Prólogo

Venerable Madre Sor María de Jesús de Ágreda

Beatificación María de Ágreda
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PROLOGO
 
La iglesia entera se está poniendo en estos años en una activa preparación a la celebración del gran jubileo del año 2000. El Santo Padre ha animado a todas las iglesias locales, lo mismo que a las diversas familias religiosas y a los laicos en general, a participar en esta preparación para que el fruto del jubileo sea abundante. Este Monasterio de la Concepción de Agreda, en comunión con la iglesia local de Osma-Soria de la cual forma parte, y en sintonía con la iglesia Católica universal, se asocia a este movimiento de preparación a la inauguración del Tercer Milenio Cristiano. Las finalidades que persigue la celebración de/Jubileo anunciado por el Papa, son múltiples. Ante todo se pretende una renovación profunda de la vida cristiana. Como al advenimiento de Cristo precede siempre el reinado de la Virgen María, este Monasterio se propone trabajar en la intensificación de la piedad mariana para que la venida del Tercer Milenio sea preparada por la actuación maternal de María. Para ello nuestro Monasterio no cuenta con otro medio mejor que la difusión de la vida y el mensaje de nuestra fundadora, la mística doctora de la Inmaculada, Venerable María de Jesús de Agreda. La celebración del jubileo pretende también la reconciliación entre los cristianos, poniendo fin a las divisiones que han perjudicado a la unidad de la Iglesia en el curso de este segundo milenio que se cierra. Y también en este punto tiene nuestro monasterio una misión que realizar. Su intento es preparar por todos los medios el conocimiento de la figura discutida de su Fundadora, la Ven. M. María de Jesús de Agreda, para que entre las rehabilitaciones históricas que se quieren llevar a cabo en el curso del próximo jubileo, ocupe un lugar de preferencia. Con los modestos medios con que cuenta nuestro Monasterio para la consecución de tan altos fines, hemos preparado esta sencilla publicación que dará una primera información sobre la vida y actividad prodigiosa de nuestra Venerable. Los que se sientan movidos a profundizar sus conocimientos podrán luego acceder a la lectura directa de su gran obra ” La Mística Ciudad de Dios ” y de la biografía completa de su autora. Quiera la Virgen inmaculada bendecir esta iniciativa nuestra para que los abundantes frutos que todos esperamos del Tercer Milenio Cristiano que se prepara, nos traiga el advenimiento del Reino de Cristo precedido por la vivencia colectiva en la iglesia, y la beatificación de la Ven. M. María de Jesús de A greda. Agreda, 8 de diciembre de 1999M. María Vega ArenzanaAbadesa del Monasterio de la Inmaculada Concepción.  
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AGREDA
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Como Avila, Loyola o Lisieux, Agreda es un punto geográfico célebre en todo el mundo por una persona de extraordinarios destinos que lo ha inmortalizado. Esa figura excepcional es la Ven. Sor María de Jesús conocida, precisamente en Agreda, por el lugar de su nacimiento. En esta villa, de la que se ha dicho que es el bastión de Castilla hacia Aragón, nació el 2 de abril de 1602 Sor María de Jesús Coronel y Arana, en la calle de las Agustinas. En su árbol genealógico se cruzaban diversas procedencias. Su madre, Doña Catalina de Arana era de ascendencia vasca, con documentos de hidalguía que hasta el día de hoy se conservan en el archivo de las MM. Concepciones de Agreda, procedente de la villa vizcaína de Izurza. El padre, Don Francisco Coronel era natural de Agreda. María de Jesús tuvo dos hermanos, Francisco y José. Ambos religiosos franciscanos. Como hermana, tuvo a Jerónima, que como ella, ingresó en la Concepción de Agreda. Dotada de excepcionales cualidades, en su niñez se mostró como mujer apocada y llena de complejos que nadie sabía explicarse. El misterio de todo estaba en que muy precozmente empezó a actuar Dios en ella con fenómenos de iluminación interior que le revelaba su nada, la vanidad de todas las cosas creadas y el pecado que reinaba en el mundo. Las primeras experiencias religiosas en un medio ambiente impregnado de espíritu cristiano pusieron de manifiesto un alma hecha para vivir intensamente de lo divino. A los 4 años de edad fue confirmada por el famoso obispo Mons. Yepes, biógrafo de Santa Teresa. A los 6 años recibió la primera comunión y a los 8 había hecho secretamente su voto de castidad. Ya a los 12 quiso ingresar en las carmelitas descalzas de Tarazona. Cuando tenía 13 años sus dos hermanos entraron franciscanos. Fue en este tiempo cuando sus padres tomaron una decisión desconcertante para la población agredeña: convertir el hogar doméstico en convento concepcionista. Catalina Arana había tenido una visión en que se le decía debía hacerse religiosa y convertir su casa en convento. Fue a consultar su revelación con su confesor que vivía en el convento franciscano extramuros de la villa. Con increíble sorpresa, se le hizo encontradizo en un lugar que todavía se señala en el término de los muros del Convento, su propio confesor que venía a hablarle de la visión que había tenido también él sobre la fundación querida por Dios. La cosa tenía todas las pruebas de origen divino. Faltaba convencer al marido Francisco Coronel para que diera su consentimiento. Toda la villa se enteró de los proyectos y tomó parte en pro y en contra de la iniciativa. Don Francisco se dejó persuadir por su mujer, y tuvo lugar la fundación. Los hijos eran franciscanos; el padre ingresó también como lego franciscano. Quedaban las tres mujeres: madre y dos hijas para realizar el plan fundacional. Catalina Arana y sus hijas decidieron que la familia religiosa a La que se había de confiar la nueva fundación había de ser la orden contemplativa de la Inmaculada Concepción, y de la rama estricta de las recoletas o descalzas. Para abrir el proyectado monasterio y proceder a la erección canónica, vinieron del convento de Burgos tres religiosas concepcionistas que iniciaran a las aspirantes en el espíritu de Santa Beatriz de Silva. La presencia de las monjas burgalesas en Agreda duró cuatro años. Terminado el período de la formación de las primeras monjas, regresaron a su monasterio de origen. Para dar nuevos vuelos al monasterio agredeño, llaman las nuevas profesas a otro grupo de tres monjas del monasterio del Caballero de Gracia en Madrid. Al cabo de otros cuatro años regresan también éstas a Madrid. El monasterio de Agreda cuenta con suficientes elementos propios como para llevar adelante la plena observancia de la vida concepcionista recoleta. El mismo día en que la casa de los Coronel-Arana se convertía en convento (13.1. 1619), María Coronel tomó el hábito, cambiando su nombre de pila en Sor María de Jesús. La vida de la M. Agreda es impensable sin este marco de la clausura concepcionista. La orden de santa Beatriz la orientó hacia el misterio central de la Inmaculada Concepción, que había de ejercer en toda su vida una fascinación humanamente inexplicable. La inexorable reclusión de la vida enclaustrada encauzó la fuerza poderosa de su inteligencia y de su voluntad hacia un crecimiento en dirección vertical. La estrechez del monasterio primero, reducido a los muros de la casa paterna, lanzó a la adolescente María de Jesús a una vida de superior expansión hacia la mística. Bien pronto, ya desde el noviciado, hizo eclosión en ella esta llamada mística, con abundantes fenómenos de arrobamientos y éxtasis. Comenzó esta etapa a los 18 años aproximadamente. La forma que los trances místicos revistieron era la del éxtasis. La joven concepcionista permanecía inmóvil e insensible por espacio de dos o tres horas. El éxtasis venía acompañado de la levitación. Se elevaba sobre el pavimento y adquiría una levedad tan pasmosa, que un pequeño soplo podía mover en uno u otro sentido la masa ingrávida de su cuerpo. Se enardecía su rostro hasta tomar la forma de un verdadero serafín. Y estos arrobos llegaron a más del millar, por lo general, en presencia de gente indiscreta. El convento era pequeño. Los seglares de la villa asistían a la misa en la pequeña capilla, y no faltaron indiscretos que, en connivencia con las religiosas, se acercaban a ver la cara encendida de la joven monja en éxtasis. Un sabio director espiritual interviene entonces en su vida, cortando por lo sano todos aquellos fenómenos extraordinarios. Mas la cesación de las exterioridades trae una concentración de lo sobrenatural en lo interior de la monja, la cual empieza a vivir unos fenómenos únicos de bilocación que le hacen actuar a distancia de miles de kilómetros en las tierras americanas de Nuevo Méjico. Era el año 1622. La monja tenía sólo 20 años.   
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LA EVANGELIZACION DE NUEVO MEJICO
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La bilocación que le trasladó a Sor María desde su retiro de Agreda sobre el Atlántico hasta las Américas fue en su tiempo algo que causo el más grande estupor, no sólo en España sino en las mismas Indias, donde ha perdurado hasta nuestros días la fama de la dama azul del Oeste que evangelizara vasta zonas de Nuevo Méjico. Estos fenómenos tuvieron lugar en los primeros años de su vida enclaustrada. Reducida a los estrechos límites de su casa paterna convertida en monasterio, su existencia se vio sometida a una fortísima presión espiritual que se manifestó en una extraordinaria abundancia de fenómenos místicos. Obligada por sus confesores a cortar las exterioridades, aquel ímpetu místico buscó un modo de expansión en las lejanas tierras de América donde los misioneros estaban llevando a cabo la dificilísima tarea de la primera evangelización. Los obstáculos a la acción de los misioneros eran duros. Ante todo la hostilidad de las tribus indígenas, luego la dificultad de las lenguas autóctonas- diferentes y extrañas en su estructura-, las grandes distancias, etc. Es cuando se inician las inexplicables actuaciones de la legendaria dama azul que prepara a los indios a la recepción del bautismo. De estos sucesos dejó ella misma una narración: “Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro Señor, me mostró Su Majestad todo el mundo, y conocí la variedad de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universidad de la tierra; mostrábame con mucha claridad la multitud de criaturas y almas que había, y entre ellas cuan pocas que profesasen lo puro de la fe, y que entrasen por la puerta del bautismo a ser hijos de la santa Iglesia. Dividíase el corazón de ver que la copiosa redención no cayese sino sobre tan pocos. Conocía cumplido lo del Evangelio, que son muchos los llamados y pocos los escogidos. A todos crió el Altísimo para que le conociesen, sirviesen y amasen, y son muy pocos los que profesan la fe conforme los muchos gentiles, idólatras, moros y herejes que hay. Entre tanta variedad de los que no profesaban y confesaban la fe, me declaró que la parte de criaturas que tenían mejor disposición para convertirse, y a que más su misericordia se inclinaba, eran los del Nuevo Méjico y otros reinos remotos de hacia aquella parte. El manifestarme el Altísimo su voluntad en esto, fue mover mi ánimo con nuevos afectos de amor de Dios y del prójimo, y a clamar de lo íntimo de mi alma por aquellas almas. Otro día, después de haber recibido a nuestro Señor, me pareció que Su Majestad me mostraba más distintamente aquellos reinos indios; que quería se convirtiesen y me mandó pedir y trabajar por ellos; y las noticias que iba recibiendo, eran más claras y distintas, del modo y traza de la gente, de su disposición y necesidad de ministros que los encaminasen al conocimiento de Dios y de su fe santa. Todo esto disponía más mi ánimo y afecto para trabajar y pedir. En esta ocasión se me mostraron aquellos reinos distintamente, las calidades y propiedades de aquella parte del mundo, las trazas de los hombres y mujeres, la diferencia de los de acá en muchas cosas, y otras circunstancias. Y a mí me parece que los amonestaba y rogaba que fuesen a buscar ministros del Evangelio que los catequizasen y bautizasen; y conocíalos también. Del modo como esto fue no me parece lo puedo decir. Si fue ir o no real y verdaderamente con el cuerpo, no puedo yo asegurarlo; y no es mucho lo dude, pues San Pablo estaba a mejor luz, y confiesa de sí fue llevado al tercer cielo y que no sabe si fue en el cuerpo o fuera de él. Lo que yo puedo asegurar con toda verdad es, que el caso sucedió en hecho de verdad, y que sabiéndolo yo no tuvo nada del demonio, ni malos efectos. No me detengo a contar aquí el paso porque está todo él en el informe; sólo diré las razones que hay para juzgar fue en cuerpo, y otras, que podía ser ángel. Para juzgar que iba realmente, era que yo veía los reinos distintos, y sabía sus nombres, y que se me ofrecían al entendimiento distintamente; que veía las ciudades y conocía la diferencia de la tierra, y que el temple y calidad era diferente, más cálido, las comidas más groseras, y que se alumbraban con luz, como de tea; que los amonestaba y declaraba todos los artículos de la fe, y los animaba y catequizaba y lo admitían ellos, y hacían como genuflexiones, aclamando por su bien y deprecaciones. Y, aunque esto es así, yo siempre he dudado fuese en cuerpo, por ser tan extraordinario caso y no usado, y por esto en las declaraciones que he hecho, hablo en duda y recelándolo. Yo no traje nada de allá, y aunque fuera realmente y pudiera, lo excusara, porque la luz del Altísimo me puso término, y me enseñó que ni por pensamiento, palabra y obra, no me entendiese a apetecer; ni querer, ni tocar nada, sino es lo que la voluntad divina gustase. Exteriormente, tampoco puedo percibir cómo iba, o si era llevada, porque como estaba con las suspensiones o éxtasis, no era posible; aunque alguna vez me parece que veía al mundo, en unas partes ser de noche y en otras de día, en unas serenidad y en otras llover, y el mar y su hermosura; pero todo pudo ser mostrándomelo el Señor; y cómo su luz e inteligencia es tan fecunda, presta y clara, pudo mostrármelo, y conocerlo todo claro. En una ocasión me parece, di a aquellos indios unos rosarios; yo los tenía conmigo y se los repartí, y los rosarios no los vi más. El modo a que yo más me arrimo que más cierto me parece, fue aparecerse un ángel allí en mi figura, y predicarlos, y catequizarlos, y mostrarme acá a mí el Señor lo que pasaba para el efecto de la oración, porque el yerme a mí allá los indios fue cierto. También conocía las guerras que tenían, y que no peleaban con armas como las de acá, sino con instrumentos para tirar piedras, a la traza de hondas y con ballestas y cuchillos de fuste; y mientras duró la guerra me parece a mí que oraba y tenía las manos altas por ellos y que me lastimaba de su trabajo. En otras ocasiones me parecía que les decía que se convirtiesen, y que pues se diferenciaban en la naturaleza de los animales, se diferenciasen en conocer a su Criador y entrar a la Iglesia santa por la puerta del bautismo. El juicio que yo puedo hacer de todo este caso es, que él fue en realidad de verdad; que serían quinientas veces, y aun más de quinientas, las que tuve conocimiento de aquellos reinos de una manera o de otra, y las que obraba y deseaba su conversión; que el cómo y el modo no es fácil de saberse; y que, según los indios dijeron de haberme visto, o fue ir yo a algún ángel en mi figura. Esto del reino y las cosas exteriores duraron sólo tres años”. De estas bilocaciones se hizo un doble proceso de la Inquisición en los años 1631 y 1650.   
