciscano de San Julián de Agreda, en la que manifiesta que el memorial del Padre Benavides y el testimonio de Sor María de Jesús son originales y concuerdan con lo que él sabe sobre la conversión de los indios en Nuevo México. 18 de noviembre: A los 69 años de edad muere Catalina de Arana, la madre de la Venerable, cuyo cuerpo incorrupto se halla en el convento de Agreda, y a la que cariñosamente llaman las monjas de este convento “la abuelita”. 1626: Se data una de las protestaciones de fe que aparecen el Jardín espiritual. Cuenta en el Jardín espiritual las gracias recibidas a través de la visión del Niño Jesús. Conversión del moro de Pamplona. 1627: Regresan a Madrid las monjas fundadoras del convento del Caballero de Gracia. 19 de marzo: Es nombrada abadesa por sus superiores Sor María de Jesús con dispensa papal, por no haber cumplido los 25 años de edad. Se inician las obras del nuevo convento. 1630: Llega a Madrid el Custodio de los franciscanos en Nuevo México, el Padre Alonso de Benavides, para investigar el raro fenómeno de la evangelización de los indios a través de una bella mujer, vestida con ropas de monja, que se les aparecía, causando sorpresa en los clérigos franciscanos que los propios indios vinieran de zonas remotas a buscarlos para que los bautizaran. Entrega a Felipe IV un memorial al respecto. Durante una grave sequía se trasladó la Virgen de los Mártires desde el Campo-Santo de Agreda hasta el convento de las Concepcionistas con el objeto de celebrar una novena para implorar la lluvia. Una noche, la Venerable, después de haberse recogido, escribió una letanía en loor de la Virgen, de la que se efectuaron copias para las religiosas del convento. En Zaragoza (1630) y Madrid (1632) se imprimió dicha letanía sin permiso y conocimiento de su autora, antes bien, con “su repugnancia y sentimiento”.
1631: 30 de abril: Llega a Agreda el Padre Alonso de Benavides con el objeto de entrevistarse con Sor María de Jesús y aclarar con ella su participación en la conversión de los indios de Nuevo México a través del don de la bilocación. Entre los días 1 y 8 del mes de mayo se celebran las conversaciones entre Sor María de Jesús y el Padre Alonso de Benavides, quien nos dejará esta prosopografía: “Será de veintinueve años, que no los tiene cumplidos, de hermoso rostro, color muy blanco aunque rosado, ojos negros y grandes”. 15 de mayo: es la fecha que llevan los siguientes documentos: a) El memorial escrito por el Padre Alonso de benavides que recoge el contenido de los encuentros mantenidos con Sor María de Jesús sobre el tema de la evangelización de los indios de Nuevo México. b) El escrito, firmado por obediencia de sus superiores, en que Sor María de Jesús certifica que el contenido del memorial del Padre Alonso de Benavides se ajusta a lo por ella dicho. En 1550, en el proceso inquisitorial dirá de esta entrevista y de lo escrito sobre ella que se rindió más a la obediencia de confesores y superiores que a la razón, llevada de su poca experiencia, de su juventud y del despecho y gravedad de aquellos padres. 4 de octubre: Primera carta de Felipe IV a la Venerable. Ya tenía finalizada la primera redacción de la Mística Ciudad de Dios. 1633: 10 de julio: Se traslada la comunidad de religiosas al nuevo convento sito en las afueras de Agreda y muy próximo al de San Julián de la Orden Franciscana. 1634: Comienza la redacción de las Leyes de la esposa, entre los hijos de Sión. (Llamadas “Primeras Leyes”), que finalizará en 1637. 