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PRODIGIOSA ACTIVIDAD APOSTOLICA
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La actividad apostólica de la Venerable tenía un campo de acción más cercano al Monasterio donde se desarrollaba su vida religiosa. Un episodio rigurosamente histórico y del más sensacional sobrenaturalismo pone en evidencia los límites extremos a que llegaba su actuación en favor de las almas a salvar. Es la famosa “conversión del moro de Pamplona”. También aquí dejamos la palabra a la Venerable. Un suceso que conmovió la opinión de Agreda fue la extraordinaria conversión de un moro. Hecho rigurosamente histórico como consta por el libro de bautizados de la Parroquia de Agreda. “Un caballero que residía en Agreda con el cargo de gobernador de armas y que trataba a las religiosas de la Purísima Concepción, acababa de recibir carta de un amigo de Madrid, para que hiciera traer de Pamplona un moro que se le había huido, y que según noticias, estaba preso en el castillo de aquella ciudad. Antes de marchar este señor, daba cuenta a las religiosas del objeto del viaje leyéndoles de la carta lo siguiente: V. le traiga con cuidado, que es un grandísimo perro y se le irá, pues lo ha intentado muchísimas veces.- Sor María que escuchaba estas palabras, no pudo ocultar la pena que le causaba oír tratar como a perro a una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios; y pidió al caballero que le trajera el esclavo por Agreda antes de llevarlo a Madrid. Llegó a Pamplona este señor, y al disponerse a conducir con toda cautela al famoso moro, le manifiesta éste, cómo ya catequizado por una religiosa que visiblemente había estado con él dos veces en el castillo y postrada de rodillas le había rogado que se hiciese cristiano instruyéndole en los misterios de la fe, se había determinado a recibir el bautismo en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de la villa de Agreda y tomar el nombre de Francisco como la religiosa le había prescrito. Y lleno de gozo el señor gobernador se presenta con el moro en dicha villa. Señalan el día del bautismo, y acompañado de las personas más distinguidas de la población y de casi todos los vecinos, entra el moro en la precitada parroquia, y en ella con edificación y contento de los presentes, es bautizado solemnemente. Presuponiendo como cierto el encargo del moro por la declaración que éste había hecho, que la monja que se la había aparecido y convertídolo a la fe, había sido Sor María de Jesús, suplicó a los superiores del monasterio se dignasen comprobar del modo más conveniente el suceso; y al efecto presentes en el convento de la Concepción los RR. PP. Fr. Juan Bautista del Campo, Guardián de San Julián de esta villa, Fr. Antonio Vicente y Fr. Juan Ruiz, Vicario y Procurador de las religiosas respectivamente; el mencionado caballero, el notario D. Lucas Pérez Planillo y varios otros señores y señoras que, atraídos por la fama del prodigio, allí habían acudido, pusieron al moro junto a la puerta reglar, para que, al pasar cerca de ella tres religiosas con velo levantado, dijera cuál le había visitado e instruido en el castillo de Pamplona. Pasó la primera, y dijo, ésta no es, aunque iba vestida como ésta; pasó la segunda, y repitió lo mismo; mas al ver a la tercera que era Sor María de Jesús, ésta es, ésta es, exclamó. Pero no contentos los superiores con solo este experimento, obligaron a pasar otra vez del mismo modo a todas las religiosas de la comunidad, y a medida que iban pasando, decía el moro: ésta no es, ésta no es, hasta que conocida su maestra que venía la última, oyéndolo todos, exclamó: mirad, mirad, que ésta es aquella, que me ha convertido, y añadió, ven aquí, dime, cómo estando tu aquí dentro de este monasterio, y sin poder salir fuera de él, fuiste a Pamplona a convertirme, mientras yo estaba encerrado en el castillo?. Y como la humilde Sierva de Dios nada respondiese y poco a poco se apartara de las demás, prorrumpió en alta voz: -Señores, que ésta es la monja que me apareció en Pamplona y me ha convertido-. Y el Notario que había presenciado todo, y a quien Sor María de Jesús le era bien conocida, levantó público testimonio de lo sucedido”.   
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LA MISTICA CIUDAD DE DIOS
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Al regresar las monjas del monasterio del Caballero de Gracia a Madrid. Sor María de Jesús contaba 25 años. La Comunidad la eligió abadesa y, con dispensa de edad otorgada por el Nuncio de S.S., en Madrid pudo tomar posesión de su cargo. Una de las primeras providencias de la nueva abadesa fue construir un nuevo monasterio en las afueras de la ciudad, cerca del convento franciscano de San Julián. “El sitio lo formaban una enormes rocas de pedernal, en cuyo allanamiento se emplearon al principio cinco años de trabajos manuales muy violentos: y después, al ver que convenía usar de medios que ahorrasen gastos y esfuerzos, “con pólvora y artificio de artillería en que se gastaron dos mil quinientos tiros, se allanó el sitio; y saltaron piedras de diez y seis arrobas”. Y en el tiempo que duró la obra, que sólo fueron siete años, “Concurrían algunos días a trabajar todos los de la villa desde la señora más delicada hasta el más noble anciano; y todos venían a porfía, desde los niños, mujeres y viejos. Y de los lugares circunvecinos venían con caballerías al salir el sol. Y sucedió, que una doncella subiendo agua a lo más alto de un andamio, cayó en tierra y no se hizo mal. Otro peón cayó de muy alto y dio con la cabeza en una piedra, y se rompió la piedra quedando sana la cabeza y volviendo al trabajo sin susto. A otro andamio cargaron tanto de maniobra sin advertirlo, que se venció al otro lado, y cayeron todos los maestros y peones, y el andamio y maniobra sobre ellos; y acudieron todos a sacarlos pensando hallarlos reventados, no sucedió daño alguno; y dando gracias a Dios, volvieron al trabajo muy alegres. Y la Venerable llamó al Padre Predicador Fr. Francisco Oca que era sobrestante de la fábrica de orden del Provincial, y le dijo que una pared estaba bombeada: que la derribasen. El le preguntó cuáles señales le daría de haberla visto. Y la Madre le dijo, que la había llevado el ángel de la guarda a verlo, y que su paternidad estaba enseñando la doctrina a los niños, y otras señas ciertas. Y el religioso hizo a los maestros echar la pesa, y conocieron el daño y lo remediaron. Fue opinión que dos hombres que trabajaban con título de maestros de obras por todo el tiempo de la fábrica con mucho afán, desinterés y silencio, fueron ángeles, porque sin cobrar sus cantidades se desaparecieron sin más gasto que lo poco que comieron”. Al cabo de siete años de trabajos se pudo proceder a la inauguración del nuevo monasterio el 10 de julio de 1633. En el nuevo convento -que subsiste en nuestros días- se inició la vida concepcionista recoleta. Desde allí mandó la misma Ven. al grupo de religiosas que fundaron la Concepción de Borja. Más tarde, de la misma rama agredeña floreció la fundación de Tafalla. Mas la obra más importante realizada por la Venerable en estos años fue la composición de su célebre obra La Mística Ciudad Dios. Su redacción estuvo también rodeada de las más inexplicables peripecias. El año 1637 recibe la orden del cielo de ponerse a escribir una maravillosa historia en que se manifestaran los ocultos misterios realizados por Dios en la vida de la Virgen. Después de un duro combate interior para aceptar tan difícil obediencia, al final puso manos a la obra y en espacio de pocos años coronó la obra. Pero aquel libro conoció un fin bien inesperado. En ausencia del confesor ordinario de la Ven. que era el P. De la Torre, hízose cargo de la dirección de Sor María de Jesús un religioso anciano que la había conocido en su juventud. Decididamente contrario a que las mujeres se pusieran a escribir de cosas teológicas, le impuso la dura obediencia de quemar todo el manuscrito en que ella había recogido lo mejor de los misterios ocultos de la vida de la Virgen María. Pero muerto el P. De la Torre y nombrado confesor de la Ven. el P. Andrés de Fuenmayor, emprendió bajo su obediencia, la segunda redacción de la obra en torno al año 1655, quedando concluida el 6 de mayo de 1660.   