1635: 15 de abril: Comienza el proceso inquisitorial contra Sor María de Jesús de Agreda en la Audiencia del Santo Oficio de Logroño, tomándose declaración a los testigos siguientes: Francisco González de Alvaro (15-4-1635), teniente receptor del Santo Oficio; Fray Vítores Díaz, guardián del convento de San Francisco de Logroño; Fray Juan de Santa María (5-5-1635), guardián de los recoletos de Nalda; Fray Francisco Andrés de la Torre (19-5-1635 y 29-8- 1635), calificador del Santo Oficio y confesor de Sor María de Jesús; Fray Juan de Aro (21-5-1635), definidor de la Orden de menores y calificador del Santo Oficio, y a Fray Sebastián Marcilla (27-8-1635), guardián de San Francisco de Burgos y calificador del Santo Oficio. El interrogatorio versó sobre las cuestiones siguientes relacionadas con Sor María de Jesús: si la conocían, si habían oído hablar de sus arrobos ola habían visto arrobada, sobre la venta de cruces y cuentas en el monasterio agredano que dicen tienen indulgencias, sobre unas letanías que andan impresas y que se atribuyen a Sor María y sobre la predicación y conversión de los indios en Nuevo México por la venerable a través del don de la bilocación. 1637: Comienza la primera redacción de la Mística Ciudad de Dios. 1638: Se concede derecho de elección de abadesa a la comunidad de religiosas concepcionistas de Agreda, resultando electa Sor María de Jesús. 1641: Inicia la redacción de las Leyes de la esposa, conceptos y suspiros… (Llamadas “segundas Leyes”), que finalizará en 1642. 1643: 10 de julio: Primer encuentro de la Venerable con el rey Felipe IV e inicio de su relación que finalizará con la muerte de la religiosa. 16 de julio: primera carta de la Venerable a Felipe IV. 1645: Quema la Mística Ciudad de Dios y otros escritos por mandato de su confesor, un franciscano anciano que había sustituido a su confesor habitual, el Padre Andrés de la Torre. En el proceso, en 1550, dice que ha tenido cuatro confesores: el citado de la Torre (ya difunto), Fray Juan de Jesús de Torrecilla (ya difunto), Fray Juan Bautista de Santa María (vicario en Castelldelenas) y Fray Tomás Gonzalo (ya difunto). Teniendo en cuenta que los Padres Torrecilla y de la Torre fueron confesores habituales y los otros dos esporádicos, será uno de estos últimos quien mande quemar los escritos de Sor María. 1647: 19 de marzo: Muere el confesor de la Venerable, el Padre Andrés de la Torre. La Venerable recupera una arquilla que tenía en su poder el Padre Andrés de la Torre, llena de “papeles” relacionados con ella, unos autógrafos y otros escritos de mano del confesor. Vuelve a confesar a la Venerable su antiguo confesor. Este ordena a la Venerable que queme todos los escritos que había recuperado a la muerte del Padre Andrés de la Torre, lo que ésta realiza para que no pasen a manos de otros y los den publicidad. 1648: 14 de mayo: Datación de la carta que el Duque de Hijas envía a Sor María en la que le da cuenta de los peligros de muerte de los Reyes de España y del levantamiento de algunas provincias o reinos, y que tendrá como consecuencia la intervención de la Inquisición. Esta carta comprometerá a Sor María en el complot organizado por Carlos Padilla, oficial del ejército español, que pretendía coronar rey de Aragón al Duque de Hijas y asesinar a Felipe IV. Descubierta la conspiración Padilla será ejecutado y el Duque reducido a prisión perpetua. 20 de julio: Carta de Sor María de Jesús de Agreda al Duque de Hijar en contestación a la de éste, de fecha 14 de mayo. 29 de octubre: La carta anterior fue entregada a Don Bernardo de Peñaranda, del Consejo de Estado. 21 de noviembre: Sor María reconoce como suya la carta enviada al Duque de Hijar ante el comisario del Santo Oficio de Logroño, el licenciado Diego de Ojea. Este mismo día la Venerable responde a las preguntas que el citado comisario le realiza sobre su relación con el Duque de lijar y el conocimiento de las intenciones de éste de separar de España Cataluña y Aragón y dar muerte a Felipe IV. 1649: 8 de enero: En Madrid, con objeto de proceder a la Causa de Sor María de Jesús, se reúnen el Padre Isidoro de San Vicente, del Consejo de su Majestad y de la Santa General Inquisición, con los Padres Pedro Pimentel, Gabriel López Navarro, Alonso Herrera y Tomás de Herrera, todos ellos calificadores del Santo Oficio. Dicha reunión se reanuda el día 13 del mismo mes con el acuerdo siguiente: que se busquen los originales de Los documentos copiados que figuran en el proceso y que se certifique su originalidad. Una vez encontrados los originales y teniendo constancia de su autoría se encargó la emisión de tres informes sobre la Causa de Sor María: el primero al Padre Alonso de Herrera, de la Orden de San Francisco de Paula, que lo entregó el 8 de junio; el segundo al Padre Tomás de Herrera, de la Orden de San Agustín, que lo entregó el día 18 de junio, y el tercero el Padre Lucas Guadín, de la Compañía de Jesús, que lo dio el 5 de julio. Como resumen de conjunto se puede decir que los tres calificadores coinciden en señalar: a) como dudosos los arrobos; b) como peligrosos el repartimiento de cruces y cuentas y las letanías. c) como receloso y sospechoso la conversación de Los indios; d) la necesidad de realizar nuevos interrogatorios que aporten más noticias de su vida, del ejercicio de sus virtudes y del modo de la comunicación que tiene con Dios. 18 de mayo: Va firmado un cuaderno de diez hojas cuyo título es Propósitos de perfección (son treinta y tres). 23 de septiembre: Reunidos en Madrid el inquisidor general, Diego de Arce y Reinoso (1643-1655), y los miembros del Consejo de la Santa Inquisición. Vista la causa seguida contra Sor María de Jesús de Agreda, deciden que se remita dicho proceso a Logroño para que hagan que se cumpla el auto iniciado allí el 8 de junio de 1635, nombrándose un calificador que se traslade a Agreda para que interrogue de nuevo a la Venerable sobre los asuntos que hicieron abrir su causa y se dé traslado de todo ello al fiscal para que pida lo que convenga. Igualmente ordenan que se la interrogue sobre la carta que escribió al Duque de Hijar y su relación con este personaje. 1650: 10 de enero: La inquisición de Logroño ordena al calificador del Santo Oficio Fray Antonio Gonzalo del Moral, de La Orden de la Santísima Trinidad, que se traslade a Agreda para que someta a nuevo interrogatorio a Sor María de Jesús de Agreda de acuerdo con las instrucciones y cuestionario (80 preguntas) que le entregan. Igualmente se nombra como secretario al licenciado Juan Rubio. Entre el 18 de enero y el 29, en sesiones de mañana (desde las ocho) y tarde (desde las dos), se lleva a cabo el interrogatorio que versa esencialmente sobre los temas ya referidos: letanías, cruces y cuentas, arrobos, predicación en Méjico, relación con el Duque de lijar, etc. Por las referencias que hallamos en las respuestas, la dureza de los interrogatorios se verá agravada por padecer perlesía y pérdida de memoria la Venerable. 4 de febrero: El Padre calificador Fray Antonio Gonzalo de Moral emite un informe en el que exculpa a Sor María de Jesús de Agreda de todos los cargos, destacando sus virtudes, su conocimiento de la Sagrada Escritura, así como que es “católica y fiel cristiana, bien fundada en nuestra fe; sin ningún género de ficción ni embeleso del demonio”. 12 de febrero: El inquisidor Lesmes Calderón, de la Audiencia del Santo Oficio de Logroño, manda que se suspenda la causa seguida contra Sor María de Jesús de Agreda y lo firma ante Francisco Adam de la Parra, inquisidor general. El Padre Andrés de Fuenmayor comienza a dirigir espiritualmente a la Venerable, dirección que dudará hasta la muerte de ésta. 1651: 24 de junio: Comienza Sor María de Jesús la redacción de las Sabatinas. 