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RELACION EPISTOLAR CON EL REY FELIPE IV
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Estaba componiendo la Ven. la primera redacción de la Mística Ciudad de Dios cuando en Agreda se presentó por primera vez nada menos que el rey de España Felipe IV. Era el 10 de julio de 1643. La Ven. contaba con 41 años de edad, y el rey hacía pocos meses que se había desprendido del valido Conde-Duque de Olivares que por espacio de 20 años había dirigido toda su política. A partir de aquel día se inició una profunda estima y amistad entre el rey y la monja concepcionista de Agreda que tendría el sentido de una responsabilidad apostólica de nuevo tipo asumida por Sor María. En efecto desde el primer momento la Venerable asumió el peso de una singular protección sobrenatural sobre la casa real española. Esta protección afectó a la persona misma del rey de España Felipe IV, su consorte Isabel de Borboón, sus hijos e hijas, y muchos personajes de la corte madrileña. En esta actuación de la Ven, merece singular atención cuanto realizó en favor del rey. Desde el encuentro del 10 de julio de 1643 se anudó entre el rey y la abadesa de Agreda una amistad espiritual de los más positivos efectos para el espíritu del monarca. En 22 años de correspondencia epistolar que ha dejado 613 cartas del rey y 614 de la abadesa se trasparenta con singular realismo el tipo de ayuda y protección que la M. Agreda procuró al monarca español, en la difícil época de su vida consiguiente al alejamiento de la corte del valido Conde-Duque. Esta amistad y esta correspondencia epistolar han recibido la más variadas apreciaciones. Desde el punto de vista del ideal monástico sólo queremos subrayar lo que la abadesa procuró de ayudas espirituales desde su condición de confidente espiritual y persona totalmente comprometida a ofrecer al enfermo, como ella llama al rey en su correspondencia con Fernando Borja, unos servicios espirituales de enorme valor. En efecto, en la correspondencia se encuentra fácilmente documentado, el interés de la monja por el bien espiritual del monarca. La debilidad sicológica y moral del rey recibía con ánimo bien dispuesto los consejos, amonestaciones y enérgicas llamadas a la buena conducta que le proporcionaba la religiosa concepcionista. Sus consejos le eran un apoyo insustituible. En los momentos depresivos de su ánimo, las cartas de Agreda le procuraban alivio y superación de las crisis. Incluso la salud corporal del soberano se vio aliviada cuando la M. Agreda asumió en una misteriosa transferencia de dolores y debilidades las consecuencias de la frágil salud de Felipe IV. Más aun, prodigaba en favor del rey sus suplicas. Todos los días ofrecía por él el ejercicio doloroso del Vía-Crucis, con las rodillas desnudas sobre el suelo de ladrillos de su famosa tribuna y que duraba una buena hora y media. No había situación crítica de la monarquía española a la que no ofreciera la ayuda de sus oraciones y mortificaciones. El rey y la reina recibieron innumerables favores espirituales de la actuación caritativa de la monja. A la muerte de la reina se presentó en busca de alivio en las penas del purgatorio. Cosa parecida se narra del príncipe Baltasar Carlos muerto a temprana edad. Volviendo al tema de la correspondencia entre la Venerable y el Rey de España, un historiador contemporáneo da de la misma el siguiente juicio crítico. “Sor María, en sus cuarenta años cumplidos, gozaba ya de amplia fama por sus escritos y por la aureola maravillosa que le daban sus éxtasis, visiones prodigiosas y experiencias místicas. Felipe IV se desviaba de su ruta a Zaragoza para aliviar sus graves preocupaciones; venía ahora a buscar en Sor María el consejo espiritual y el alivio confidente que tanto necesitaba en aquellos momentos críticos. En una primera entrevista, en el convento agredano, quedaba sellada una amistad y concertado un diálogo que duraría tanto como la vida de los dos nuevos amigos. Buena falta hacía al rey aquel asidero amistoso con su apoyo moral y su consejo. “Salí de Madrid -escribe el rey- desvalido, sin medios humanos, fiando sólo en los divinos… fío muy poco de mí -se confiesa contrito-, porque es mucho lo que he ofendido a Dios y le ofendo y así acudo a vos para que me cumpláis la palabra que me disteis de clamar a Dios por mí”. Se iniciaba la correspondencia con arreglo a una propuesta regia, que hoy es una suerte para el lector que desee seguir el intercambio. “Escribíos a medio margen, porque la respuesta venga en el mismo papel, y os encargo y mando que esto no pase de vos a nadie”. Así se hizo en todo momento. La carta del rey, autógrafa siempre, lleva amplio margen, que utiliza la religiosa, así como el reverso para dar respuesta puntual a su contenido. Año tras año, con una puntualidad sólo interrumpida por ausencias del rey o sucesos familiares o políticos, usarían ambos corresponsales de un medio de comunicación, la carta, que tan al uso se encontraba en la España de entonces. De Quevedo, contemporáneo riguroso, nos han llegado casi 300 cartas; por aquellos días, Gracián aconsejaba, prudente: “Hay que tratar con quien se pueda aprender y saber escuchar a quien sabe. Por aquellos años el gran jesuita daba a la estampa sus obras esenciales: el Oráculo (1647), el Discreto (1646) y el Criticón (1648). En esta obra escribía Gracián páginas que podían haber tenido muy presente nuestros dos corresponsales. En su Arte de escribir cartas anotaba: “Tener el arte de conversar: en que se hace muestra de ser persona. En ningún servicio humano se requiere más atención por ser el más ordinario del vivir. Aquí es el perderse o el ganarse, que sí es necesaria la advertencia para escribir una carta, por ser conversación de pensada y por escrito. Los dos interlocutores estaban bien dotados para seguir el consejo. De mano de Sor María habían salido ya cartas numerosas y escritos varios; de Felipe IV, de su formación intelectual, de su manejo de lenguas, de su gusto por la pluma, nos quedan no sólo este epistolario excepcional, sino sus propias noticias autobiográficas en el epílogo a la traducción de la Historia de Italia, de Guicciardini, y muchas cartas más. Un epistolario escrito con llaneza y dignidad, con decoro ante la vida y entereza en el trance de la muerte. Pocas veces alcanzan estos sentimientos la grandeza moral de que se da muestra con motivo de la muerte del príncipe Baltasar Carlos. Unico varón y heredero de la Monarquía, esperanza del rey y del reino en momentos dramáticos, su desaparición sumía a Felipe IV en una amargura profunda, que sabe expresar con un temple moral y una dignidad admirables. Tengo a mi hijo muy apretado de una gran calentura”, dice a Sor María desde Zaragoza, el 7 de octubre de 1646, “con grandes dolores del cuerpo, y hoy está delirando todo el día: deseamos que pare en viruelas esta borrasca”. Con la grave situación afloran en el rey, pecador arrepentido y reincidente, sentimientos de una admirable sinceridad que le son habituales” Yo merezco graves castigos, que serán cortos para satisfacer mis pecados; así, os encargo que me ayudéis, Sor María, en esta ocasión. Ahora es tiempo de que se luzca la amistad, pero, si acaso la divina justicia ha dado ya la sentencia, os pido que en este lance ayudéis a mi hijo”. El diálogo cobra acentos de emocionada sinceridad. Al día siguiente contestaba Sor María con frases de consuelo y expresiones de conmovedor afecto entre amigos que se confortaban en trance amargo: “El justo dolor de Vuestra Majestad me deja traspasado el corazón y llena de amargura y lágrimas. Suplico a Vuestra Majestad que se aliente y se anime”. Pero el drama temible se produce. La víspera del día fatal había escrito el rey: “Me tiene nuestro Señor -con la enfermedad de mi hijo-, que hago mucho en estar vivo”. Y días después, al comentar la desgracia, escribe: “Las oraciones no movieron el ánimo de nuestro Señor por la salud de mi Hijo, que ya goza de su gloria. No debió de convenir a él ni a nosotros otra cosa. Yo quedo en el estado que podéis juzgar, pues he perdido un solo hijo que tenía, tal que vos le visteis, que verdaderamente me alentaba mucho al verle en medio de todos mis cuidados. Consuélome que por medio de tantos trabajos quiere nuestro Señor salvarme. Y así he ofrecido a Dios este golpe, que os confieso me tiene traspasado el corazón y en estado que no se si es sueño o verdad lo que pasa por mí. Sin acudir a resonancias calderorianas, tan evidentes razones tenía el rey para templar el ánimo en tantas ocasiones como la desgracia vino a abatirme sobre su familia. Del primer matrimonio con Isabel de Borbón, y de los siete hijos habidos, no quedaba entonces más que María Teresa, casada años después, en 1659, con Luís XIV de Francia. Y de los seis nacidos de su segunda esposa y sobrina, Mariana de Austria, no le sobrevivirían, muerto su otro vástago varón, el principito Felipe Próspero, más que, con Margarita María, luego emperatriz de Austria, el desgraciado Carlos II. Por ello y por tantos otros motivos personales, familiares y políticos, la correspondencia no está llena precisamente de noticias alegres. En las cartas afloran constantemente contrariedades y preocupaciones por tantos problemas como se acumulan en aquellos años. Las guerras de Cataluña y Portugal, la intervención española en la de los Treinta Años, la ruptura con Francia en 1635, la constante preocupación por los Países Bajos, las agitaciones de Nápoles y Sicilia, el malestar social en extensas zonas españolas, especialmente en Andalucía. (Joaquín Pérez Villanueva). La contemplativa agredeña no se preocupa únicamente de los asuntos de la casa real española y de los indios de Nuevo Méjico. Su influjo espiritual llegaba hasta la misma Sede de Pedro en Roma. Siguiendo con cercanía mística los problemas políticos de la Europa de su tiempo intervino por carta ante el Papa Alejandro VII conjurándole a colaborar en la pacificación entre Francia y España. Desde los días de Santa Brígida y Santa Catalina de Siena no se conocía una actuación semejante de parte de una religiosa indicando al Papa el camino a seguir en sus actuaciones políticas por el bien de tas naciones cristianas. Más llamativa es la decisión de la Ven. pues las santas anteriores tenían fácil acceso al Papa estando como estaban cerca de él en la misma ciudad eterna. La Ven. aconsejaba al Romano Pontífice desde la lejanía y el aislamiento de su clausura concepcionista. Además de la Casa Real Española y el Santo Padre Alejandro VII, la Venerable tuvo relación personal o por correspondencia con numerosos personajes de la más elevada posición eclesiástica y civil. Los nuncios de S.S. en Madrid recibieron de ella no pocos consejos, entre otros, el futuro Papa Clemente IX. Obispos, arzobispos, cardenales, eran corresponsales suyos o confidentes espirituales. Además de la casa real española entró en contacto con la nobleza de países europeos como Francia, Alemania, Italia y las Américas.  