18 de agosto: Comienza la preparación de la confesión general. 1 de noviembre: Realiza la confesión general. 1652: Se funda el convento de la Concepción de Borja con monjas del convento de Agreda, convirtiéndose así este novel convento en fundador. 21 de noviembre: Comienza el primer noviciado místico: el de la Virgen: Llama noviciados a periodos de tiempo en que trata de perfeccionarse a través de la imitación, siguiendo la analogía con la entrada de las religiosas en una orden. Finaliza el primer periodo de abadesa de Sor María al conseguir la dispensa de no ser reelegida gracias al apoyo del nuncio en España, el cardenal Respillosi. 1653: 2 de febrero: Primera muerte mística. Pascua. Comienza el segundo noviciado: el de Cristo. Trinidad. Comienza el tercer noviciado: el de la Trinidad. 1654: 15 de agosto: Profesión del primer noviciado. Deja de escribir las Sabatinas. 1655: Es reelegida abadesa, cargo que desempeñará hasta su muerte. 8 de diciembre: Comienza a redactar por segunda vez la Mística Ciudad de Dios por mandato de su confesor el Padre Andrés de Fuenmayor. Escribe las Leyes de la esposa, ápices de su casto amor… (Llamadas terceras Leyes). 1660: 6 de mayo: Termina la redacción de la Mística Ciudad de Dios. 15 de mayo: Finaliza la primera parte del cuaderno titulado Algunos sucesos de doctrina y enseñanza para el alma. 1665: Va fechada la segunda parte de Algunos sucesos, cuya caligrafía temblorosa refleja ya la enfermedad de la venerable que llevará hasta su muerte. 3 de marzo: Ultima carta de Felipe IV a la Venerable. 27 de marzo: Ultima carta de la Venerable a Felipe IV. 24 de mayo: A la hora de tercia muere Sor María de Jesús en el convento de Agreda a los 63 años de edad y 46 de haber profesado, después de haber padecido a lo largo de su vida su naturaleza delicada diversos achaques y enfermedades. 25 de mayo: Se celebraron los funerales oficiando de preste el general de la Orden franciscana Fray Alonso Salizanes. Finalizando el funeral y apenas transcurridas 24 horas desde su muerte fue enterrada Sor María de Jesús en uno de los nichos del cementerio de las religiosas. La muerte la sorprendió escribiendo su Biografía, que quedaría inconclusa. 1670: Se publica en Madrid la edito princeps de la Mística Ciudad de Dios, obra cumbre de Sor María, que será reeditada continuamente y traducida a varios idiomas. 1673: 28 de enero: se inicia el proceso de beatificación. Se hará cargo de la Causa el Padre Antonio de Jesús de la Orden de San Francisco. 1674: 13 de abril: Muere Sor Jerónima de la Santísima Trinidad, hermana de la Venerable.   Beatificación María de Ágreda
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OBRAS DE LA VENERABLE
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LA MISTICA CIUDAD DE DIOS
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– Cartas del Rey nuestro Señor para Sor María de Jesús, y sus respuestas. – Algunos Sucesos de Doctrina y Enseñanza para el Alma. – Escala para subir a la perfección. – Ejercicios espirituales de retiro, que la Ven. María de Jesús de Agreda practicó y dejó escritos a sus hijas, para que los practicasen en el mismo religiosísimo convento de la Purísima Concepción de la misma Villa. – Leyes de la Esposa, conceptos y suspiros del corazón para alcanzar el último, y verdadero fin del beneplácito, y agrado del Esposo y Señor. – Leyes de la Esposa entre las hijas de Sión dilectísima. Apices de su casto amor. – Suspiros del alma, sustento del Espíritu en el camino de este destierro, ansias del fin verdadero, que esperamos y Tratado de algunas devociones. – Conciertos y capitulaciones de una pobrecilla alma con su Dios, y Señor, con su Esposo, y Redentor para enmienda de su vida, y cumplir con sus obligaciones. – Propósitos de perfección para mayor bien del Alma, y beneplácito del Señor.  Beatificación María de Ágreda
 
 
Avisos de perfección para la que ha de ser Esposa de Cristo nuestro Señor. Protestación pública, petición y concordia de este Convento y Monjas descalzas de la Inmaculada Concepción de la Villa de Agreda, para introducir por sus patronos y protectores, en primer lugar a la Soberana Reina, y Señora del cielo y tierra María Santísima, y con su beneplácito al glorioso príncipe San Miguel, y a nuestro seráfico Padre San Francisco. -Repuesta, que el Señor dio a un alma, suplicándole librase a esta Corona de España de la opresión que padece por las guerras.  Beatificación María de Ágreda
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Ricardo Romero. Difusor en Sudamérica de la Orden de la Inmaculada Concepción y de la causa de la beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de “Mística Ciudad de Dios. Para mas información escribir a: mensajeromariano@live.com
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Mistica Ciudad de Dios

Sor María de Jesús de Ágreda

NOVENA PARA OBTENER GRACIAS ESPECIALISIMAS

 

Beatificación María de Ágreda 
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¡Oh Virgen Inmaculada, santuario de la divina Trinidad! Tú eres la reina y madre de todos los santos. Tú eres el ejemplar en el cual, por obra del Padre, del Verbo y del Espíritu Santo, todos los santos son contemplados amorosamente en el interior más hondo del ser divino. Tu Concepción Inmaculada, largos siglos sólo parcialmente revelada a la Iglesia, fue por fin, manifestada en todo su esplendor por una hija especialmente llamada a esta misión. Madre Inmaculada, tú eres -junto con Jesús- toda la razón de ser de la santidad extraordinaria y la sublime misión de la Ven. Sor María de Jesús de Agreda. A ti vengo en los días de esta novena a Ilenarme de lo que llenaba tu alma, a caminar siguiendo -¡aunque de lejos, muy de lejos!- tus huellas admirables. ¿Por qué has querido que un día cualquiera de mi vida llegase a conocerte?. ¿Por qué has querido ponerme en contacto con tu vida? ¿Para qué has suscitado en mi interior esta inexplicable querencia por tu persona, tu obra, tu misión?. Aunque nada entienda deq que en mi vida sucede con tu persona, hoy me pongo ante tus plantas para iniciar esta novena. No sé a ciencia cierta lo que voy a pedirte, ni lo que voy a decirte, ni lo que de esta novena voy a obtener de ti. Sólo me siento impulsado/a a empezar estos nueves días de intimidad contigo en la Trinidad, por medio de tu Madre y Madre mía Inmaculada, la Virgen María. Tú que has hecho brotar en mi alma el deseo de comenzar esta novena, haz que sea constante para terminarla, y concédeme aquellas gracias para mí desconocidas, para cuya concesión tú me has inspirado para que comenzara tan inexplicablemente esta Novena en tu honor y en honor de la Virgen Inmaculada y de toda la Trinidad. Oración final para cada día ¡Oh Santa Trinidad que os complacisteis en otorgar las más grandes muestras de gracia y de bondad para con vuestra fiel servidora la Ven. Sor María!. Os doy las más rendidas gracias por los beneficios con que la distinguisteis a lo largo de su vida, y los prodigios con que habéis manifestado su santidad después de la muerte. También yo quiero beneficiarme de esa predilección vuestra con la admirable virgen de Agreda. Otorgadme también a mí la gracia de llegar a aquel grado de gracia y santidad a que me habéis predestinado. Que mis pecados y continuas infidelidades no impidan la realización de vuestros maravillosos designios sobre mi vida. Perdonad todos los pecados que he cometido a lo largo de mi vida, y concededme la gracia de que esta novena me ayude para la consecución de la eterna felicidad en el cielo. Amén.