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LA MISTERIOSA PLENITUD DE LA VIDA DE CLAUSURA
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La increíble actividad desarrollada por la Venerable tenía una misteriosa fuente oculta. Era la clausura. La vida de la M. Agreda es impensable sin este marco de la clausura concepcionista. La orden de Santa Beatriz la orientó hacia el misterio central de la Inmaculada Concepción, que había de ejercer en toda su vida una fascinación humanamente inexplicable. La inexorable reclusión de la vida enclaustrada encauzó la fuerza poderosa de su inteligencia y de su voluntad hacia un crecimiento en dirección vertical. La estrechez del monasterio primero, reducido a los muros de la casa paterna, lanzó a la adolescente María de Jesús a una vida de superior expansión hacia la mística. Bien pronto, ya desde el noviciado, hizo eclosión en ella esta llamada mística, con abundantes fenómenos de arrobamientos y éxtasis. Intervino el provincial franciscano P. Villalacre y cesaron por mandato de obediencia, aquellas exterioridades. Mas la impresionante vida mística de Sor María exigía un modo de expansión adecuada. Fue la época de sus bilocaciones que evangelizaron las tierras de Nuevo Méjico. Es en esta superior intensidad de la interioridad de Sor María donde se encuentra la explicación de su increíble dinamismo descrito en páginas anteriores. La interioridad encontró un aliado excepcional en el marco de la vida enclaustrada. ¿Qué hubiera sido de la extraordinaria religiosidad de Sor María de no haberse acogido a las ayudas de la clausura? Era bien posible que cayera en los escollos de la gente alumbrada, y de los peligros de vanidad que llevan inevitablemente las exterioridades sensacionales de ciertos epifenómenos místicos. Sor María encontró un conectivo a todas estas tendencias en el marco de la vida regular de la clausura, donde todo estaba regido por las leyes de lo comunitario y la obediencia exigente a las jerarquías interiores del convento y a los confesores y guías espirituales. Este marco favoreció enormemente la maduración espiritual de la M. Agreda. Si cesaron las exterioridades, no disminuyó lo extraordinario de pura ley. Lo primero fue una vida de ascetismo increíble que controló la vitalidad incontenible de aquella femineidad desbordante. Luego vino la sublimación de todas sus energías humanas que se elevaron, como una llama, a lo infinito de las realidades divinas. Causa espanto la mera descripción del tipo de vida que llevó durante tantos años la concepcionista agredeña. “Solas dos horas dormía, y ésas, de ordinario, en un cilicio grande de madera, a modo de reja, que tenía hecho a este propósito; y parecía más potro de tormento que lugar de descanso; algunas veces en el suelo, y otras en una tabla. Las veinte y dos horas restantes del día ocupaba en esta forma: Antes de las once de la noche se levantaba llena de crueles dolores y se retiraba a un lugar solitario, lejos de donde asistían las monjas, que tenía destinado para sus ejercicios. A las once comenzaba el de la cruz que le duraba tres horas, repartidas así: hora y media ocupaba en meditaciones de la Pasión del Señor, acompañadas con estas mortificaciones corporales; media hora andaba con una cruz de hierro muy pesada al hombro, de rodillas, llevándolas desnudas por el suelo, contemplando los pasos correspondientes a este ejercicio; otra media estaba postrada en tierra en forma de cruz teniendo las manos en unos clavos de hierro que para esto tenía dispuestos, y en este tiempo proseguía en la meditación de aquellos dolorosos pasos; la otra media restante estaba levantada en cruz en contemplación de las siete palabras que el Señor habló en la suya. Después, recogida, ocupaba otra hora y media en considerar los frutos de la Pasión, agradecer a este inmenso beneficio, pedir se aprovechasen de él las almas y ofrecerlo por ellas. Las inteligencias que el Señor en estos ejercicios la comunicaba, los fervores que sentía, los afectos que ejercitaba y los aprovechamientos con que se aumentaba su espíritu eran tan admirables, que comunicándolos la sierva de Dios a su confesor, le solía decir que con estar tan llena de dolores, las tres horas que en ellos ocupaba, no se le hacían un instante. A las dos de la noche iba a Maitines (que desde la fundación del convento hasta que siendo prelada la sierva de Dios los mudó a medianoche, por conformarse con el estilo de nuestra religión, se decían a aquella hora), y mientras se despertaba la comunidad e iban al coro las religiosas, adorando al Santísimo Sacramento, se preparaba con muchos actos de fe y religión para el oficio divino. Estaba en el coro con la comunidad hasta las cuatro, y a esta hora se recogía a la celda no a descansar, sino a padecer, sin nota de exterioridad; porque eran tan grandes los dolores con que el demonio la atormentaba, que cada noche le parecía la habían de acabar la vida. A las seis de la mañana cesaban los dolores, por el favor divino que arriba referí, e iba al coro a prima, y a la oración de la comunidad. Inmediatamente se confesaba, preparaba y recibía el Santísimo Sacramento; que ya tenían ordenado los prelados comulgase cada día. Recogíase luego y ocupaba hora y media en contemplación del Señor, que había recibido, y en este tiempo recibía singulares beneficios de Su Majestad Divina. Después acudía a todas las comunidades, en cuya asistencia hallaba consuelo, como dijimos arriba. Lo restante del día, hasta las cinco, gastaba en acudir a algunas obras de caridad y oficios de convento; y cuando el confesor se lo mandaba, en escribir. A las cinco de la tarde volvía a la oración, y en ella gastaba una hora. A las seis tomaba alguna cosa de alimento, que hasta aquella hora no lo tomaba en todo el día. A las siete iba con la comunidad a Completas, y entonces comenzaba la tarea de padecer tormentos corporales hasta la mañana. Recogíase a las ocho de la noche a su celda, y habiendo cumplido con otras devociones y hecho examen de conciencia, que lo hacía dos veces cada día, confesando al Señor con mucho dolor sus culpas, y rezando un miserere en penitencia, tomaba las dos horas de sueño”. Desde esta oculta raíz de la vida de la Ven. se ilumina todo. No fue la clausura concepcionista la que otorgó a la M. Agreda sus grandes cualidades de inteligencia y voluntad, pero a los extraordinarios dones de la gracia y de la naturaleza que adornaban el alma de María Coronel, ofreció la clausura concepcionista la presión exterior necesaria para que la riqueza de su interioridad se expandiera en un dinamismo extraordinariamente creativo. Y ese mismo marco institucional de la clausura evitó a la M. Agreda el peligro de fatales desviaciones que hubieran convertido su arrebatadora femineidad en una fuerza devastadora de incalculables proporciones. Sor María de Jesús de Agreda es una muestra clarísima de las posibilidades de realización que la clausura ha procurado a la mujer española.   
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SANTA MUERTE
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La existencia terrestre de la Venerable conoció un final como correspondía a su santa vida. El año 1652 realizó una fundación en Borja. Aquel mismo año cesó en su cargo de abadesa que había ejercido por 25 años seguidos. La interrupción duró sólo tres años, pues en 1655 fue de nuevo elegida para el cargo en el cual permaneció hasta su muerte el 24 de mayo de 1665.  Conoció la Venerable, el día octavo de la Ascensión (4-5-1665), que se acercaba mucho más el fin de su vida, y pidió el sacramento de la Extremaunción. Recibiólo con devoto afecto y singular reverencia estando presente el P. General. A la Sierva de Dios se le puso el rostro alegre, y el semblante como si estuviera mejor. Le insinuaron el confesor y demás superiores que hablara algo a las religiosas, y tomando ocasión de las lágrimas que derramaban, las dijo: -Hermanas, no hagan eso, miren que no hemos tenido otro trabajo, y que se deben recibir con igualdad de ánimo los que Dios envía: si Su Majestad quiere que nos apartemos, cúmplase su santísima voluntad, lo que yo les ruego es, que sirvan al Señor guardando su santa ley, que sean perfectas en la observancia de su regla, y fieles esposas de su Majestad, y procedan como hijas de la Virgen Santísima, pues saben lo que la debemos y que es nuestra Madre y Prelada. Tengan paz y concordia entre sí y ámense unas a otras. Guarden su secreto, abstráiganse de criaturas y retírense del mundo: déjenlo antes que él las deje. Desengáñense de las cosas de esta vida y trabajen mientras tienen tiempo, no aguarden a este lance último cuando impide tanto el gravamen de la enfermedad y postración de la naturaleza. Cumplan con sus obligaciones, que con eso tendré yo menos purgatorio de tantos años prelada. Si procedieren así, recibirán del Señor la bendición, y yo se la doy. Entonces levantó la mano y formando sobre ellas la señal de la cruz, dijo: -La virtud, la virtud, la virtud les encomiendo. Luego fueron llegando sucesivamente una después de otra a pedirle en particular su bendición, y a cada una dio la amorosa Madre las advertencias y consejos que en particular le convenían, cuya eficacia y acierto maravilloso cada una en lo que a sí toca, testifica. Durante la enfermedad estuvo en gran tranquilidad, suavidad y quietud, y más parecía estaba contemplando y gozando que padeciendo. Repetía heroicos actos de amor de Dios, y entre otros se le oía decir: -Dios y Señor mío, quién os amara con un amor infinito y eterno hasta unirse con Vos. Y enriquecida por último con la bendición apostólica que, como queda dicho, le mandó para esta hora el Papa Alejandro VII, y con la de Seráfico Padre San Francisco que le dio el General; presentes a la recomendación de su alma, tanto las religiosas que no cesaban de alabar a Dios, como los Padres principales de la Orden, el confesor, el provincial, el exprovincial y el ministro general con sus secretarios, más algunos sacerdotes; acompañada de las devotísimas imágenes de la Virgen del Coro, de Ntra. Sra. de los Mártires, del Santo Cristo de la Cruz a Cuestas, de Ntra. Sra. de los Remedios y de la Virgen de los Milagros; y entre los clamores y sollozos de una multitud innumerable de los del pueblo, que alrededor del convento esperaba la última hora de la que llamaba su santa madre, el día 24 de Mayo del año 1665, dominica de Pentecostés, a la misma hora tercia en la que el Divino Espíritu vino sobre los Apóstoles, y las religiosas solían cantar en el coro el himno Veni, Creator Spiritus, invocando ella misma con voz apagada y devota la venida del Celestial Paráclito y repetidas tres veces las palabras ven, ven, ven, tranquila y suavísimamente exhaló su alma, llena de méritos y virtudes, a los sesenta y tres años de edad, cuarenta y seis de religión y treinta y seis de prelada, después de una enfermedad muy penosa, ocasionada por una fiebre y una apostema en el pecho, que sufrió con toda paciencia por espacio de once días. Divulgada la noticia de la muerte de la Sierva de Dios, crecieron todavía más la conmoción y el sentimiento del pueblo, rayando casi en lo indescriptible las manifestaciones públicas de tristeza general. Se nos ha muerto la santa, decían todos, bañados los ojos en lágrimas, la santa cuyo patrocinio ante el Señor hemos experimentado. A estas públicas manifestaciones de los hombres parece que el Altísimo dio su conformidad con el siguiente prodigio acaecido en el momento de la muerte. Juan Carrillo, maestro, que tenía mucha comunicación con la Venerable, y al que ésta le había preanunciado su muerte después de darle consejos para el gobierno del alma, solícito de la salud de la Sierva de Dios, vino al convento la mañana en que murió a fin de cerciorarse del estado de la enferma. Como oyera que Sor María se hallaba en los últimos instantes, afligido, se dirigió a la iglesia de San Julián de los PP. Franciscanos, en la que, recibidos los Sacramentos de Penitencia y Comunión, mientras oía la misa conventual puesto de rodillas junto al púlpito, vio a la Sierva de Dios entre resplandores, vestida con el acostumbrado hábito religioso, dobladas las manos delante del pecho: y sostenida en globos de luz y elevada en el aire venía desde el coro hasta el sitio en que él estaba. Por esta visión entendió el devoto de Sor María que acababa de expirar y que subía al cielo. Y en efecto, apenas cesó la aparición, daban la señal de la muerte las campanas del convento.  
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GLORIA POSTUMA
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La muerte de la Venerable señaló el momento histórico de una singular celebridad que se granjeó en el mundo cristiano de fines del siglo XVII. La poderosa orden franciscana que había seguido muy de cerca la evolución mística de la concepcionista de Agreda se hizo cargo de todos sus papeles, especialmente del texto manuscrito de la Mística Ciudad de Dios, con el fin de proceder a los preparativos para la introducción de su Causa de Beatificación. El 11 de julio de 1666 el definitorio de Burgos decidía incoar dicho proceso. Nombrado postulador el P. Martín de Sobejano, el mismo año se publica el Cuestionario al cual se habían de ajustar las preguntas del proceso. El 12 de noviembre de 1668, se formaba la comisión teológica encargada de examinar el contenido de la Mística Ciudad de Dios con vista a su publicación. Pero ya el 8 de marzo del año anterior el Postulador había presentado ante el Prelado de Tarazona la solicitud para la apertura del Proceso. A los tres días Mons. Miguel Escartín formaba el correspondiente tribunal. Al cabo de dos años de intensos trabajos el 23 de septiembre de 1669 se cerraba el proceso en Tarazona y las actas eran enviadas a Roma. En 1670 se publicaba la Mística Ciudad de Dios, sin que pudiera ponerse a la venta por embargo de la edición impuesta por la Inquisición de Madrid. El 21 de noviembre de 1671 Clemente X aprobaba los procesos de Tarazona. Al año siguiente daba su consentimiento para el inicio de los mismos en Roma. Bajo Inocencio XI corrieron con rapidez los trámites. El 16 de enero de 1677 se ordenó en Roma el examen de los escritos. El 2 de febrero el mismo Papa dispuso la apertura de los procesos apostólicos in specie. Mas delatada la Mística Ciudad de Dios a la Inquisición Romana, el 26 de junio de 1681 el Santo Oficio aprobaba una censura contraria al libro de la M. Agreda y eL 4 de agosto del mismo año se incluía en el Indice de libros prohibidos la obra censurada por el Santo Oficio. Por mandato del Papa Bt. Inocencio XI el decreto de condenación era sobreseído el 9 de noviembre del mismo año. Mas el incidente tuvo una influencia tan negativa sobre la Causa, que desde entonces se ha visto constantemente entorpecida hasta su definitivo cierre con el decreto de silencio de Clemente XIV. Fue inútil que el mismo Inocencio XI formara una Comisión para la plena rehabilitación de la M. Agreda. Murió el Papa antes de llegar a una conclusión positiva. A partir de este momento, todos los papas, desde Inocencio XI hasta Pío VI, se verán implicados en la Causa de la M. Agreda, excepción hecha de Inocencio XIII (1721-1724) quien en su breve pontificado se mantendrá ajeno al conflicto.  Un momento de serenidad lo marca el papa Alejandro VIII al declarar que la Mística Ciudad de Dios puede leerse impunemente. Inocencio XII forma una nueva comisión para deliberar sobre el caso de la M. Agreda; mas la intervención del Maestro del Sacro Palacio complica el asunto con una discusión sobre el título de la Inmaculada Concepción atribuido por la Venerable a la Virgen. La traducción de la obra al francés en 1695 levanta en París una imponente oposición, que lleva a la condenación de la misma por la Sorbona. Como electrizados por esta injusta condenación, se movilizan las universidades católicas de Europa, como no las ha movilizado ninguna otra figura femenina de la época cristiana. Se declararon públicamente a favor de la Ven, las Facultades de Teología de las Universidades españolas de Alcalá, Burgos, Cádiz, Canarias, Granada, Madrid, Salamanca. A ellas se sumaron los Colegios Mayores de los religiosos de San Agustín, San Basilio, San Benito, San Bernardo, San Jerónimo, San Norberto, los Clérigos Regulares y los de san Cayetano, los Dominicos, Franciscanos, los Jesuitas, los Carmelitas, los Mercedarios, los Mínimos, los Trinitarios. En el extranjero se pronunciaron en favor de la mística de Agreda las Universidades de Lovaina y Toulouse. Entre las ediciones de la Mística Ciudad de Dios se multiplicaban, llegando a un total aproximado de 270, algunas de ellas en lenguas tan llamativas como el latín, el griego moderno o el árabe. Clemente XI renueva la comisión de su predecesor y retira definitivamente del Indice la Mística Ciudad de Dios, mas no se obtiene de la comisión ningún resultado tangible. El Papa dominico Bendecito XIII ordena la prosecución de la Causa sin nuevo examen; en 1730, después de la muerte del Papa, aquella provisión suya es anulada, y Benedicto XIV nombra una comisión especial. Se procede al examen de escritos, sin cuyo veredicto favorable no se puede avanzar. Se duda hasta de la autenticidad de la obra de la M. Agreda. Los originales son llevados a Roma para la oportuna pericial que los declara auténticos, pero Benedicto XIV dicta un severo documento que debía quedar archivado en el Castillo de Sant’Angelo, advirtiendo a todo futuro Papa sobre los inconvenientes de una aprobación de la Mística Ciudad de Dios. La Causa se paraliza, si bien se dan algunos pasos como la aprobación de la santidad “in genere”, la introducción de los procesos apostólicos sobre virtudes y milagros en especie. Clemente XIII aprueba los escritos de la Venerable, menos la Mística Ciudad de Dios. El Papa franciscano Clemente XIV se empeña en relanzar la Causa. El rey Carlos III está muy interesado en el asunto. Envía como encargado especial a Roma al Conde de Floridablanda con el fin de obtener del Papa tres decisiones: la definición de la Inmaculada, la canonización de la M. Agreda, y la supresión de la Compañía de Jesús. Más interesado en lograr el tercer objetivo que los dos primeros, el Conde trabaja con denuedo en vencer la resistencia del Papa para que acceda a dar el puntillazo a la Compañía. El Papa sí que se interesa por la Causa de la M. Agreda, pero la lectura, en la histórica sesión de la Congregación de Ritos (27 abril 1773), del documento secreto de Benedicto XIV, produce un terrible efecto negativo entre los participantes, y el Papa no puede menos de promulgar un decreto de perpetuo silencio sobre la Causa de la concepcionista de Agreda. Pío VI, sucesor del Papa Ganganelli, mantiene con firmeza lo decidido por Clemente XIV. Sólo bajo el papa de la Inmaculada Pío IX, con ocasión de un famoso milagro realizado en el convento concepcionista de Nivelles (Bélgica) por sugerencia del pasionista P. Serafín, despertó las esperanzas de una reapertura de la Causa. La muerte de Pío IX hizo que la iniciativa se ventilara bajo el pontificado de León XIII. Este llegó a una decisión drástica, igual a la de Clemente XIV, imponiendo nuevamente el 19 de diciembre de 1887 un absoluto silencio. La M. Agreda es la única mujer afectada por un doble veto del Papa contra su Causa de beatificación. No fue éste el único motivo que atrajo sobre ella la máxima notoriedad. Más famosa se hizo su persona por las discusiones en tomo al contenido inmaculista de la Mística Ciudad de Dios. Después de un penoso siglo de inactividad, con ocasión del Ato Mariano de 1987-1988 empezó a brillar de nuevo la esperanza. Se obtuvo el V. B. para la publicación de una Hoja Informativa, que empezó el año 1988. Se consiguió la autorización para el traslado de las reliquias de Ven. del museo del monasterio a la iglesia, que tuvo lugar el 20 de mayo de 1989. Aquel mismo año el Obispo de Osma- Soria eleva a la santa Sede una súplica para poder llevar a cabo algunas investigaciones que puedan favorecer la clarificación de las acusaciones. Tras un paréntesis de casi un año en que se prepara el dossier pedido por la Congregación para las Causas de los santos, se encarga el estudio de toda la problemática a un teólogo señalado por la misma Congregación. La beatificación de Juan Duns Escoto en 1991 abre una nueva esperanza a la rehabilitación de la M. Agreda. Los méritos de la Venerable a la gloria de los altares son muchos. No sólo está el influjo mariano decisivo ejercido en todo el mundo por su Mística Ciudad de Dios, sino por el influjo que tuvo en la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. Sí, la gloria más pura de la Venerable ha sido ese decisivo influjo en la preparación del dogma de la Inmaculada. Fue la inspiradora de las intervenciones de Felipe IV para pedir la definición dogmática de la Purísima Concepción. Por este motivo ha sido la mujer más combatida por los enemigos de tal definición. Cuando se publicó la traducción francesa de la Mística Ciudad de Dios, la Sorbona procedió a su condena, particularmente por su contenido fuertemente inmaculista. Esto levantó en toda Europa una verdadera cruzada en favor de las ideas de la M. Agreda. Las universidades españolas de Salamanca, Alcalá, Burgos y la de Lovaina en Bélgica, Toulousse en Francia tomaron decididamente partido en favor de la Venerable. Este carácter marcadamente inmaculista fue el que motivó las tomas de posición condenatorias de la obra. Si el Bto. Juan Duns Escoto ha sido el doctor mariano e inmaculista en la Iglesia Católica, la M. Agreda fue acérrima defensora en el siglo XVII y su más influyente propagandista.  
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EL RECONOCIMIENTO Y TRASLADO DEL CUERPO
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El 20 de mayo de 1989 tuvo lugar en Agreda una ceremonia íntima y emotiva. A petición del obispo de Osma-Soria, Mons. Braulio Rodríguez Plaza, la Congregación para las Causas de los Santos accedió a dar su aprobación para el traslado del cuerpo de la Ven, de la exposición-museo en que se encontraba, al interior de la iglesia del Monasterio. Desde el lejano 25 de mayo de 1665 en que los restos de Sor María de Jesús se ocultaran a las miradas de los humanos, nada menos que 14 veces han sido descubiertos y reconocidos en el curso de estos 330 años. “El cuerpo se conserva incorrupto, sin haber sido embalsamado; pero ha sufrido una serie de vicisitudes. El que un cuerpo muerto no se corrompa, no indica de por sí que fuera santa su persona. Por el contrario, ha habido grandes santos que no se han conservado incorruptos. Pero nuestra Venerable, de vida de gran santidad, se ha conservado sin corromperse, de modo admirable y a todas luces prodigioso. También a su madre la tienen íntegra las monjas en un gran arcón. El cuerpo de Sor María era bien conformado, y de talla mayor que la ordinaria en su sexo para aquel tiempo. Medía de altura alrededor de 1,70 metros. Casi en su totalidad está cubierto, según el examen anatómico de los médicos, de sus tegumentos comunes y con proporcionada corpulencia; sólo en la cabeza se muestra en algún estado esquelético. El buen estado de su conservación nos produce extrañeza, teniendo en cuenta los 331 años transcurridos de su muerte, y el sitio húmedo en que ha estado hasta hace 83 años (durante 244 años ha estado en el sótano que se iluminaba escasamente por un ventanito que está a ras del suelo del pórtico de la iglesia del Convento; donde la gente solía poner el pie para encomendarse a la Venerable y echaba unas piedrecitas. cosa que ya no tiene objeto, al tener ya su Cuerpo en la Iglesia, ante el cual se puede rezar privadamente). Estas causas eran por sí suficientes, como enseña la experiencia y entienden los anatomistas. “para disolver la unión de todas las partes del cuerpo, y aun para corromperlo y resolverlo en cenizas”. Don Manuel Peña, capellán de las concepcionistas de Agreda, que actuó de secretario en el último reconocimiento del año 1989, describió así sus impresiones ante el espectáculo del cuerpo incorrupto de la Venerable: “Yo mismo toqué su Cuerpo, que aparecía cubierto de piel apergaminada y morena, y de bastante resistencia. Al aprisionar un poquito, se hundía; y luego recobraba su posición. Está, ni más ni menos, como otros cuerpos que se dice consérvanse incorruptos. Lo que más llama la atención son sus manos. Son unas manos finas, de largos dedos y con todas las uñas. Se le adivinan incluso las formas de las venas. Lo peor conservado es el cráneo, que no presenta un aspecto atractivo para el gusto de la gente de nuestro tiempo, que tanto quiere olvidar todo recuerdo de la muerte. Por eso, se le ha colocado ahora una mascarilla. Cosa que no ha de producir extrañeza, porque todos o casi todos los santos incorruptos suelen llevar una mascarilla artificial y postiza. En Italia, se ven así en muchas iglesias. Esa mascarilla se ha sacado en cera de la