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Día Primero

El misterio del Padre

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¡Padre que estás en el cielo! Tú fuiste el que desde toda la eternidad, en tu Hijo el Verbo igual a ti en esencia y atributos, escogiste a Sor María de Agreda para hacer en ella la más fiel reproducción de la imagen de la Virgen María. Tú la llamaste para ser la gran apóstol y doctora de la Inmaculada. Con gran fidelidad pasó toda su santa vida empleada en el cumplimiento de su difícil misión. A ti te rindo las más sinceras gracias por las maravillas que llevaste a cabo en la admirable vida de esta tu humilde hija. Dígnate ahora premiar los servicios prestados en tu servicio concediéndome la gracia de una vida santa, y otorgando a ella la glorificación en la tierra a que su santa vida la hizo acreedora. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
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Día Segundo
El Hijo Eterno de Dios
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¡Oh Verbo de Dios que fuiste ejemplar perfecto en que el Padre predestinó a la gloria a tu hija bienamada Sor María de Jesús! Tú quisiste hacer de ella la gran escritora de los misterios de tu vida y de la vida de tu Santísima Madre. Para la realización de esta misión la llenaste de las más excelentes gracias y privilegios. Toda su vida fue un ejercicio continuo de virtudes las más perfectas. Por el mérito de su vida, te pido para mí y para todos los fieles cristianos, la gracia de conocer perfectamente el misterio de tu vida que se contiene en los Santos Evangelios, y de poner en práctica esas admirables enseñanzas. Dame el perdón del descuido con que hasta el presente he tenido la doctrina admirable de tu Evangelio. Dame la gracia de una conversión interior, perfecta, y a tu predilecta sierva concédele la gloria de los altares. Amén. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
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Día Tercero
El Espíritu Santo
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¡Oh Santo y Divino Espíritu! Tú, por tus dones maravillosos y por tus frutos santificaste de modo maravilloso a tu generosa servidora Sor María de Jesús. Tú realizaste en ella los admirables planes del Padre y del Verbo. Tú fuiste quien llenó su vida de santidad extraordinaria y de virtudes perfectas. Yo te doy gracias por el portento de santidad que formaste en tu generosa servidora. Por esta fuerza eficaz tuya con que así la santificaste, yo te doy las más rendidas gracias; te glorifico y te bendigo en la unidad de la naturaleza con el Padre y el Hijo. Por esos grandes misterios te pido, para mí y para todos los hombres, una perfecta santidad de vida, y para la sierva tuya Sor María de Jesús, la glorificación aquí en la tierra. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
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Día Cuarto
La Virgen Inmaculada
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¡Virgen santísima, Madre de Dios Inmaculada! Tú fuiste la que llamaste a la Venerable Sor María Jesús a la Orden de tu Concepción. Tú la preparaste para vivir en el monasterio prodigiosamente revelado a su madre Catalina, edificado en su propia casa paterna. Desde muy joven la llevaste por el camino del recogimiento perfecto, la abstracción de todo lo creado, la vida mística más elevada y semejante al cielo en la tierra. Tú la elegiste para revelar al mundo tu vida misteriosa, escribir el relato de tu existencia singular, y extender por todo el mundo el conocimiento y veneración de tu gran privilegio de Madre Inmaculada. ¡Cómo no darte gracias por la ejecución tan perfecta de tu plan en esta fiel hija tuya!. Por esa obra perfecta que tú realizaste en su existencia terrestre te pido para mí y para toda la Iglesia un amor grandísimo al misterio de tu Concepción Inmaculada. Te pido también para tu discípula admirable, el favor de una pronta glorificación ante los fieles de tu santa Iglesia, de la que eres Madre perfectísima. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
Día Quinto
San José
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¡Glorioso Patriarca San José! Tú fuiste admirable en la vida de Sor María de Jesús llevándola al conocimiento del misterio escondido en la persona de tu esposa María y de tu Hijo Jesús. Tú la acompañaste por los difíciles caminos de la santidad para que no se desviara, antes bien, caminara por las vías de la más elevada vida interior sin tropiezos y en perfecta obediencia a sus directores espirituales. De ti escribió ella maravillosas páginas en su gran Mística Ciudad de Dios. No puedo menos de agradecerte por la singular providencia con que siempre la llevaste por el camino de la vida santa. Por eso te pido para mí y para toda la Iglesia, el don de una asimilación perfecta de los misterios divinos de la vida de Jesús y de María; la gracia de una santa muerte; el don de la oración y de la perfecta interioridad. Para tu dócil sierva te pido la gloria de los altares, superadas las dificultades que al presente se oponen a esa glorificación. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
Día Sexto
San Miguel Arcángel