estatua yacente del sarcófago de la Venerable, y después ha sido realizada por los hermanos Albareda, de Zaragoza, que son los que restauraron la Virgen de los Milagros. Quizá representa un rostro más joven que el de la Venerable cuando murió, y con vivos colores. Pero aun esto puede tener la ventaja y de servir para recordarnos a todos que la mascarilla es eso, algo postizo, como es en verdad; pero que a algunos, por la razón dicha más arriba, nuestra Monja les resultará más asequible que sin ella. A los más, sus devotos, y admiradores, que sabemos lo que es la Venerable, igual nos da con mascarilla que sin ella; porque sabemos que, debajo, está el auténtico rostro de Ella como es, que es lo importante. Lo que nos interesa a todos es que nadie encuentre reparo o inconveniente alguno en acercarse y encomendarse a Ella. En el último Reconocimiento, fue desvestido completamente el Cuerpo de la Venerable, y se le colocó por las Religiosas un hábito nuevo, hecho con todo mimo y cariño. Un pergamino, escrito en latín, que apareció dentro deL ataúd de la Venerable, nos dice que, a su muerte y entierro, asistieron nada menos que el Padre Ministro General de Los Franciscanos, Alonso Salizanes; el Provincial de Burgos, P. José Jiménez Samaniego, primer biógrafo de Sor María; su Confesor y Capellán de las Concepcionistas, P. Andrés de Fuenmayor; el Padre Guardián del Convento de Franciscanos de Agreda, etc. Tenía la Venerable 63 años de edad, llevaba 46 de Religiosa, y había sido Abadesa del convento por espacio de 34 años. Este mismo pergamino nos habla de la insigne fama de santidad de nuestra Monja, extendida ya en vida por toda España. Se la enterró en un arca de madera en el panteón de las Religiosas o cripta de la iglesia. A los 28 meses de su enterramiento, nos dice otro pergamino en latín, en 1667, previos los debidos permisos, se trasladó de sitio el Cuerpo de la Venerable, sacándolo del nicho en que estaba la cripta bajo tierra, que está debajo de los pies de la iglesia del Convento, por la humedad que se notaba en dicho nicho, a otro lugar de la misma cripta, menos húmedo. Con admiración de todos, se comprobó que su virginal Cuerpo se encontraba íntegro e incorrupto. A los 12 años de su muerte (1677), viniendo el rey Carlos II de Zaragoza, y pasando por Agreda, quiso orar ante los restos de Sor María. El pueblo de Agreda le obsequió en esta ocasión con brillante corrida de toros, “saliendo La fiesta muy alegre”. Le acompañaba don Juan J. de Austria y crecido séquito de Grandes. Por la tarde, bajó a la cripta para ver el Cuerpo de Sor María, que apareció “tan entero y palpable, como si acabara de expirar, particularmente las manos muy blancas, frescas y hermosa”. “Sólo la cara pareció algo amomiada y seca”. En un cuadro pintado que hay subiendo al Museo-Exposición de la Venerable, se ve esta escena del Rey, de rodillas ante el cadáver de Sor María. Esto era el 5 de junio de 1677, por la tarde. En 1702, llegó a Agreda la reina Doña María Gabriela de Saboya, primera esposa del rey Felipe V, acompañada de numerosos magnates, cortesanos y soldados, para visitar el Cuerpo de la Venerable. La llave del Padre Provincial de Burgos, para abrir el ataúd, se trajo confundida; y no se pudo abrir el arca donde reposaba la Monja; por lo que hubo de arrancar a martillazos los clavos de las dos cerraduras, golpeando fuertemente el ataúd, al ver el empeño de Su Majestad de ver el Cuerpo: no se iría de Agreda sin ver a la Venerable. Media hora permaneció la reina junto al arca, una vez abierta. Entraron al convento otras muchas personas del séquito y de Agreda. Como el lugar de la cripta o sótano donde estaba la Venerable era angosto, los visitantes entraron en varias veces, aguardando unos a que subiesen los otros. Total, que al ir a cerrar el ataúd después de la visita, se halló que durante ella se habían extraído, furtivamente y con falsa piedad, del Cuerpo de la Venerable los dos pies y una tibia; por lo que desde entonces (1702), le faltan a su Cuerpo, como lo pudimos comprobar dicho 20 de mayo de este año. Y eso que antes la reina había advertido a todos, que respetasen todo y no tocaran nada. Nunca se pudo saber el autor o autores de tamaño desacato. Entonces, el arca del Cuerpo de la Venerable se clavó, y se metió dentro de otra arca mayor, cerrada con dos llaves. En 1737, para consignar para las generaciones venideras, lo ocurrido en la visita anterior de la reina, se reconoció el Cuerpo, y se levantó el conveniente documento sobre la sustracción de esas partes de los pies. Se hicieron las necesarias y oportunas declaraciones y testificaciones de las personas que podían dar fe de ello. Y de todo ello testifica el Padre Ministro General de los Franciscanos, en un documento del archivo del Convento. El año 1757, tuvo lugar un reconocimiento judicial del Cuerpo de la venerable, realizado por el entonces Obispo de Tarazona, D. Esteban Vilanova. Un documento abreviado de 29 páginas, que está dentro del ataúd, lo acredita; y todavía es más amplio, de 81 páginas en folio, el que se conserva en el archivo del Convento. Previamente, se publicó por uno de los jueces la pena de excomunión a todos aquellos que se atreviesen a quitar o poner algo perteneciente a lo apareciera allí de la Sierva de Dios, por falsa devoción. En dicho Reconocimiento se observó que el cadáver estaba íntegro, desde la cabeza hasta las rodillas, teniendo en todas sus partes unión y untuosidad en sus sólidos. Desde la mandíbula inferior empezaba lo carnoso, formando el cuello y garganta en su debida proporción, y bajaba cubriendo y envolviendo lo restante del cuerpo hasta las rodillas. Y se dan muchos más detalles sobre su estado de conservación. Terminado el examen, se vistió de nuevo el Cuerpo con hábito completo de Concepcionista, de estameña, se selló con lacre el sepulcro, y se metió en la otra arca mayor, cerrada también con dos llaves. La Francesada. Y llegó el año 1808. El 24 de noviembre, estuvieron en Agreda 25.000 franceses, al mando del general Ney, camino de la gran batalla que dio Napoleón en Tudela de Navarra. Los soldados franceses saquearon casas y los cuatro Conventos existentes entonces en Agreda: Agustinos, Agustinas, Franciscanos y Concepcionistas. Robaron cálices, copones, lámparas, alhajas, etc. Las Monjas Agustinas huyeron al pueblo de La Cueva de Agreda; las Concepcionistas al de La Aldehuela. Los franceses anduvieron por todo el Convento de las Agustinas y de la Concepción. En el de la Concepción, creyeron que las Monjas tendrían escondido dinero en el sepulcro de la Venerable; y los franceses descerrajaron ferozmente las cajas del sepulcro a martillazos. ¡Mala suerte ha tenido el Cuerpo de la Venerable con esos dos descerrajamientos, sobre todo éste último tan salvaje!. Menos mal, y siempre hay que dar gracias a Dios, que no destrozaron el Cuerpo de Sor María, y ha podido llegar hasta nosotros. ¿Por qué fueron los franceses al sepulcro de la Venerable? ¿Acaso alguien de Agreda, no muy agredano por cierto si fue así, les haría tal indicación?. Aunque no esté relacionado con esto, es también extraña otra cosa, que ya hemos escrito alguna vez: en el Ayuntamiento, falta el Libro de Actas de Sesiones de cuando la Francesada. ¿Acaso alguien, interesado en que no aparecieran cosas de sus antepasados, lo hizo desaparecer por no sufrir vergüenza? Apenas salieron los franceses del Convento, el P. Guardián del convento de franciscanos de Agreda, revisó todo y cerró las puertas de entrada al sepulcro de la Venerable y al convento de Concepcionistas. Cuando se alejaron los soldados regresaron las Monjas de La Aldehuela. Si el atropello de los franceses había sido a final de noviembre, el 10 de enero de 1809, se hizo otro reconocimiento oficial del Cuerpo de la Venerable. Encontraron que la lapa del arca tenía un agujero de unos 10 centímetros. Determinaron dejar todo como estaba, y cerraron la puerta de entrada al sótano o cripta con tres llaves, hasta que se pudiese asegurar bien la urna interior con las formalidades necesarias. Y, como allí enterraban también a las monjas, en los nichos de la cripta o sótano de los pies de la iglesia, si falleciere alguna religiosa, que no la enterrasen allí. Y, efectivamente, de 1809 a 1813, murieron tres monjas, que no se enterraron allí. En este reconocimiento, participó D, Raimundo Oria, que fue un gran y valiente sacerdote contra los franceses, Beneficiario del Cabildo de Agreda y Vicario General de la diócesis de Tarazona en el Partido de Castilla. ¡Lástima que tengamos tan olvidados de Agreda a tantos personajes ilustres!. En 1813, tomando parte también D. Raimundo Oria, se pudo ya hacer lo que dejaron sin concluir en 1809. Se cerraron ya con tres llaves las dos arcas, como disponía el Obispo de Tarazona. Y se dio gracias a Dios, porque se había conservado ileso el cuerno de la Venerable e intactos los documentos, a pesar de las profanaciones, saqueos y destrozos hechos por los franceses en este convento. En 1849, el obispo Vicente Ortiz y Labastida, con ocasión de la Visita Pastoral al convento, bajó al citado tantas veces panteón de las monjas a los pies de la iglesia, con una serie de eclesiásticos. “Para los efectos que pudieran convenir, deseaba inspeccionar el estado en que se hallaba el arca y el Cuerpo de la Venerable”. Y visto, se dejó todo, documentos incluidos, tal y como estaba. En 1890, el Obispo de Tarazona, Juan Soldevilla y Romero, también en Visita Pastoral al convento, realizó otro reconocimiento con parecido desarrollo. Unicamente, que ya expresó su deseo de que el Cuerno de la Venerable “fuese colocado algún día en otro sitio más desahogado y propio de su veneración”. E indicó, entre otras, la posibilidad de, para más adelante, llevarlo a la celda que ocupara en vida: cosa que nunca se realizó. En 1909, se llevó a cabo el Reconocimiento más minucioso, decretado por la Sagrada Congregación de Ritos de Roma. Fue realizado por el Obispo Santiago Ozcoidi y Udave, gran admirador de la santidad y ciencia de nuestra Venerable. Como Notario actuó D. Eduardo Royo, Capellán y Confesor de las Concepcionistas y hermano de D. Zótico Royo. Es el año en que se sacó ya el Cuerpo de la Venerable de la cripta de debajo de la iglesia, tan húmeda, para llevarlo a la Tribuna donde estaba hasta ahora, en el Museo-Exposición. Se colocó ahora el Cuerpo en un ataúd nuevo (el actual), construido en Zaragoza, por D. Francisco Borja, dentro del sarcófago con la estatua yacente de la Monja, que se ve en la actualidad. Dicho ataúd nuevo fue costeado por los preclaros hermanos D. Francisco Lahuerta, canónigo de Albarracín y Dª. Vicenta Lahuerta, viuda del Excmo. D. Baldomero del Rey. Se hizo un examen anatómico completo y minucioso del Cuerpo con abundantes detalles y se le cambiaron totalmente las vestiduras. Prácticamente, pasados 83 años, en mayo de 1989, se encontró que el Cuerpo estaba en el mismo estado. Se expuso el Cuerpo ante el público, en la puerta interior del convento en la portería. Acudieron muchas gentes a verlo de todos los pueblos de alrededor. Era la primera vez que lo veía el pueblo. Destacamos esto, porque no deja de ser extraño y curioso, que, sin ver nunca el Cuerpo, se haya conservado en el pueblo tan acendrada la devoción a la Venerable. Formados en filas, pasaban reverentes las numerosísimas personas, unas llorando de emoción y todas encomendándose a Sor María. La Guardia Civil, alguaciles y otros tuvieron que guardar el orden ante aquella aglomeración de gentes. En el año 1965, con motivo del III Centenario de la Muerte de la Venerable, se preparó la Exposición- Museo en la Tribuna del Convento, para poder contemplar su Cuerpo y los demás objetos relacionados con ella. Fue otro hito importante en la escalada de devoción a nuestra Monja: pero, en esta ocasión, no se abrió el ataúd, sólo se facilitó al público el poder visitarlo. Desde entonces, muchísima gente ha pasado estos años ante su sepulcro. En 1977, se abrió el féretro, aunque brevísimamente, ante el obispo D. Teodoro Cardenal Fernández, para colocar debidamente la almohadilla de la cabecera de la Venerable; y ésta había sido la última vez de su apertura. Ahora, la tenemos a Sor María de Jesús lo más cerca posible de nosotros, en la iglesia, para podemos arrodillar ante Ella y confiarle todas nuestras súplicas. Fue este último Reconocimiento y Traslación, el 20 de mayo de 1989, a las 16,30 horas, sábado, víspera del domingo de la Santísima Trinidad.  
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APENDICEIFICHA BIOGRAFICA DE LA VENERABLE
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(Tomada de F. Javier Fuente Fernández, edición crítica de Algunos Sucesos de Doctrina y Enseñanza Para la Alma, de la Ven. Sor María de Jesús de Agreda, León, 1993, pp. 17-28.) 1564: Nace en Agreda Francisco Coronel, el que será el padre de la Venerable María de Jesús, en el seno de una familia agredana hidalga. En el plano económico, tanto Francisco Coronel como Catalina de Arana -la que será su esposa- pertenecen a familias venidas a menos, tal como nos cuenta su propia hija en su Biografía. 1563: Catalina de Arana, madre de la Venerable, oriunda de Vizcaya y también hidalga como su marido, nace en Agreda. De ellos ha escrito Silvela: “ambos en la sangre hidalgos, en la virtud ilustres, en los bienes de fortuna regularmente acomodados, y por extremo devotos de la Virgen”. 1583: Se casan en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de Agreda Francisco Coronel y Catalina Arana, iglesia perteneciente al patronato de la familia de los Castejones y enclavada en su ciudadela, de la que en la actualidad sólo se pueden contemplar las ruinas del ábside. Del matrimonio nacieron 11 hijos, de los que 7 morirán en edad temprana. Los nombres de los que sobrevivieron son Francisco, José, María y Jerónima. 1602: 2 de abril: Nace en Agreda, en la calle de los Caballeros y hoy de las Agustinas, María de Jesús Coronel Arana. 11 de abril: Es bautizada en Agreda en La parroquia de Nuestra Señora de Magaña la niña María de Jesús Coronel. 1606: 17 de julio: Es confirmada la niña María de Jesús Coronel por monseñor Diego Yepes, obispo de Tarazona, quien manifiesta que la niña estaba dotada ya de una rara piedad y conocimiento de las cosas divinas. Nace la hermana de la Venerable, la que habría de ser Jerónima de la Santísima Trinidad. 1608: Recibe la primera comunión la Venerable. 1610: 25 de diciembre: Emite voto de castidad María de Jesús de Agreda. 1612-1617: En este periodo fue revelado a la niña María Coronel Arana que en el mundo existían muchas naciones y gentes que no conocían ni adoraban a Dios, sino a ídolos, lo que causó en ella gran congoja y preocupación por estas almas que no se podían salvar, y que estarán, años después, en el fondo del complejo y espinoso asunto de la conversión de los indios de Nuevo México a través de la bilocación. 1614: María de Jesús manifiesta a sus padres su vocación monástica y su deseo de profesar en alguna orden religiosa. Se iniciaron los trámites y estuvo a punto de lomar el hábito de las Carmelitas Descalzas en el convento de Santa Ana de Tarazona. Tal decisión no se llevó a efecto porque su madre decide fundar un convento en Agreda. 1615: Los hermanos de María Jesús, Francisco y José, tomaron el hábito de la Orden de San Francisco en la provincia de Burgos. Catalina de Arana, madre de la Venerable, recibe el mandato de Dios de que en su casa se edifique un convento de religiosas. Francisco Coronel, el padre, tenía 60 años. De mutuo acuerdo, Francisco Coronel y Catalina Arana anulan su matrimonio en la misma iglesia en que se habían casado, en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros. La niña María de Jesús Coronel padece una grave enfermedad que le duró seis meses y que la tuvo a las puertas de la muerte. Tal era su gravedad, que ya se había preparado la cera para su entierro. 1616: Empiezan las gestiones para la fundación del convento de la Concepción en Agreda. La Venerable se da a la oración mental, con dones de contemplación infusa. 1618: 16 de agosto: Se inician las obras en la casa solariega de la Venerable para adecuarla para convento. 8 de diciembre: Se celebra la primera misa en el convento. 1619: 6 de enero: Llegan a Agreda las tres monjas fundadoras procedentes del convento franciscano de las calzadas de San Luís de Burgos. Sus nombres eran: María Bautista de Vergara, Francisca de Villegas y Martina de Marañón. 13 de enero: Toman el hábito la Venerable, su hermana y su madre. 19 de enero: Se establece la clausura. Este nuevo convento se adscribirá a la Orden de la Inmaculada Concepción, probablemente por la relación de Catalina Arana con los franciscanos del convento de San Julián de Agreda y por el fervor inmaculista que en España conocía uno de sus mejores momentos. Entre las dos ramas de las Concepcionistas, calzadas y descalzas, madre e hija optan por las descalzas; sin embargo las fundadoras serán calzadas, dado que en el área de la provincia franciscana de Burgos, a la que pertenecía Agreda, no había descalzas. Estas sustituirán a las primeras fundadoras en 1623. 24 de enero: Francisco Coronel, padre de María de Jesús de Agreda ingresa como lego en el convento franciscano de San Antonio de Nalda con el nombre de Fray Francisco del Santísimo Sacramento. Poco después le seguirá su hermano Medel. 1620: 2 de febrero: Emite la profesión la Venerable y su madre. Primeras profesiones con que se asienta el convento. Se dirige con el Padre Juan de Jesús de Torrecilla, “que era más piadoso que atento a que se celasen y encubriesen estas materias”. Se refiere Sor María a los arrobos. Comienzan los fenómenos extraordinarios, los arrobos, un sábado después de la Pascua del Espíritu Santo. Se convierten en espectáculo público con la anuencia del confesor y superiores. Cuando se hallaba arrobada, se le llegó a quitar el velo para que pudiese ser contemplada por el público. Día de la Magdalena: Segundo arrobo, en presencia de las religiosas. Conoce al Padre Villacre, provincial de la Orden Franciscana en Burgos, quien juzga sus arrobos. Se inicia el periodo de la evangelización de los indios de Nuevo México por Sor María de Jesús a través del don de la bilocación. Estas experiencias serían comunicadas a sus confesores, los Padres Fray Juan de Jesús de Torrecilla, Fray Juan Bautista de Santa María y Fray Tomás Gonzalo. 1621: Escribe el primer tratado de los ángeles del Jardín espiritual. 1622: 1 de mayo: Profesa Sor Jeronima de la Santísima Trinidad, hermana de Sor María de Jesús. 1623: Intervención de Fray Juan de Villacre, provincial de los franciscanos, en el asunto de las exterioridades, ante las quejas de Sor María de que sus arrobos habían sido convertidos por sus superiores en espectáculo público. Por orden de este padre se prohibirá la publicidad de estos fenómenos de naturaleza mística y ordenará a Sor María que pida a Dios que le suspenda los arrobos. Cesan los arrobos y los sucesos relacionados con las conversiones de indios en Méjico. En 1650, en el proceso inquisitorial, dirá Sor María que duraron tres años y calificará estas cosas de “baraundas”. Sor María quema todos los papeles que tenía escritos relacionados con “las revelaciones y conversaciones dichas”. Desde esta fecha hasta 1650, en cuatro ocasiones ha quemado escritos relacionados con estos asuntos. Las fundadoras del convento de Burgos son sustituidas por las del convento de las recoletas descalzas de Madrid. Fue abadesa Sor María de Cristo; vicaria, Sor Mariana de Jesús; maestra de novicias, Sor Catalina Evangelista. Comienza su labor como confesor el Padre Andrés de la Torre, quien dirigirá a Sor María hasta 1647. Durante seis meses fue abadesa Sor Catalina del Santísimo Sacramento en el periodo entre la ida de las monjas de Burgos y la llegada de las de Madrid. 1625: 10 de octubre: Muere el padre de la Venerable, cuyos restos se encuentran en el convento de Agreda. Certificación del Padre Sebastián de Marcilla, provincial franciscano de la provincia de Burgos, de que el Padre Alonso de Benavides y Sor María de Jesús habían escrito el memorial y la declaración de autenticidad de los antes citados. Certificación del Padre Francisco Andrés de la Torre, confesor de la Venerable, en el convento franciscano de San Julián de Agreda, en la que manifiesta que el memorial del Padre Benavides y el testimonio de Sor María de Jesús son originales y concuerdan con lo que él sabe sobre la conversión de los indios en Nuevo México. 18 de noviembre: A los 69 años de edad muere Catalina de Arana, la madre de la Venerable, cuyo cuerpo incorrupto se halla en el convento de Agreda, y a la que cariñosamente llaman las monjas de este convento “la abuelita”. 1626: Se data una de las protestaciones de fe que aparecen el Jardín espiritual. Cuenta en el Jardín espiritual las gracias recibidas a través de la visión del Niño Jesús. Conversión del moro de Pamplona. 1627: Regresan a Madrid las monjas fundadoras del convento del Caballero de Gracia. 19 de marzo: Es nombrada abadesa por sus superiores Sor María de Jesús con dispensa papal, por no haber cumplido los 25 años de edad. Se inician las obras del nuevo convento. 1630: Llega a Madrid el Custodio de los franciscanos en Nuevo México, el Padre Alonso de Benavides, para investigar el raro fenómeno de la evangelización de los indios a través de una bella mujer, vestida con ropas de monja, que se les aparecía, causando sorpresa en los clérigos franciscanos que los propios indios vinieran de zonas remotas a buscarlos para que los bautizaran. Entrega a Felipe IV un memorial al respecto. Durante una grave sequía se trasladó la Virgen de los Mártires desde el Campo-Santo de Agreda hasta el convento de las Concepcionistas con el objeto de celebrar una novena para implorar la lluvia. Una noche, la Venerable, después de haberse recogido, escribió una letanía en loor de la Virgen, de la que se efectuaron copias para las religiosas del convento. En Zaragoza (1630) y Madrid (1632) se imprimió dicha letanía sin permiso y conocimiento de su autora, antes bien, con “su repugnancia y sentimiento”.