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¡Santo y glorioso Arcángel, príncipe de las milicias celestes!. Grande fue el amor y veneración con que te trató durante toda su vida la Venerable Sor María de Jesús. Tú le revelaste los misterios del mundo invisible. Tú la protegiste contra las innumerables asechanzas que amenazaban su vida extraordinaria. A ti se te debe el que esta extraordinaria mujer, en su fragilidad femenina, diera muestras de un temple superior de carácter, de inteligencia superior a las normales condiciones humanas, y una familiaridad con el mundo invisible que ha hecho de ellas una de las más grandes espirituales de la historia. Te doy gracias de todo corazón por el cuidado singular con que velaste por ella. Por eso me dirijo a ti con grande confianza para que me otorgues a mí y a todos los hombres una devoción grande a la Virgen Inmaculada y los ángeles que la sirven. Concede también a tu admirable protegida, la gloria de su exaltación a Los ojos de los hombres en el seno de la Iglesia de Dios. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
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Día Séptimo
Los Santos Angeles
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Cosas admirables y llenas de sabiduría divina escribió de vosotros la Venerable Sor María de Jesús. Secretos escondidos le revelasteis sobre la vida de Jesús y de María. Siempre la protegisteis, como ella relató que protegíais a Jesús y María en el curso de su humilde vida terrestre. En todas las páginas de su obra estáis presentes, desde la predestinación de María, hasta el día de su final glorificación en el día de su Asunción a Los cielos. Ella como muy pocos autores espirituales ha subrayado la importancia de vuestra presencia en la vida de Jesús y de María. Vosotros le premiasteis esta fidelidad a vuestras consignas, con una singular vida más angélica que humana. Con toda humildad os rindo las debidas gracias por esa actuación vuestra en la vida de la Venerable, os pido también, para mí y para todas las almas, un conocimiento y familiaridad grande de las cosas del mundo invisible. Para Sor María os pido actuéis superando los obstáculos que se oponen a su glorificación en la tierra en el seno de la Iglesia a la cual tan eficazmente servís siempre y en todas partes. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
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Día Octavo
Los Santos
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Admirable fue la vida de Sor María de Jesús en el trato con los ángeles. Siempre recordó el día de su nacimiento que coincidió con la fiesta del gran San Francisco de Paula. Al Santo de Asís tributó siempre un culto muy cordial de veneración e imitación. Todos los santos eran para ella personas vivas y queridas. Ellos la protegían, la inspiraban, la ayudaban en sus dificultades y constituían la compañía habitual de su existencia más celestial que terrena. Yo os dirijo a todos vosotros el recuerdo más agradecido por los beneficios y gracias sobrenaturales que procurasteis con vuestra actividad superior a la virgen Sor María de Jesús. Os pido también para mí y para todos los mortales que pueblan el mundo la gracia de una vida semejante a la vuestra y a la de vuestra protegida Sor María de Jesús, y para ella os pido a todos, que unáis vuestra intercesión ante el trono de la Trinidad, para que acelere el día de su triunfo ante la Iglesia elevándola a la gloria de los altares. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
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Día Noveno
Santa Beatriz de Silva
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Grande Santa, fundadora de la admirable Orden de la Concepción Inmaculada de María! Tú fuiste siempre la madre querida que como tal orientaste y dirigiste la vida de tu privilegiada hija. A tu orden confió la Madre Inmaculada ese tesoro de santidad. Tú hiciste con ella de madre amorosa y de protección poderosa. En ti aprendió ella la devoción singular a la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Tú la inspirabas y la ayudabas con tus inspiraciones en el difícil cargo de abadesa que tan ejemplarmente ejerció en el monasterio de Agreda. A ti se deben en gran parte la realización de los designios que la Virgen Inmaculada concibió para con esta gloria la más admirable de toda tu orden. Tú eres la fundadora y ella la doctora en el conocimiento y veneración del misterio de la Concepción Inmaculada de María. Todos le debemos bendecir por la obra maravillosa que llevaste a cabo en la vida de esta tu hija predilecta. Gracias a ti, madre y fundadora de la orden concepcionista. Y permite que también te formule con humildad y confianza mis peticiones. Otórgame a mi y a toda la Iglesia santa de Dios un espíritu firme de fe, esperanza y caridad; un amor grande a la Trinidad, a la Virgen, la Iglesia, el Papa y todos los sacerdotes y consagrados que forman esa Iglesia, Da a todos los fieles un poderoso impulso de santidad, y actúa con fuerza ante la divina Trinidad para que sea pronto glorificada esta tu hija, que será la más grande gloria de tu ya gloriosa familia concepcionista. (Tres Glorias a la Trinidad, y Siete Avemarías a la Virgen).  Beatificación María de Ágreda 
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Beatificación María de Ágreda 

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