1631: 30 de abril: Llega a Agreda el Padre Alonso de Benavides con el objeto de entrevistarse con Sor María de Jesús y aclarar con ella su participación en la conversión de los indios de Nuevo México a través del don de la bilocación. Entre los días 1 y 8 del mes de mayo se celebran las conversaciones entre Sor María de Jesús y el Padre Alonso de Benavides, quien nos dejará esta prosopografía: “Será de veintinueve años, que no los tiene cumplidos, de hermoso rostro, color muy blanco aunque rosado, ojos negros y grandes”. 15 de mayo: es la fecha que llevan los siguientes documentos: a) El memorial escrito por el Padre Alonso de benavides que recoge el contenido de los encuentros mantenidos con Sor María de Jesús sobre el tema de la evangelización de los indios de Nuevo México. b) El escrito, firmado por obediencia de sus superiores, en que Sor María de Jesús certifica que el contenido del memorial del Padre Alonso de Benavides se ajusta a lo por ella dicho. En 1550, en el proceso inquisitorial dirá de esta entrevista y de lo escrito sobre ella que se rindió más a la obediencia de confesores y superiores que a la razón, llevada de su poca experiencia, de su juventud y del despecho y gravedad de aquellos padres. 4 de octubre: Primera carta de Felipe IV a la Venerable. Ya tenía finalizada la primera redacción de la Mística Ciudad de Dios. 1633: 10 de julio: Se traslada la comunidad de religiosas al nuevo convento sito en las afueras de Agreda y muy próximo al de San Julián de la Orden Franciscana. 1634: Comienza la redacción de las Leyes de la esposa, entre los hijos de Sión. (Llamadas “Primeras Leyes”), que finalizará en 1637. 1635: 15 de abril: Comienza el proceso inquisitorial contra Sor María de Jesús de Agreda en la Audiencia del Santo Oficio de Logroño, tomándose declaración a los testigos siguientes: Francisco González de Alvaro (15-4-1635), teniente receptor del Santo Oficio; Fray Vítores Díaz, guardián del convento de San Francisco de Logroño; Fray Juan de Santa María (5-5-1635), guardián de los recoletos de Nalda; Fray Francisco Andrés de la Torre (19-5-1635 y 29-8- 1635), calificador del Santo Oficio y confesor de Sor María de Jesús; Fray Juan de Aro (21-5-1635), definidor de la Orden de menores y calificador del Santo Oficio, y a Fray Sebastián Marcilla (27-8-1635), guardián de San Francisco de Burgos y calificador del Santo Oficio. El interrogatorio versó sobre las cuestiones siguientes relacionadas con Sor María de Jesús: si la conocían, si habían oído hablar de sus arrobos ola habían visto arrobada, sobre la venta de cruces y cuentas en el monasterio agredano que dicen tienen indulgencias, sobre unas letanías que andan impresas y que se atribuyen a Sor María y sobre la predicación y conversión de los indios en Nuevo México por la venerable a través del don de la bilocación. 1637: Comienza la primera redacción de la Mística Ciudad de Dios. 1638: Se concede derecho de elección de abadesa a la comunidad de religiosas concepcionistas de Agreda, resultando electa Sor María de Jesús. 1641: Inicia la redacción de las Leyes de la esposa, conceptos y suspiros… (Llamadas “segundas Leyes”), que finalizará en 1642. 1643: 10 de julio: Primer encuentro de la Venerable con el rey Felipe IV e inicio de su relación que finalizará con la muerte de la religiosa. 16 de julio: primera carta de la Venerable a Felipe IV. 1645: Quema la Mística Ciudad de Dios y otros escritos por mandato de su confesor, un franciscano anciano que había sustituido a su confesor habitual, el Padre Andrés de la Torre. En el proceso, en 1550, dice que ha tenido cuatro confesores: el citado de la Torre (ya difunto), Fray Juan de Jesús de Torrecilla (ya difunto), Fray Juan Bautista de Santa María (vicario en Castelldelenas) y Fray Tomás Gonzalo (ya difunto). Teniendo en cuenta que los Padres Torrecilla y de la Torre fueron confesores habituales y los otros dos esporádicos, será uno de estos últimos quien mande quemar los escritos de Sor María. 1647: 19 de marzo: Muere el confesor de la Venerable, el Padre Andrés de la Torre. La Venerable recupera una arquilla que tenía en su poder el Padre Andrés de la Torre, llena de “papeles” relacionados con ella, unos autógrafos y otros escritos de mano del confesor. Vuelve a confesar a la Venerable su antiguo confesor. Este ordena a la Venerable que queme todos los escritos que había recuperado a la muerte del Padre Andrés de la Torre, lo que ésta realiza para que no pasen a manos de otros y los den publicidad. 1648: 14 de mayo: Datación de la carta que el Duque de Hijas envía a Sor María en la que le da cuenta de los peligros de muerte de los Reyes de España y del levantamiento de algunas provincias o reinos, y que tendrá como consecuencia la intervención de la Inquisición. Esta carta comprometerá a Sor María en el complot organizado por Carlos Padilla, oficial del ejército español, que pretendía coronar rey de Aragón al Duque de Hijas y asesinar a Felipe IV. Descubierta la conspiración Padilla será ejecutado y el Duque reducido a prisión perpetua. 20 de julio: Carta de Sor María de Jesús de Agreda al Duque de Hijar en contestación a la de éste, de fecha 14 de mayo. 29 de octubre: La carta anterior fue entregada a Don Bernardo de Peñaranda, del Consejo de Estado. 21 de noviembre: Sor María reconoce como suya la carta enviada al Duque de Hijar ante el comisario del Santo Oficio de Logroño, el licenciado Diego de Ojea. Este mismo día la Venerable responde a las preguntas que el citado comisario le realiza sobre su relación con el Duque de lijar y el conocimiento de las intenciones de éste de separar de España Cataluña y Aragón y dar muerte a Felipe IV. 1649: 8 de enero: En Madrid, con objeto de proceder a la Causa de Sor María de Jesús, se reúnen el Padre Isidoro de San Vicente, del Consejo de su Majestad y de la Santa General Inquisición, con los Padres Pedro Pimentel, Gabriel López Navarro, Alonso Herrera y Tomás de Herrera, todos ellos calificadores del Santo Oficio. Dicha reunión se reanuda el día 13 del mismo mes con el acuerdo siguiente: que se busquen los originales de Los documentos copiados que figuran en el proceso y que se certifique su originalidad. Una vez encontrados los originales y teniendo constancia de su autoría se encargó la emisión de tres informes sobre la Causa de Sor María: el primero al Padre Alonso de Herrera, de la Orden de San Francisco de Paula, que lo entregó el 8 de junio; el segundo al Padre Tomás de Herrera, de la Orden de San Agustín, que lo entregó el día 18 de junio, y el tercero el Padre Lucas Guadín, de la Compañía de Jesús, que lo dio el 5 de julio. Como resumen de conjunto se puede decir que los tres calificadores coinciden en señalar: a) como dudosos los arrobos; b) como peligrosos el repartimiento de cruces y cuentas y las letanías. c) como receloso y sospechoso la conversación de Los indios; d) la necesidad de realizar nuevos interrogatorios que aporten más noticias de su vida, del ejercicio de sus virtudes y del modo de la comunicación que tiene con Dios. 18 de mayo: Va firmado un cuaderno de diez hojas cuyo título es Propósitos de perfección (son treinta y tres). 23 de septiembre: Reunidos en Madrid el inquisidor general, Diego de Arce y Reinoso (1643-1655), y los miembros del Consejo de la Santa Inquisición. Vista la causa seguida contra Sor María de Jesús de Agreda, deciden que se remita dicho proceso a Logroño para que hagan que se cumpla el auto iniciado allí el 8 de junio de 1635, nombrándose un calificador que se traslade a Agreda para que interrogue de nuevo a la Venerable sobre los asuntos que hicieron abrir su causa y se dé traslado de todo ello al fiscal para que pida lo que convenga. Igualmente ordenan que se la interrogue sobre la carta que escribió al Duque de Hijar y su relación con este personaje. 1650: 10 de enero: La inquisición de Logroño ordena al calificador del Santo Oficio Fray Antonio Gonzalo del Moral, de La Orden de la Santísima Trinidad, que se traslade a Agreda para que someta a nuevo interrogatorio a Sor María de Jesús de Agreda de acuerdo con las instrucciones y cuestionario (80 preguntas) que le entregan. Igualmente se nombra como secretario al licenciado Juan Rubio. Entre el 18 de enero y el 29, en sesiones de mañana (desde las ocho) y tarde (desde las dos), se lleva a cabo el interrogatorio que versa esencialmente sobre los temas ya referidos: letanías, cruces y cuentas, arrobos, predicación en Méjico, relación con el Duque de lijar, etc. Por las referencias que hallamos en las respuestas, la dureza de los interrogatorios se verá agravada por padecer perlesía y pérdida de memoria la Venerable. 4 de febrero: El Padre calificador Fray Antonio Gonzalo de Moral emite un informe en el que exculpa a Sor María de Jesús de Agreda de todos los cargos, destacando sus virtudes, su conocimiento de la Sagrada Escritura, así como que es “católica y fiel cristiana, bien fundada en nuestra fe; sin ningún género de ficción ni embeleso del demonio”. 12 de febrero: El inquisidor Lesmes Calderón, de la Audiencia del Santo Oficio de Logroño, manda que se suspenda la causa seguida contra Sor María de Jesús de Agreda y lo firma ante Francisco Adam de la Parra, inquisidor general. El Padre Andrés de Fuenmayor comienza a dirigir espiritualmente a la Venerable, dirección que dudará hasta la muerte de ésta. 1651: 24 de junio: Comienza Sor María de Jesús la redacción de las Sabatinas. 18 de agosto: Comienza la preparación de la confesión general. 1 de noviembre: Realiza la confesión general. 1652: Se funda el convento de la Concepción de Borja con monjas del convento de Agreda, convirtiéndose así este novel convento en fundador. 21 de noviembre: Comienza el primer noviciado místico: el de la Virgen: Llama noviciados a periodos de tiempo en que trata de perfeccionarse a través de la imitación, siguiendo la analogía con la entrada de las religiosas en una orden. Finaliza el primer periodo de abadesa de Sor María al conseguir la dispensa de no ser reelegida gracias al apoyo del nuncio en España, el cardenal Respillosi. 1653: 2 de febrero: Primera muerte mística. Pascua. Comienza el segundo noviciado: el de Cristo. Trinidad. Comienza el tercer noviciado: el de la Trinidad. 1654: 15 de agosto: Profesión del primer noviciado. Deja de escribir las Sabatinas. 1655: Es reelegida abadesa, cargo que desempeñará hasta su muerte. 8 de diciembre: Comienza a redactar por segunda vez la Mística Ciudad de Dios por mandato de su confesor el Padre Andrés de Fuenmayor. Escribe las Leyes de la esposa, ápices de su casto amor… (Llamadas terceras Leyes). 1660: 6 de mayo: Termina la redacción de la Mística Ciudad de Dios. 15 de mayo: Finaliza la primera parte del cuaderno titulado Algunos sucesos de doctrina y enseñanza para el alma. 1665: Va fechada la segunda parte de Algunos sucesos, cuya caligrafía temblorosa refleja ya la enfermedad de la venerable que llevará hasta su muerte. 3 de marzo: Ultima carta de Felipe IV a la Venerable. 27 de marzo: Ultima carta de la Venerable a Felipe IV. 24 de mayo: A la hora de tercia muere Sor María de Jesús en el convento de Agreda a los 63 años de edad y 46 de haber profesado, después de haber padecido a lo largo de su vida su naturaleza delicada diversos achaques y enfermedades. 25 de mayo: Se celebraron los funerales oficiando de preste el general de la Orden franciscana Fray Alonso Salizanes. Finalizando el funeral y apenas transcurridas 24 horas desde su muerte fue enterrada Sor María de Jesús en uno de los nichos del cementerio de las religiosas. La muerte la sorprendió escribiendo su Biografía, que quedaría inconclusa. 1670: Se publica en Madrid la edito princeps de la Mística Ciudad de Dios, obra cumbre de Sor María, que será reeditada continuamente y traducida a varios idiomas. 1673: 28 de enero: se inicia el proceso de beatificación. Se hará cargo de la Causa el Padre Antonio de Jesús de la Orden de San Francisco. 1674: 13 de abril: Muere Sor Jerónima de la Santísima Trinidad, hermana de la Venerable.  
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LA MISTICA CIUDAD DE DIOS
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Cartas del Rey nuestro Señor para Sor María de Jesús, y sus respuestas. – Algunos Sucesos de Doctrina y Enseñanza para el Alma. – Escala para subir a la perfección. – Ejercicios espirituales de retiro, que la Ven. María de Jesús de Agreda practicó y dejó escritos a sus hijas, para que los practicasen en el mismo religiosísimo convento de la Purísima Concepción de la misma Villa. – Leyes de la Esposa, conceptos y suspiros del corazón para alcanzar el último, y verdadero fin del beneplácito, y agrado del Esposo y Señor. – Leyes de la Esposa entre las hijas de Sión dilectísima. Apices de su casto amor. – Suspiros del alma, sustento del Espíritu en el camino de este destierro, ansias del fin verdadero, que esperamos y Tratado de algunas devociones. – Conciertos y capitulaciones de una pobrecilla alma con su Dios, y Señor, con su Esposo, y Redentor para enmienda de su vida, y cumplir con sus obligaciones. – Propósitos de perfección para mayor bien del Alma, y beneplácito del Señor.
Avisos de perfección para la que ha de ser Esposa de Cristo nuestro Señor. Protestación pública, petición y concordia de este Convento y Monjas descalzas de la Inmaculada Concepción de la Villa de Agreda, para introducir por sus patronos y protectores, en primer lugar a la Soberana Reina, y Señora del cielo y tierra María Santísima, y con su beneplácito al glorioso príncipe San Miguel, y a nuestro seráfico Padre San Francisco. Repuesta, que el Señor dio a un alma, suplicándole librase a esta Corona de España de la opresión que padece por las guerras. 
Ricardo Romero. Difusor en Sudamérica de la Orden de la Inmaculada Concepción y de la causa de la beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de “Mística Ciudad de Dios. Para mas información escribir a: mensajeromariano@live.com
Mística Ciudad de Dios

© Ricardo Romero. Argentina – Mar del Plata. Difusor de la Orden de la Inmaculada Concepción y de la causa de la beatificación de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, autora de Mística Ciudad de Dios. Escribir a: mensajeromariano@live.com